Un círculo de piedras en Nevada podía pasar por un monumento prehistórico. No lo era. Había sido construido por activistas en un campamento de protesta levantado junto a un polígono de pruebas nucleares. Para el arqueólogo John Schofield, aquellas piedras merecían la misma atención documental que un resto mucho más antiguo.
La escena resume una disciplina que todavía desconcierta: la arqueología contemporánea. Sus especialistas excavan una furgoneta, clasifican juguetes de plástico arrastrados por el mar, registran un parque de patinaje enterrado o estudian los objetos abandonados tras una noche de música techno.
No buscan fingir que el presente es remoto. Utilizan la cultura material para descubrir aspectos de nuestra vida que los documentos, las fotografías y los recuerdos no cuentan por completo. El presente ya está produciendo sus ruinas.

John Schofield documenta un círculo de piedras contemporáneo en el Peace Camp situado junto al antiguo Nevada Test Site. Fuente: John Schofield / Current Archaeology.
Cuándo comenzó la arqueología del presente
Desde la década de 1970, algunos investigadores empezaron a aplicar métodos arqueológicos a la sociedad contemporánea. El proyecto más célebre fue el de William Rathje, que estudió residuos domésticos en Estados Unidos y demostró que lo que las personas tiraban podía contradecir lo que afirmaban consumir.
A finales de la década de 1990 el campo creció. La arqueología amplió su cronología desde la Antigüedad hacia la Edad Media, la industrialización, las guerras mundiales y la Guerra Fría. El paso siguiente consistió en observar los materiales de un tiempo vivido por los propios investigadores.
La diferencia es poderosa: se trabaja con objetos aún visibles, comunidades capaces de hablar y procesos que continúan abiertos. La tarea consiste en volver extraño lo familiar para poder interrogarlo.

Diagrama sobre la entrada de los plásticos en el medio ambiente y su transformación en registro arqueológico. Fuente: Rhiannon Van Eck / Current Archaeology.
La furgoneta excavada como si fuera un yacimiento
En 2006, Schofield y un equipo de la Universidad de Bristol recibieron una vieja Ford Transit utilizada durante años en trabajos arqueológicos. Decidieron desmontarla de manera forense y registrar cada elemento como si se tratara de una excavación.
La bautizaron The Van. Bajo paneles, alfombrillas y asientos aparecieron tornillos, cables, papeles, semillas, piezas de plástico y pequeños objetos que reconstruían el trabajo cotidiano de varias personas. El vehículo conservaba una estratigrafía de averías, reparaciones, viajes y descuidos.

Excavación y desmontaje arqueológico de la furgoneta conocida como The Van, Bristol, verano de 2006. Fuente: John Schofield / Current Archaeology.
El experimento provocó risas y críticas, pero también obligó a formular una pregunta esencial: ¿por qué un objeto cotidiano deja de ser digno de estudio por no tener mil años? La antigüedad no es la única medida de la importancia.

Plano de dispersión de los pequeños objetos registrados en la parte trasera de The Van: tornillos, cables, fragmentos plásticos, documentos y otros residuos de su vida de trabajo. Fuente: proyecto The Van / Current Archaeology.
Los fósiles de nuestra Edad del Plástico
En 1997, un contenedor cayó al mar frente a la costa de Cornualles con millones de piezas de Lego. Décadas después, aquellos objetos continúan llegando a playas británicas. Tracey Williams los ha documentado por tipos, colores y lugares de aparición dentro del proyecto Lego Lost at Sea.
La clasificación permite seguir corrientes, calcular la permanencia de los materiales y observar cómo una pérdida comercial se convierte en registro ambiental. Los juguetes ya forman parte de una arqueología del océano.
Schofield ha aplicado métodos semejantes en Australia y Galápagos. La recogida superficial, equivalente a una prospección arqueológica, permite ordenar los residuos y rastrear su procedencia. Un envase aporta información sobre producción, consumo, transporte y abandono.

Estudiantes de Ecología Marina realizan una recogida superficial de plásticos en una playa de Stradbroke Island, Queensland. Fuente: John Schofield / Current Archaeology.
La basura es una biografía material de nuestras decisiones. Estudiarla puede orientar políticas contra la contaminación y ayudará a los arqueólogos del futuro a comprender el periodo en que el plástico penetró en todos los ecosistemas.


Envase de detergente recuperado en una playa de Galápagos junto a la ficha utilizada para reconstruir su historia material. Fuente: John Schofield / Current Archaeology.
Excavar un parque de patinaje de 1983
El Kelvin Wheelies de Glasgow cerró en 1983 y fue rellenado. Cuando Kenny Brophy abrió una sección arqueológica en su pista Snake Run, antiguos usuarios regresaron al lugar y aportaron recuerdos que ningún archivo conservaba.
Los materiales explicaban cómo se clausuró físicamente el recinto; las voces reconstruían trucos, amistades y formas de apropiarse de la ciudad. El hallazgo más importante estaba en la recuperación de una comunidad, por encima de cualquier objeto excepcional.

Sección arqueológica abierta en el antiguo circuito Snake Run del parque de patinaje Kelvin Wheelies de Glasgow, rellenado en 1983. Fuente: Kenny Brophy / Current Archaeology.
La arqueología de la música: techno y Sex Pistols
La cultura musical deja edificios transformados, carteles, grafitos y residuos. En Berlín, los objetos abandonados bajo un puente permitieron reconocer la geografía efímera de una escena techno nacida tras la Guerra Fría lejos de los grandes clubes.

Objetos abandonados tras una fiesta bajo un puente de Berlín, estudiados como huellas materiales de la cultura techno. Fuente: John Schofield / Current Archaeology.
En Londres, una pared del número 6 de Denmark Street conservaba dibujos realizados por miembros de los Sex Pistols hacia 1975-1976. Entre ellos aparecía un autorretrato de Johnny Rotten. La banda dejó grabaciones y fotografías, pero aquel muro conservaba una relación física con el espacio donde trabajó.

Autorretrato de Johnny Rotten, de los Sex Pistols, dibujado hacia 1975-1976 en una pared del número 6 de Denmark Street, Londres. Fuente: John Schofield / Current Archaeology.
El valor no procede de una belleza convencional. Está en ser una huella directa de un movimiento cultural deliberadamente fugaz. Igual que un grafito antiguo, el trazo contemporáneo vincula gesto, lugar y momento.
La Guerra Fría también tiene yacimientos
Los archivos militares recientes continúan a menudo clasificados y muchos testigos están sujetos a compromisos de confidencialidad. En esos casos, una base abandonada o un campamento de protesta pueden convertirse en la mejor fuente disponible.
En Greenham Common y junto al Nevada Test Site, la documentación arqueológica registró hogares, tendederos, duchas improvisadas, círculos de piedra y postes pintados por activistas antinucleares. La infraestructura militar era monumental; las huellas de la protesta, frágiles. Sin un trabajo sistemático, la historia habría quedado contada únicamente desde el poder.
La arqueología contemporánea puede estudiar trincheras y campos de batalla del siglo XX, fábricas abandonadas, barrios demolidos, migraciones, fronteras y lugares de protesta. También permite combinar documentos con restos materiales para comprobar dónde falla la memoria oficial.
El presente parece demasiado cercano para tener arqueología. Esa impresión durará poco. Cada bolsa, cada muro pintado y cada edificio abandonado ya está entrando en el archivo material del futuro. Dejaremos ruinas; la cuestión decisiva será quién elegirá cuáles merecen ser escuchadas.

Poste pintado conservado en el campamento pacifista de Green Gate, junto a la base de Greenham Common. Fuente: John Schofield / Current Archaeology.
Fuentes
SCHOFIELD, John, «Unearthing the present: Why archaeologists should study the contemporary world», Current Archaeology, número 439, 2026. Contexto académico complementario: Schofield, John, «Archaeology and the polycrisis: priorities for future-oriented practice», Antiquity, 2026.
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