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Pasión y muerte del Conde de Villamediana

El caso del conde de Villamediana

Ya sabéis que era Don Juan / dado al juego y los placeres; / amábanle las mujeres / por discreto y por galán. / Valiente como Roldán / y más mordaz que valiente… / más pulido que Medoro / y en el vestir sin segundo, / causaban asombro al mundo / sus trajes bordados de oro… / Muy diestro en rejonear, / muy amigo de reñir, / muy ganoso de servir, / muy desprendido en el dar. / Tal fama llegó a alcanzar / en toda la Corte entera, / que no hubo dentro ni fuera / grande que le contrastara, / mujer que no le adorara, / hombre que no le temiera

Conde Villamediana
Retrato atribuido a don Juan de Tassis

El caso del conde de Villamediana es uno de esos sucesos que, por singulares y misteriosos, adquieren un tinte de leyenda que difumina la línea entre realidad y ficción, despertando siempre un gran interés. Es un asunto polémico, que a lo largo de los siglos ha generado diversas opiniones entre historiadores y estudiosos de la materia, y que ha sido tratado, con mayor o menor acierto, en obras teatrales, novelas y ensayos.
A mí la versión que me interesa, y la que plasmaré en este artículo, es la versión romántica del personaje; “romántica” en términos novelescos, que es, en definitiva, la que me ha fascinado desde que la conozco.

El protagonista es don Juan de Tassis y Peralta, conde de Villamediana y correo mayor del reino, caballero cumplido y gallardo de la Villa y Corte de Madrid. Era éste, se dice, un doncel de buen porte, agradable rostro, apostura varonil y facilidad de palabra, pues tenía fama de buen poeta (incluso guardaba gran amistad con Luis de Góngora)

Corría el año de 1619 cuando don Juan conoció personalmente a la futura reina Isabel, llegada de Francia para casarse con el joven Felipe IV, quedando prendado de amor; por lo que ideó un plan para acercarse a ella.
Villamediana estrenó una obra teatral de temática mitológica llamada La Gloria de Niquea en el teatro montado en los jardines de Aranjuez y, conociendo las aficiones histriónicas de los por aquel entonces adolescentes reyes, los invitó a que participasen como actores en la misma, a lo que ellos accedieron con entusiasmo.
Durante uno de los ensayos, alguien gritó: “¡Fuego! ¡Fuego!” El escenario había empezado a arder por alguna razón. Todos huyeron despavoridos; entonces Villamediana subió a la escena y, tomando a la reina Isabel en brazos, la salvo de las llamas. Al parecer, el fuego había sido provocado por el mismo don Juan para poder gozar así de abrazar a la dama de sus anhelos .

Conde Villamediana
La reina Isabel de Borbon

Pocos meses después de aquel malogrado estreno de La Gloria de Niquea, se anunciaron justas y juegos de cañas en la Plaza Mayor de Madrid, diversión ésta preferida por los nobles, incluso por encima de las corridas de toros. Sus Majestades los reyes presidirían el acto desde el palco de la Casa de la Panadería.

El rey Felipe IV ya llevaba tiempo con la mosca detrás de la oreja debido a las continuas murmuraciones que recorrían como pólvora quemada los salones del Alcázar y los mentideros de la corte, que hablan de los amores de don Juan y la reina Isabel.

Cuál fue la sorpresa del monarca (y de todos los presentes) cuando vieron a Villamediana salir a la arena en el “paseíllo” que todos los caballeros participantes hacían en torno a la plaza para mostrar sus galas, con la siguiente divisa en su pecho: «MIS AMORES SON» Y debajo de estas palabras, cuatro piezas de plata de a real, lo que se descifraba, en una alusión bastante clara, como «MIS AMORES SON REALES»
Cuentan que a pique estuvo el impertérrito Felipe IV de perder los estribos, y se puso rojo como la grana. Aquella provocación del gallardo y altanero don Juan, y su afán de demostrar su amor hacia la reina, y además insinuar que era correspondido, era ir demasiado lejos; una crónica de una muerte anunciada.

Retrato de Felipe IV en Fraga, de Diego Velázquez, 1644

Todos los amigos del conde le aconsejaban que las cosas se estaban calentando demasiado, que era mejor que abandonase Madrid una temporada, a lo que don Juan siempre respondía que no, que Dios era su protector y su espada su protectora, y que él no escapaba ni de rey ni de roque.

Sin embargo, estaba equivocado. El día 21 de agosto de aquel mismo año, 1622, cuando Villamediana salía de su casa en el número 1 de la calle mayor, frente a San Felipe el Real, en un carruaje y en compañía de su amigo don Luis de Haro, un hombre de mala catadura hizo detenerse al cochero, entonces abrió la portezuela y asestó varias puñaladas a Villamediana, hiriéndolo de muerte. Algunos testigos lo llevaron en brazos, moribundo y corrido de sangre, al templo más cercano, donde un capellán le dio la extremaunción.

Conde Villamediana
Muerte del conde de Villamediana

Don Juan de Tassis, conde de Villamediana y correo real, fue enterrado en el convento de San Agustín de Valladolid. Unos días más tarde, unos versos atribuidos a Lope de Vega corrían por los mentideros de la Corte:

Mentidero de Madrid

¿Sabéis vos quién mató al conde?

Ni se oculta ni se esconde,

Con discurso discurrid.

Dicen que lo mató el Cid

Por ser el conde Lozano.

¡Disparate chabacano!

La verdad del caso ha sido

Que el matador fue Bellido

Y el impulso soberano.

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Héctor J. Castro

Nacido en Ferrol, profesor de lengua inglesa y novelista. Su pasión por la Historia lo ha llevado también al modelismo de escenas bélicas, en el que ha conseguido varios premios de pintura y escenografía. En 2016 publicó el primer volumen de su trilogía El Siglo de Acero.

Un comentario

  1. Y así el propio Góngora, su amigo, hizo coplas al respecto:
    “Mentidero de Madrid, decidme, ¿quién mató al conde? Nise sabe, Nise esconde, sin discurso discurrid”,
    haciendo ver que una tal Nise sabía quien era el matador, y aún lo ocultaba, y seguía: “¿Dicen que lo mató el Cid por ser el conde Lozano? ¡Disparate chabacano! La verdad del caso ha sido que el matador fue Bellido siendo impulso Soberano”.

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