- Su obra se vendió como postal, en formato individual, o en álbumes completos.
Kusakabe Kimbei convirtió el Japón de finales del siglo XIX en un mundo de color cuando la fotografía todavía nacía en blanco y negro. Samuráis armados, vendedores ambulantes, mujeres sorprendidas por la lluvia, calles de Yokohama y el monte Fuji pasaron por su cámara y, después, por los pinceles minúsculos de su taller.
Sus imágenes parecen ventanas abiertas a la era Meiji, pero también son el resultado de una cuidadosa puesta en escena. Kimbei comprendió qué buscaban los viajeros occidentales y creó para ellos un Japón reconocible, hermoso y casi teatral. La fotografía registraba la luz; sus coloristas añadían la emoción.
La grafía más habitual en los catálogos internacionales es Kusakabe Kimbei. También aparece como Kusakabe Kinbei, Kinbē, Kinbee y, en transcripciones ocasionales, Kusakabe Kinbey. Todas remiten al mismo maestro: el fotógrafo japonés que convirtió un estudio de Yokohama en una de las grandes fábricas de imágenes de su tiempo.

Quién fue Kusakabe Kimbei
Kusakabe nació en 1841 en Kōfu, en la actual prefectura de Yamanashi. Su juventud coincidió con una transformación formidable. Japón abandonaba el orden del shogunato Tokugawa, abría varios puertos al comercio exterior y entraba en la era Meiji. En pocos años cambiaron el ejército, la administración, la indumentaria, las ciudades y la manera de mirar el mundo.
Yokohama fue uno de los grandes escenarios de aquella mutación. La antigua aldea pesquera se convirtió en puerto internacional, refugio de comerciantes, diplomáticos, viajeros y fotógrafos. Allí aprendió Kimbei un oficio que combinaba química, óptica, composición y pintura. El proceso era lento y exigente, pero el resultado podía viajar mucho más lejos que cualquier relato.

Antes de dirigir su propio negocio trabajó como colorista y ayudante para dos figuras decisivas: Felice Beato y el barón Raimund von Stillfried-Ratenicz. Beato había llevado a Japón la experiencia de la fotografía de guerra y un extraordinario sentido narrativo; Stillfried desarrolló después una empresa capaz de producir y vender álbumes a una clientela internacional.
Kimbei aprendió de ambos la técnica, la organización del taller y el lenguaje visual que deseaban los compradores. Hacia 1881 abrió su establecimiento en Benten-dōri, en Yokohama. En 1889 ya trabajaba en Honmachi y mantuvo además una sucursal en Ginza, Tokio. Su nombre, breve y fácil de recordar para los extranjeros, terminó convertido en una verdadera marca.

Yokohama, la ciudad que enseñó Japón al mundo
La llamada Yokohama shashin, o fotografía de Yokohama, fue mucho más que una escuela local. Creó la imagen del país que circuló por Europa y Estados Unidos durante las últimas décadas del siglo XIX. Los viajeros compraban álbumes encuadernados con laca, seda o incrustaciones de nácar y se llevaban en ellos paisajes, templos, oficios y tipos humanos.
Kimbei supo convertir la ciudad en espectáculo histórico. Sus panorámicas mostraban la extensión del puerto y el avance de los nuevos barrios; las escenas callejeras retenían la arquitectura de madera, los almacenes y el tránsito cotidiano. Cada copia podía convertirse en recuerdo de viaje, objeto artístico y documento de una modernización vertiginosa.

El estudio también comercializó negativos procedentes de otros fotógrafos. Hacia 1885 Kimbei adquirió fondos relacionados con Beato, Stillfried, Uchida Kuichi y algunos trabajos de Ueno Hikoma. Aquello amplió enormemente su catálogo y explica por qué varios álbumes vendidos bajo su nombre reúnen imágenes tomadas por distintas manos.
Lejos de disminuir su importancia, esa práctica revela la escala de la empresa. El taller actuaba como archivo, laboratorio, sala de pintura, comercio y editorial visual. Kimbei seleccionaba, copiaba, coloreaba, ordenaba y vendía una memoria fotográfica de Japón destinada a recorrer el planeta.

Cómo se coloreaban las fotografías de Kusakabe Kimbei
Las imágenes se obtenían generalmente mediante el procedimiento de la albúmina. El papel se cubría con clara de huevo y sales, se sensibilizaba con nitrato de plata y se exponía en contacto con el negativo. La copia ofrecía gran detalle, una superficie brillante y tonos cálidos, pero seguía siendo monocroma. Fue uno de los procedimientos decisivos en la historia de la fotografía durante el siglo XIX.
Entonces comenzaba la segunda vida de la fotografía. Los coloristas aplicaban pigmentos transparentes con pinceles extremadamente finos. Teñían un kimono sin ocultar sus pliegues, marcaban el rojo de unos labios, iluminaban un cielo o añadían profundidad a un paisaje. El color debía acompañar la luz registrada por la cámara, no cubrirla.

La experiencia japonesa en la pintura y en el grabado ukiyo-e dio a aquellos talleres una sensibilidad excepcional. Kimbei no aplicaba un color mecánico. Cada fotografía se transformaba en una obra seriada con pequeñas variaciones, ejecutada por especialistas capaces de repetir una gama cromática y, a la vez, conservar la delicadeza del original.
Ese trabajo colectivo explica la viveza de los tejidos, peinados y objetos. En una época anterior a la película en color, el estudio ofrecía al comprador algo cercano a una visión completa: la precisión óptica de la cámara y la intensidad de la pintura japonesa reunidas en una misma hoja.

Samuráis, viajeros y oficios: el Japón que buscaba Occidente
Los samuráis habían perdido sus privilegios durante las reformas Meiji, pero seguían encarnando para el público extranjero la fuerza épica del Japón anterior. Kimbei los fotografió con armaduras, lanzas y espadas en composiciones frontales. No eran instantáneas de combate: eran retratos ceremoniales de un mundo que se alejaba.
Estas imágenes dialogan con la historia de los daimyō, los grandes señores de la guerra japoneses, y con la cultura guerrera que sobrevivió en prácticas como el seppuku de los samuráis. El estudio transformó aquella memoria militar en una iconografía reconocible en cualquier salón europeo.

Junto a los guerreros aparecían los transportes y oficios. Una silla de viaje kago, sostenida por dos porteadores, explicaba de un solo vistazo cómo se desplazaba una persona antes de la expansión del ferrocarril. Un vendedor cargado de cestas mostraba la pericia artesanal y la espectacular movilidad del comercio ambulante.
Kimbei componía estas escenas como pequeñas narraciones. El fondo pintado, la posición de los modelos y la distribución de los objetos guiaban la mirada. Cada detalle parecía decir al viajero: «esto es Japón». El efecto era tan eficaz que muchas de aquellas estampas siguen funcionando hoy como iconos de la era Meiji.


La vida cotidiana convertida en teatro fotográfico
Carros de mercancías, puestos de verduras, músicos y trabajadoras de la seda completaban el repertorio. La cámara se detenía en actividades comunes, aunque el orden del estudio las volvía solemnes. Un cargamento de barriles adquiría la presencia de una naturaleza muerta; una mesa de hortalizas parecía un inventario de abundancia.
Estas fotografías no deben confundirse con escenas captadas al azar. Su valor reside precisamente en la construcción. Kimbei escogía objetos, vestuario y gestos para condensar un oficio en una sola imagen. Era documentación y representación al mismo tiempo, una fórmula extraordinariamente moderna.

El resultado permite reconocer alimentos, herramientas, peinados, textiles y modos de transporte. Para el historiador, cada fotografía ofrece datos; para el lector actual, conserva además una poderosa sensación de presencia. Los modelos miran desde un tiempo que parecía condenado a desaparecer bajo la industrialización acelerada.
Kimbei supo convertir esa tensión entre tradición y cambio en el corazón de su obra. El mismo Japón que construía ferrocarriles y un ejército moderno aparecía en sus álbumes a través de vendedores, artesanos y ceremonias. La modernidad avanzaba; la cámara recogía lo que aún permanecía.



El cuerpo tatuado y la fascinación por un Japón secreto
Entre las imágenes más impactantes del catálogo figura el retrato de un hombre cubierto por un gran tatuaje. Durante la era Meiji, el tatuaje japonés estaba rodeado de prohibiciones y prejuicios oficiales, pero despertaba enorme curiosidad entre los extranjeros. La espalda se convertía en un lienzo donde héroes, animales y olas componían una narración completa.
Kimbei hizo visible aquel arte corporal con una precisión asombrosa. El color añadido realzaba motivos que la albúmina habría dejado en una escala parda. La fotografía unía así dos superficies: la piel pintada del modelo y el papel pintado del fotógrafo. Pocas obras resumen mejor su condición de pintor de fotografías.

Un álbum de Kimbei conservado en España
El Instituto del Patrimonio Cultural de España conserva un álbum titulado Fujiyama. Temblor de tierra. Año 1892. Japón. Su encuadernación lacada, decorada con figuras y aves doradas, protege una serie de fotografías coloreadas relacionadas con el gran terremoto de Mino-Owari de 1891, uno de los desastres más destructivos del Japón moderno.
El volumen demuestra hasta dónde llegaron aquellas imágenes y cómo se transformaron en objetos de lujo. No viajaba una fotografía aislada, viajaba un relato visual completo. El álbum permitía abrir, página a página, un país remoto marcado por sus paisajes, sus habitantes y también por la violencia de la naturaleza.

El legado de Kusakabe Kimbei
Kimbei abandonó la actividad comercial hacia 1912 o 1913 y murió en 1934. Para entonces, la fotografía había cambiado por completo y Japón era ya una potencia internacional. Aquellos álbumes concebidos para viajeros se dispersaron por colecciones privadas, bibliotecas y museos de todo el mundo.
Hoy se conservan obras suyas en instituciones como el Metropolitan Museum of Art, el Getty Museum, el Museum of Fine Arts de Houston y numerosos archivos europeos y japoneses. La historia posterior del país, desde el imperialismo japonés hasta las grandes transformaciones del siglo XX, hace aún más valioso aquel retrato del momento en que el Japón Meiji aprendió a representarse ante el mundo.
Kusakabe Kimbei no se limitó a documentar una época. Le dio una paleta, una escenografía y una memoria. Sus fotografías conservan la precisión de la cámara, la delicadeza del pincel y el misterio de un país que, mientras se modernizaba a toda velocidad, quiso dejar constancia de aquello que estaba a punto de perder.
Fuentes
- Museum of Fine Arts, Houston, ficha biográfica y colección de Kusakabe Kimbei.
- Tokyo Fuji Art Museum, Pioneering World of Kimbei Kusakabe and His Hand-Colored Masterworks.
- Metropolitan Museum of Art, álbum de fotografías de Japón atribuido al estudio de Kusakabe Kimbei, hacia 1890.
- Instituto del Patrimonio Cultural de España, Fototeca y documentación del álbum Fujiyama. Temblor de tierra. Año 1892. Japón.
- Getty Research Institute, Union List of Artist Names, variantes del nombre de Kusakabe Kimbei.
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