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El “retrato psicológico” de Luis XIV

El más grande de los monarcas franceses del siglo XVII

Luis XIV fue uno de los soberanos europeos de la Edad Moderna que más importancia dio a la imagen de la monarquía. Impuso su propio culto, a partir de la conmemoración de su imagen grandilocuente. Aunque era un hombre más bien bajo; ávido de prestigio y del poder absoluto, con ansias de conquistar las naciones que le rodeaban… y a sus mujeres.

siglo XVII Luis XIV retrato
René-Antoine Houasse, Luis XIV a caballo, 1679, Châteaux de Versailles et de Trianon, París.

Los comienzos del “Rey Sol”

Apenas amaba al pueblo y menos aún a la nobleza. Se amaba a sí mismo, y por esto, cuando juega con el Duque de Richelieu a la pelota, gana; cuando apunta a los anillos, admirado desde el balcón de Versalles, gana; cuando danza en un ballet, disfrazado de Febo, centellea de oro y diamantes.

Cuentan que, de adolescente, fue iniciado en los ritos amorosos y de seducción por una sirvienta de su madre, la cual recibió una residencia en Le Marais; por esta compensación la criada compartió lecho con el rey y otras bellas transeúntes.

Numerosas amantes tenía el monarca desde Madame de la Vallière, la Duquesa de Fontages y Madame de Montespan, entre otras. Sin embargo, el ejemplo de la marquesa de Maintenon es diferente, ya que fue viuda del lisiado Scarron y en 1667 aceptó el puesto de institutriz de los hijos ilegítimos soberano y de Madame de Montenpan. Así, la preceptora se casó en 1683 con el monarca en un matrimonio morganático.

siglo XVII Luis XIV retrato
Justus van Egmont, Luis XIV de adolescente, 1654, Colección particular.

El rey no es en absoluto popular, ejemplo de ello es la siguiente frase: “Sé que no me quiere, pero poco me importa, pues deseo reinar por el temor”; verdadera o falsa, esta frase se atribuye al joven monarca en 1665; aún falsa, probaría que los franceses distan de sentir esa “unanimidad nacional” que se les supone, con el pretexto de que los simples no dejaron de aclamar la entrada de Luis y María Teresa en la plaza Dauphine. La personalidad de Luis XIV fue descrita por Isabel Carlota de Baviera, la cual escribe lo siguiente:

Cuando el rey quería, era el hombre más agradable y amable del mundo. Sin ser perfecto, nuestro monarca tenía grandes y bellas cualidades, y no mereció ser tan difamado y despreciado por sus súbditos después de su muerte. Mientras vivió, le adularon hasta la idolatría.

La imagen iconográfica de Luis XIV

Sin embargo, el Rey Sol inauguró a partir de 1660 que su imagen fuese asociada con la divinidad clásica de Apolo, el cual es representado en la obra de Jean Nocret, La familia de Luis XIV (1670).

Luis XIV como Apolo

En este retrato la familia real se agrupa en torno a su jefe natural, Luis XIV, el verdadero Pater Familias queriendo componer y reflejar una asamblea de dioses. Se distinguen dos grupos, uno, a la derecha, compuesto por la familia del rey, que está representado como Apolo, y su esposa, María Teresa, representada como Juno. Los niños están caracterizados como cupidos y el Delfín como Eros.

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Jean Nocret, La familia de Luis XIV, 1670, Château de Versailles et de Trianon, París.

En el otro grupo, a la izquierda, se reúne la familia de Felipe de Orleans, representado como el Lucero matutino, acompañado de su mujer, Enriqueta de Inglaterra con aspecto de Flora y su hijo que tiene el aspecto de Céfiro, uno de los vientos divinizados. El soberano, para marcar la diferencia con su hermano, está sentado sobre un pedestal de mármol y protegido por un palio que sostienen dos atlantes. En el centro de la composición, entre las dos familias, está representada Ana de Austria, reuniendo a sus dos hijos, caracterizada como la diosa Cibeles que concentra a sus hijos. Lleva en la mano la Tierra, de la que es diosa, y a su lado un león que tira de su carro.

En la fecha en que fue pintado el cuadro varios personajes habían muerto ya, Ana de Austria y Enriqueta de Inglaterra y alguno de los pequeños, como los que están en el marco, simbolizando su recuerdo. Es un retrato que reproduce muy bien la atmósfera de la corte francesa donde el refinamiento iba a la par que la cultura, además esta composición alude a las celebraciones de disfraces de Versalles y al fanatismo de teatralidad.

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Laurent de la Hyre, Alegoría de la regencia de Ana de Austria, 1648. Fotografía tomada de: https://lahora.gt/alegoria-la-regencia-ana-austria/

En definitiva, este lienzo es testimonio de que el rey eligió el Sol como cuerpo de su divisa, por ser el astro más noble y benefactor, y cuya imagen decreta que es un monarca por derecho divino y no extrae su legitimidad del pueblo sino de la elección que Dios ha hecho de sus antepasados y de su persona.

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Luis XIV vestido de Sol para el ballet “La nuit”,1668, Biblioteca Nacional de Francia, París.

Luis XIV como el dios Júpiter

El soberano también fue representado como Júpiter, como es el ejemplo de Retrato de Luis XIV como Júpiter (1652), poseemos la inscripción latina explicando la trascendencia del cuadro: “Júpiter, aplaudiendo, da los rayos a Luis y ya el mundo ve en él un nuevo Júpiter”. En este lienzo el rey debía de tener unos quince años, ya que al principio de su reinado se da un acercamiento a la mitología y su asociación con la monarquía. Lo más referente de esta obra son los herreros de Vulcano forjando las armas de la victoria, las cuales aluden al cardenal Mazarino y se encuentran en algunas publicaciones de propaganda real publicadas en 1655.

Así, la pintura es una alegoría de la victoria sobre la Fronda, la cual se produjo durante la regencia de Ana de Austria y la minoría de Luis XIV, entre 1648 y 1653. Fue la última batalla llevada a cabo contra el monarca por la nobleza, por ese motivo el soberano tendrá controlada toda la corte en Versalles. En detalle, podemos apreciar que la columna está dañada, pero no se ha partido, sigue haciendo su papel de base en el edificio, por esa consecuencia, la revuelta no ha derribado la monarquía.

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Charles Poerson, Retrato de Luis XIV como Júpiter, 1652, Château de Versailles et de Trianon, París.

Relación simbólica con Alejandro Magno

No obstante, el rey también fue asociado con la figura de Alejandro Magno, la representación de las hazañas del macedonio servía para ilustrar las virtudes del monarca. De esta manera, la imagen de Darío a los pies de Alejandro ponía de manifiesto la magnanimidad del soberano.

Luis XIV encarnó al héroe tanto en las representaciones pictóricas, entre las que destaca la serie realizada hacia 1660 por Charles Le Brun que acabó convirtiéndose en un modelo, el cual siguieron el resto de cortes europeas a lo largo de los siglos XVII y XVIII, como en las tragedias escritas por Racine, y también en alguno de los ballets creados por Benserade.

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Charles Le Brun, La familia de Darío a los pies de Alejandro Magno, 1660-1661, Châteaux de Versailles et de Trianon, París.

Luis a lo divino

También algunas de las representaciones de Luis XIV se apoyan en prototipos clásicos, con el objeto de mostrar al soberano como un nuevo emperador romano. Como es el ejemplo de la pintura de Pierre Mignard, donde se muestra al monarca francés coronado por una victoria, además sigue el modelo de retrato clásico que nos recuerda a los retratos romanos de Augusto, ya que aparece con una indumentaria igual que la de los romanos.

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Pierre Mignard, Luis XIV coronado por la victoria durante el sitio de Maastricht, 1670. Galería de Turín.

El poder sanador del soberano

Luis XIV empeñado en el culto de su propia imagen, no solo se representó como héroe y dios antiguo, sino también conocemos que fue personificado en lo que conocemos como “retratos a lo divino”, encarnando la figura de San Luis, o bien la de San Juan Evangelista o el “Buen Pastor”. Incluso, dada la condición del monarca como representante de la Majestad Divina en la tierra, se atribuyó a Luis XIV la capacidad, sin duda heredada de los poderes taumatúrgicos que se concedían a los reyes francos y carolingios en la Edad Media, de curar a través de la imposición de manos la enfermedad de la escrófula.

Independientemente de la tipología con que fue simbolizado el monarca, todas estas imágenes constituían el poder y devoción que parte de sus súbditos sentían por el rey. Muchas de estas obras fueron encargadas para glorificarlo, ya que en la época del Rey Sol la reputación y la gloria eran uno de los valores perseguidos por los gobernantes y nobles. La fastuosidad que derrochan estas imágenes responde también a una función propagandística, como afirmaba Bossuet en su Tratado sobre la política, la corte del monarca “es deslumbradora y magnifica” para que “los pueblos lo respeten”.

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Jean Jouvenet, Luis XIV tocando a los escrófulos, 1690, Abadía de Saint Riquier, Francia.

Fuentes:

Cantera, J., El clasicismo francés, Madrid: Historia 16, 1989. 

Checa, F., Cortes del Barroco: de Bernini y Velázquez a Luca Giordano, Madrid: Patrimonio Nacional, 2004.

Dejean, J., La esencia del estilo: historia de la invención de la moda y del lujo contemporáneo, Donostia-San Sebastián: Nerea, 2008.

Simal, M., “Retrato de Luis XIV con coraza, taller de Hyacinthe Rigaud”, en: Pieza del mes (Madrid 6, 13, 20 y 27 de febrero de 2010), Madrid: Museo Cerralbo, 2010, pp. 1-24.

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Sandra Antúnez López

Historiadora del Arte por la Universidad Complutense de Madrid. Sus principales líneas de investigación se centran en la Historia de la Moda y de los tejidos.

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