Durante siglos hemos imaginado a Odiseo mirando, al fin, las costas de una isla. Una tierra abrupta, separada del mundo por el mar Jónico, convertida por la tradición en la patria indiscutible del héroe más astuto de la épica griega. Pero una nueva lectura de los poemas homéricos, apoyada por estudios geológicos realizados durante dos décadas, propone algo mucho más incómodo para la costumbre: la Ítaca de Homero quizá no fue una isla independiente.
La investigación, publicada en Antigone por el helenista James Diggle, profesor emérito de Griego y Latín en la Universidad de Cambridge, y el geólogo John Underhill, de la Universidad de Aberdeen, sostiene que Homero nunca llama “isla” a Ítaca de forma directa. Ese detalle, aparentemente menor, altera todo el paisaje de la Odisea. La patria de Odiseo podría haber sido Paliki, la península occidental de Cefalonia, y no la actual isla griega de Ítaca.
La cuestión no es nueva. Desde la Antigüedad, los lectores de Homero han intentado encajar las descripciones del poema con la geografía real del mar Jónico. El problema es que la Ítaca moderna nunca ha terminado de ajustarse del todo al retrato homérico. Está al este de Cefalonia, es montañosa y no responde bien a una de las pistas más repetidas por los especialistas: la Ítaca de la Odisea aparece descrita como una tierra baja y situada hacia el oeste respecto a otras islas cercanas.

La pista estaba en las palabras de Homero
La clave del estudio no procede de una excavación espectacular ni de una tumba real aparecida bajo toneladas de tierra. Nace, más bien, de algo mucho más delicado: el lenguaje. Diggle recuerda que Homero tuvo varias oportunidades de llamar a Ítaca nêsos, es decir, “isla”. Pero no lo hizo. En su lugar utilizó términos como gaia —tierra—, patris —patria— o dêmos, una palabra que puede traducirse como territorio, dominio o comunidad.

Ese matiz cambia la lectura de un pasaje esencial. Cuando los feacios dejan a Odiseo dormido en su tierra, el poema dice que la nave se acerca a la isla, pero desembarca en el dêmos de Ítaca, cerca del puerto de Forcis. Para Diggle, la distinción es reveladora: Ítaca no sería la isla completa, más bien un territorio dentro de una isla mayor.
La hipótesis encaja además con la Ilíada, donde Odiseo aparece como jefe de los cefalenios. Si su patria formaba parte de Cefalonia, el dato deja de parecer una fórmula épica imprecisa y adquiere un valor geográfico mucho más concreto.
Paliki, la península que encaja con la Odisea
El gran candidato es Paliki, una península situada al oeste de Cefalonia. Allí, según esta interpretación, estaría la verdadera Ítaca de Homero. La propuesta no nació ahora. Fue popularizada en 2005 por Robert Bittlestone en Odysseus Unbound, una obra que defendía que Paliki había sido en otro tiempo una isla separada de Cefalonia por un canal marino.

La teoría resultaba seductora: si Paliki hubiera sido una isla en la Edad del Bronce, encajaría con la lectura tradicional de Ítaca como isla. También explicaría por qué Homero la describe como una tierra occidental y más baja que sus vecinas. Según el poema, Ítaca se encontraba cerca de Dulichion, Same y Zacinto. Zacinto se identifica con la actual Zakynthos; Same suele vincularse con Cefalonia; y, dentro de esta reconstrucción, la actual Ítaca podría corresponder a Dulichion.
Pero la parte geológica de la investigación ha obligado a corregir aquella idea inicial. Los trabajos dirigidos por Underhill, con técnicas como LiDAR, análisis sísmico, sondeos y estudios de campo, indican que el valle de Thinia, el estrecho istmo que une Paliki con el resto de Cefalonia, no albergó un canal marino en la Edad del Bronce. De hecho, los últimos indicios de aguas marinas allí se remontarían a cientos de miles de años antes del tiempo de Homero.
Estrabón y el falso canal
Uno de los apoyos clásicos de la hipótesis de Bittlestone era Estrabón, el geógrafo griego de época romana. Un pasaje suyo fue interpretado durante años como la prueba de que Paliki estuvo separada por un canal. Sin embargo, Diggle y Underhill proponen leerlo de otra manera. El término empleado por Estrabón se referiría a un curso de agua terrestre, no a un brazo de mar navegable.
Ahí entra en escena el paisaje real de Thinia. La zona habría estado marcada por una cuenca interior, conocida como Katochori, capaz de retener agua y de inundarse en episodios extremos. En determinadas condiciones, el agua podía drenar hacia ambos lados del valle, creando una separación ocasional y visualmente poderosa entre Paliki y el resto de Cefalonia. No era una isla, pero podía parecer una tierra apartada.

Esta lectura resulta especialmente interesante porque la Ítaca de Homero no tendría que ser una isla independiente para conservar su fuerza simbólica. Podría haber sido una península con identidad propia, un territorio bajo, occidental y vinculado a Cefalonia, cuya memoria fue transformándose con el paso de los siglos.
¿Y qué ocurre con la Ítaca moderna?
El debate no borra la importancia histórica de la actual Ítaca. La isla conserva una larga tradición asociada a Odiseo y cuenta con yacimientos relevantes, entre ellos el enclave de Agios Athanasios, conocido como la “Escuela de Homero”. Las investigaciones del Ministerio de Cultura griego han documentado allí actividad humana desde época prehistórica, cerámicas de la Edad del Bronce y evidencias de culto posteriores, incluidos fragmentos con inscripciones vinculadas al nombre de Odiseo.

Ese dato es importante: la Ítaca actual sí fue un lugar donde la memoria de Odiseo tuvo peso. Pero memoria cultual y geografía poética no son necesariamente lo mismo. Un santuario o un heroón dedicado al héroe demuestra veneración antigua, no resuelve por sí solo dónde situaba Homero la patria original del rey de Ítaca.
La propia Universidad de Aberdeen subraya, además, que las excavaciones recientes en Paliki, especialmente en la zona del pantano de Livadi, están revelando la relevancia de este territorio durante la Edad del Bronce. No prueban de forma definitiva que allí estuviera el palacio de Odiseo, pero refuerzan la idea de que Paliki no era un rincón marginal del mundo micénico.
Tal vez el error no estaba en Homero, más bien en quienes leyeron sus versos desde una certeza heredada: que Ítaca debía ser, obligatoriamente, una isla.
Si Diggle y Underhill tienen razón, Odiseo no regresó a la isla que hoy lleva su nombre. Volvió a una tierra concreta dentro de Cefalonia, a una comarca occidental llamada Ítaca, quizá en la actual Paliki. Con el tiempo, los nombres se movieron, las memorias se trasladaron y la tradición fijó en otro lugar la patria del héroe.

Hay algo profundamente homérico en este debate. Odiseo tarda diez años en regresar, reconoce su hogar con dificultad y necesita que Atenea le revele el paisaje que tiene delante. Ahora, casi tres milenios después, los estudiosos vuelven a preguntarse si nosotros también hemos estado mirando mal aquella costa.
La Ítaca de Homero quizá no fue una isla. Quizá fue una península, un territorio de frontera, una tierra baja al oeste de Cefalonia, separada a veces por las aguas y siempre por la memoria. Y quizá esa sea la mejor lección de la arqueología y la filología cuando trabajan juntas: los mitos no permanecen quietos. Cambian de nombre, de orilla y de dueño, pero rara vez dejan de hablarnos.
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