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Perros en la Conquista

¿Por qué hablar de perros y de la Conquista de América? Pues sinceramente porque, de todo lo que se ha podido analizar y divulgar sobre lo que significó el gran choque que supuso el Encuentro de dos Mundos, quizá haya sido el papel de los grandes canes el menos divulgado hasta el momento. 

Sabemos lo que supuso la tecnología armamentística, animales como los caballos, la proyección de la fe mediante las órdenes religiosas, la ciencia aplicada a la navegación, a la ingeniería urbana, defensiva y extractiva. Sabemos, asimismo, cada vez más sobre cómo vestían realmente los primeros conquistadores, cómo era la higiene en la época o por qué razón las enfermedades fueron más virulentas en un bando que en otro. Y sin embargo, el papel de los perros, más allá de alguna que otra anécdota, ha quedado tímidamente atrapado en la tramoya del gran teatro del Descubrimiento.

Entremos en harina: ¿se llevaron los perros al otro lado del mundo por mero capricho? Por supuesto que no. En España, sin perjuicio de su uso en otras geografías de Europa, estos animales tenían una longeva tradición guerrera. De hecho, las raza mayoritaria utilizada en la península (a continuación os digo cuál) descendía de los canis pugnax, o sea, los perros que acompañaban a las legiones romanas y que fueron mezclados en gran medida por la sociedad hispanorromana con aquellos que posteriormente trajeron los alanos, siendo el tronco común de ambos el moloso asiático.

perro de guerra conquista

Estos canes, ahora sí, dogos españoles, mucho antes de partir al Nuevo Mundo, participaron a lo largo de la Edad Media en los combates entre los diferentes reinos, condados, taifas, imperios y califatos peninsulares (incluidas las campaña de Jaime I en Mallorca), en la Guerra de Granada, en las primeras tomas de contacto y control de las Islas Canarias o incluso en las conquistas norteafricanas del Cardenal Cisneros; por lo que ya os podéis imaginar que, con estos últimos destinos, muchos de ellos adquirieron facultades para una mejor aclimatación a según qué espacios americanos.

Durante las guerras medievales los perros fueron preponderantes para los ejércitos cristianos en España, pues sirvieron en innumerables ocasiones para confrontar el poder de la caballería deshaciendo las formaciones de los contingentes enemigos, ya fuera en combate abierto o en la fuga del mismo. Sin contemplaciones regidas por derecho consuetudinario o código caballeresco amparado por la Iglesia. La muerte honrosa quedaba reservada únicamente para el soldado cristiano, salvo excepciones puntuales.

Por supuesto, en lo que refiere a contextos como el de la Guerra de Granada, los canes no solo acometían ataques de enorme ferocidad sino que servían en batalla con infinita mejor adaptabilidad que los caballos en una orografía salpicada, no solo de accidentes geográficos que salvar, sino de un cinturón de murallas y defensas acastilladas, a priori inexpugnables.

E inexpugnable también parecía ser una América que, si bien prometía fortuna y gloria, iba a vender su fama a cambio del sudor derramado, cuando no directamente la sangre de aquellos que ambicionaban un lugar eterno en su historia. Es la idiosincrasia humana. La de antes… la de siempre.

¿Cuándo llegaron los enormes, a la par que fieros, dogos y alanos españoles al Nuevo Mundo? Pues tan pronto como arribó Colón. El Almirante desembarcó al comienzo con mastines italianos para los primeros reconocimientos y, habiendo advertido tanto él como sus tripulaciones la hostilidad de los indios caribes, se decidió que para el segundo de los viajes ya fueran a ultramar las razas castellanas; mejor entrenadas para la guerra. De hecho, hay poco escrito acerca de ello, pero Colón, junto a su hermano Bartolomé y Alonso de Ojeda, hubo de apoyarse en los perros para hacer una primera exploración de Jamaica en tierra.

Alonso de Ojeda
Alonso de Ojeda

Estos nativos, los caribes, comían canes de pequeño tamaño (práctica habitual en gran parte de América) que los cristianos allí denominaron gozques. Perros que, cuando azuzaba la carestía de algunos alimentos, fueron probados por los españoles dejando Guillermo Coma buena cuenta de su preparación culinaria o el también cronista, Fernández de Oviedo, la opinión de quienes se llevaron una ración a la boca constatando que: «(…) loan este manjar y dicen que les parece no menos bien que cabritos«.

De modo evidente, el shock que produjo en una nutrida y divergente amalgama de pueblos ver los perros con los que se habían de acompañar los españoles despertaba un terror absoluto. Eran dogos y alanos de un peso aproximado de 45 kilos, ataviados con escaupiles de algodón, pectrales tachuelados y gruesos collares de piel jalonados con púas de acero.

Con el tiempo, muy especialmente a partir del s.XVII, además de dogos y alanos, se sumó el galgo y el presa canario. Cruce del dogo español y el bull terrier inglés.

En opinión de quien escribe, fue necesario viajar con ellos. Al margen de lo que pudo suponer el choque biológico (de ida y vuelta, no se olvide) sin la ayuda canina muy raramente podría haberse sometido a los indios más rebeldes o los pueblos más belicosos. Y os voy a explicar las razones:

Las armas de fuego tuvieron una efectividad ínfima respecto a su practicidad en Occidente, puesto que su cadencia de tiro era muy prolongada en tanto que el ritmo de tiro de los flecheros triplicaba la eficacia de un soldado en un terreno, además, completamente ignoto para los españoles. La humedad, en ocasiones extrema, impedía usar la pólvora y hasta pudría las cuerdas de un arma utilizada en los primeros años de la Conquista: la ballesta. 

perro de guerra español
Cortés, de Ferrer Dalmau (detalle)

Los caballos podían aportar superioridad en campo abierto pero en las junglas, muchas veces, quedaban muy expuestos a los ataques de otras fieras oriundas del lugar por lo que la logística se hacía mediante tropas aliadas, tribus, conocedoras del terreno. 

Por todo lo expuesto bien podría decirse que los elementos que terminaron por conferir una clara superioridad a los españoles durante los avances pioneros fueron sus tradicionales armas blancas, sus tácticas de combate y, claro está, los cánidos tanto para refriegas como para aterrorizar ya fuera con la simple amenaza de su bizarra presencia, o con castigos ejemplarizantes.

¿Y qué perros se hicieron un lugar inmortal en la memoria gracias a sus acciones? Desde luego los hubo famosos. Trataré de haceros una breve relación de algunos de ellos. Los cuatro de la fama podrían titularse.

Arranco el podio con Becerrillo: López de Gomara nos dejó descripción de él siendo «bermejo, boquinegro y de mediana robustez». Otros testigos dejaron, ya fuera negro sobre blanco o de palabra, el asombro que causaba la fuerza de su poderosa mandíbula.

Fue entrenado en La Española y acompañó largamente en mil y un aventuras al conquistador Sancho de Arango, sujeto a las órdenes del gobernador Ponce de León. Participó de manera muy activa en el sofoco de rebeliones taínas y caribes apresando a los respectivos caudillos y sabiendo distinguir entre actitudes reprobables, ya fueran de indios o propiamente de españoles. Murió con sueldo de ballestero por una flecha caribe.

perro de guerra español

Le sigue en el podio, Leoncico: hijo de Becerrillo. Lo adquirió el futuro gobernador de Veragua (Panamá) y descubridor del océano Pacífico, Núñez de Balboa cuando aún estaba en Santo Domingo. Desde allí el siempre sagaz aventurero se embarcó en la escuadra de Fernández de Enciso para ir a socorrer a un ávido Pizarro que se encontraba en Urabá (Colombia).

El dogo combatió en el Darién contra los indios del jefe Cémaco y, posteriormente, en la batalla de Cuareca, mandada por el cacique Torecha, que falleció al término de la misma. Cabe decir aquí que en el episodio de Cuareca se dio un aperreamiento cuando al entrar los españoles en la casa del cacique se encontraron con más de cuarenta indios vestidos de mujer y practicando el llamado pecado nefando (sodomía).

Después de aquello y regresando, habiendo dado Balboa por descubierta la Mar del Sur, se desencadenó un enfrentamiento con el cacique Pacra, al que otros jefes de tribus vecinas acusaban de déspota. Fue la última acción de Leoncico que, con sueldo de capitán, falleció cuando seguidamente le envenenaron la comida.

Seguimos con Bruto: el inseparable amigo de Hernando de Soto. Tenemos constancia de que Bruto, regalo de Felipe II cuando aún era príncipe, ya estaba con el hidalgo oriundo de Badajoz cuando éste era gobernador en Cuba y toda la historia del animal se circunscribe a la expedición del asentamiento en La Florida con acciones de película que van desde el poblado de los uzica hasta el dominio nativo de Ocala. 

perro guerra español

Allí precisamente fue donde encontró la muerte al divisar al otro lado de la ribera de un río por donde formaban los españoles, a un grupo de indios dispuestos a la emboscada. Bruto se lanzó a las aguas y, tal como cuenta el Inca Garcilaso, aún con cincuenta flechas y algunas de ellas atravesándole la cabeza, logró llegar a tierra, ladrar y desvanecerse.

Dijo Fernández de Oviedo, también en relación a este perro de color arlequinado, que “parecía que tuviera entendimiento humano”. Una fiera, desde luego, sin posible atisbo de comparación y que, de haber acompañado a Soto por su colosal periplo por el sur y oeste de los actuales Estados Unidos, nos habría dejado aventuras casi de ciencia ficción.

Y para terminar este ránking os presento a Marquesillo: el descomunal dogo de Rodrigo de Cieza, a quien acompañó en innumerables desdichas a lo largo y ancho de Nueva Granada. Por no extenderme en narraros combate por aquí y descubrimiento por allá, os diré como anécdota representativa que Marquesillo y su señor se vieron envueltos en un problema de esos que a uno le dejan estupefacto.

Resulta que Marquesillo andaba un tanto confuso, se abalanzó con toda su cólera contra el hermano del caudillo Pirama, jefe de una tribu aliada, los tahamíe; haciéndole poco menos que pedazos. Pirama exigió a Cieza el legítimo sacrificio del animal y el Conquistador urdió un sencillo plan para evitar quedarse sin Marquesillo y su más que notable hoja de servicios prestados a la causa.

Cogió otro perro de gran parecido, le puso el collar de su amigo y procedió a la pena máxima. Los tahamíes picaron el anzuelo, aunque el dogo del capitán marchó poco después en el cénit de una refriega. 

Son solo cuatro nombres pero, por supuesto hubo más: Turco, Amadis, Calisto, Rodel y así un largo etcétera. Insisto en que, prácticamente, en toda expedición de enjundia los españoles tuvieron como armas de proyección autónomas a los canes. Los hubo en las marchas de Jimenez de Quesada, las de Alvarado, las de Vázquez de Coronado, en las de Valdivia por Chile o Narváez por los manglares de La Florida.

¿Y qué hay de Cortés? Porque seguro que os estáis preguntando si el creador de México no tuvo un fiel can a su lado durante la más febril de las conquistas. La respuesta es que no a su lado pero sí junto a él. Hubo dogos y alanos conformando una hueste sobrecogedora. Muchos de ellos perdidos durante La Noche Triste aunque otros llegaron a servir en Otumba. De hecho Díaz del Castillo dijo de ellos «con qué furia los perros peleaban…” Pero ninguno se conoce que fuera propiedad directa del más famoso vecino de Medellín. 

cortés perro de guerra
(Ferrer Dalmau)

Sin embargo, lo que son las cosas, lo tuvo su padre Martín Cortés, que luchara en la Guerra de Granada sí que tuvo un infatigable escudero. ¡Y ojo! Se llamaba (según se apunta en no pocas fuentes) Mahoma. El juego psicológico puede llegar a desgastar o herir tanto como el propio arma físico que se usa en conflicto.

Hasta aquí el sucinto pero interesante recorrido por la historia de unos animales que bien merecen un lugar en el estudio de un periodo que jamás dejará de sorprendernos. O eso espera un servidor.

Creo, dicho lo cual, que conviene cerrar este artículo con esta cita legada por la Historia General de las cosas de Nueva España que firmó Bernardino de Sahagún:

Sus perros son enormes, de orejas ondulantes y aplastadas, de grandes lenguas colgantes; tienen ojos que derraman fuego, están echando chispas; sus ojos son amarillos, de color intensamente amarillos.

Fuente
Los perros en la Conquista de América / Iberoamericasocial.comSoldados de cuatro patas / Juan Carlos Segura JustHistoria General de las cosas de Nueva España: Bernardino de SahagúnPerros y aperreamientos en la Conquista de América / Estebanmiracaballos.blogia.com

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Un comentario

  1. Y dice ‘en las primeras tomas de contacto y control de las Islas Canarias’ ¿Tomar el control? ¿No fue acaso también una conquista? ¿No sería el uso de perros una táctica bélica importante que se ensayo en Canarias (como tantas otras), de cara a las guerras por venir en América? Son todas preguntas retóricas, la respuesta está a la vista.

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