
Una piedra con signos tallados, aparecida delante de una casa de Behbeit el-Hagar, en el delta del Nilo, puso en marcha una excavación de rescate. El aviso de un vecino condujo a los arqueólogos hasta los restos de dos estatuas reales monumentales: una de Ramsés II y otra atribuida provisionalmente al mismo faraón. El Ministerio de Turismo y Antigüedades egipcio comunicó el descubrimiento el 14 de octubre de 2026.
Las fotografías muestran rostros todavía rodeados por la tierra de la excavación. Su tamaño resulta difícil de imaginar sin una medida: la primera cabeza alcanza unos 1,60 metros. A partir de sus proporciones, los especialistas calculan que la estatua completa, incluida la base, pudo elevarse unos 8,5 metros. Es una reconstrucción de su altura original, no la dimensión de una escultura conservada en pie.
Una inscripción permite reconocer a Ramsés II
La cabeza identificada luce la doble corona del Alto y el Bajo Egipto. La atribución no depende únicamente del parecido del rostro: apareció parte del pilar posterior con el nombre de Horus del monarca. La escritura convierte un fragmento escultórico en un testimonio asociado a un soberano concreto.

La segunda escultura conserva una parte de unos 2,40 metros, sin las piernas ni la base. El comunicado describe el tocado real nemes y destaca la semejanza de sus facciones con la primera. Cerca apareció además un bloque de granito rosa, de aproximadamente 1,30 metros, con títulos reales de Ramsés II. La relación entre todas estas piezas continúa bajo estudio.

El faraón que convirtió su nombre en paisaje
Ramsés II reinó aproximadamente entre 1279 y 1213 a. C., durante la XIX dinastía. University College London señala que su nombre aparece prácticamente por todo Egipto. La duración de su reinado y su actividad constructora contribuyeron a esa presencia: para generaciones posteriores, las imágenes del rey formaban parte del paisaje de templos y ciudades.
El delta tenía un lugar central en ese mundo. Ramsés engrandeció Pi-Ramsés, su gran ciudad real en el delta oriental, un centro con puerto, instalaciones militares, templos y contactos comerciales internacionales. Las losetas procedentes de su palacio, estudiadas por el Metropolitan Museum, permiten reconstruir elementos desaparecidos del edificio. Allí, incluso los peldaños del estrado real podían representar enemigos sometidos bajo los pies del soberano.
La escultura real expresaba algo más que semejanza física. Coronas, cetros, inscripciones y proporciones situaban al faraón dentro de un lenguaje de autoridad y continuidad dinástica. Una estatua de Ramsés conservada en el Museo Egizio de Turín, por ejemplo, incluye a Nefertari y a un príncipe junto a sus piernas y símbolos de la unión de las Dos Tierras en el trono. Son recursos que ayudan a leer estos retratos como monumentos políticos y religiosos.
Esa construcción de la memoria también alcanzó los relatos de sus campañas. Las imágenes de Kadesh presentaron al rey como salvador de su ejército, mientras la diplomacia acabaría produciendo el tratado entre Ramsés II y los hititas. Piedra y escritura sostenían distintas formas de representar el poder, desde un rostro colosal hasta un acuerdo entre cortes.
El templo de Isis pertenece a una historia posterior
Behbeit el-Hagar es conocido por las ruinas de un gran templo de Isis construido en granito. Aquí conviene detener el calendario: el conjunto monumental descrito por el Metropolitan Museum se levantó principalmente con Nectanebo II, en el siglo IV a. C., y continuó bajo Ptolomeo II y Ptolomeo III. Es muchos siglos posterior al reinado de Ramsés.

En aquel santuario, Isis aseguraba la resurrección y las transformaciones de Osiris y, con ellas, el nacimiento y el poder de Horus. La legitimidad del rey estaba vinculada al orden divino. Los relieves del templo desarrollaron esa teología con una riqueza que hoy puede seguirse tanto entre los bloques del yacimiento como en piezas dispersas por los museos.
El laboratorio AOROC, del CNRS y PSL, explica que el templo se desplomó y que sus restos sirvieron después como cantera. Viajeros copiaban sus inscripciones ya en el siglo XVIII; las excavaciones de Pierre Montet, entre 1948 y 1952, sacaron a la luz bloques que llevaban siglos enterrados. Christine Favard-Meeks dedicó décadas a reunir fotografías, dibujos y textos para reconstruir un edificio fragmentado.
Las preguntas que la excavación debe resolver
Ese recorrido explica por qué encontrar una estatua no basta para devolverla a su posición antigua. La procedencia inmediata y el emplazamiento original pueden ser diferentes en un lugar transformado y reutilizado durante siglos. Habrá que estudiar los estratos, los fragmentos y las posibles correspondencias arquitectónicas para entender dónde estuvieron los colosos y cómo llegaron hasta allí.
El aviso del vecino ha conservado algo decisivo: la posibilidad de investigar el hallazgo en su contexto. Las cabezas ofrecen el impacto visual; las inscripciones, las relaciones entre piezas y la excavación podrán explicar su historia. Esa es la parte del descubrimiento que todavía sigue abierta.
Fuentes y bibliografía
- Ministerio de Turismo y Antigüedades de Egipto, comunicado sobre las dos estatuas y el bloque inscrito de Behbeit el-Hagar, 14 de octubre de 2026.
- University College London, Ramsés II: cronología, nombres y monumentos.
- Metropolitan Museum of Art, loseta del palacio de Ramsés II en Pi-Ramsés y relieve de Nectanebo II y contexto del templo de Isis.
- Museo Egizio, estatua de Ramsés II, catálogo 1380.
- AOROC, CNRS–PSL, historia del estudio y documentación del templo de Behbeit el-Hagara.
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