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Falcó, un gran piloto

Falcó fue un gran piloto. O si se quiere, Falcó solo hizo lo que muchos habríamos hecho en su lugar: cumplir en el trabajo. 

Vilajuiga, Gerona. Estertores de la Guerra Civil en la región del Ampurdán. Un piloto español que en origen iba para médico está a punto de librar un combate contra miembros de la Legión Cóndor y, aunque pudiera parecer una acción bélica más, nuestro protagonista, fallecido en 2014 a los 97 años, la revistió, mucho tiempo después, de un halo emocional que pone de manifiesto su consideración humana. Hablo de José. Y de su apellido, Falcó, que como habréis leído encabeza este artículo. Un artículo sobre las dimensiones de una circunstancia, su contexto y la condición humana.

Febrero de 1939: un pequeño escuadrón aéreo de la Luftwaffe buscaba liquidar los pocos aviones reagrupados de los que aún disponía el bando republicano, recordemos, por esas fechas, en retirada tras la Batalla del Ebro

Belchite
Belchite viejo, destruido durante la ofensiva del Ebro. (foto: depositphotos.com)

En la mañana del día seis, unos Messerschmitt irrumpieron sobrevolando el cielo del aeródromo de Vilajuiga con los motores de sus hélices bramando ferozmente. En menos de lo que dura un suspiro, mientras sus fuselajes cortaban vertiginosamente el abdomen del cielo, las ametralladoras transformaron, prácticamente la totalidad de aviones republicanos en un despojo de chatarra. Pero no todo estaba perdido, en mitad de aquel furibundo ataque, algunos pilotos españoles pudieron subirse a sus cazas in extremis para contestar a los escualos tudescos. Entre ellos, un oficial, Lacalle, el sargento Bastida y, por supuesto, Falcó.

José, tipo empírico, hecho así mismo desde que entró en la Marina mercante, y que se había curtido como piloto desde que comenzó la guerra haciéndose un merecido nombre gracias a sus habilidades en vuelo nocturno, cerró la pequeña cabina de su Polikarpov I-15 y encaró morro hacia los Messerschmitt en un paisaje propio del averno donde más que respirar aire, se respiraba riesgo. Pero, ¿acaso no fluye intrínsecamente ese elemento por las venas de un piloto? Que caray, huelga decirlo, sí. Y eso lanzó a Falcó a iniciar la batida que aquellos alemanes habían comenzado.

Messerschmitt Bf 109
Messerschmitt Bf 109, recreación 3D (foto: depositphotos.com)

No sabemos que se le pasaba a José por la cabeza mientras iniciaba el vuelo. Quizá, solo quizá, sus felices recuerdos de instrucción en Los Alcázares. O quizá, solo quizá, quedó agradecido por esas largas madrugadas sobrevolando Barcelona, guiando aliados y localizando enemigos entre un espeso y entumecido silencio nocturno. Áridas misiones de un riesgo continuo, pero en las que desarrolló un halo táctico de depredador implacable.

Ya en el aire, con pocas maniobras y con su “chato” (como se conocía a los Polikárpov) proyectando la hélice bipala tanta rabia contenida como el alma de José empezó la persecución. Disparos aquí y allá, aún ciegos mientras los 14 metros de superficie alar cruzaban una espina dorsal de estratos como único público de excepción. 

Polikarpov I-15
Polikarpov I-15

Apenas un minuto más tarde, se despejaba el campo de visión. Una colerizada ráfaga de fuego lanzada por el español, que atravesava el vientre del firmamento a velocidad meteórica, alcanzó a una primera nave alemana. Un Messerschmitt caía derribado ante los ojos de nuestro hombre. No estaba mal ver caer «un tiburón».

Sin apenas tiempo de reacción, Falcó vio desde la mampara de la cabina como otro escualo alemán se posicionaba en vuelo raso para rematar a un irreductible Grumman FF que aún se negaba a ser carne de desguace. No lo pensó dos veces: José y su “chato” pusieron alas hasta colocarse en la cola del Messer, tenerle en blanco, y aplicare su misma medicina fijando el tiro de sus dos ametralladoras ShKas sin dar cuartel sobre la rechonchez del motor. 

«El chato» viró cerradamente, no era momento de exhibiciones y sí de hacer de la necesidad virtud. Objetivo conseguido. Aunque la maniobra le hizo forzar el aparato a tal extremo que hubo de practicar un aterrizaje forzoso. 

Falcó había logrado engrandecer su nombre (ocho derribos) pero también cayó prisionero iniciándose así un periplo que no le devolvería a España hasta décadas después, con lo vivido en ese zurrón que todos cargamos y llamamos juicio. En su caso, una catequesis de valor, escarmiento, conciencia y afecto. Efectivamente, José regresó, pero rehusó quedarse. Continuó con su residencia fijada en Toulouse.

Entre tanto, en mitad del Alto Ampurdán, donde hasta hace poco había unos viñedos y ahora un campo de olivos que ocupan el espacio de aquel lejano hangar, se erigió una estela funeraria a Friedrich Windemuth, el primer piloto alemán derribado en aquella contienda, nacido en Leipzig, en 1915. Impávido y animoso. Veintipocos años, impavido probablemente los mismos que José durante la refriega.

Nadie sabe bien si fue la familia del piloto, las fuerzas aéreas de su país de origen o los propios españoles los que erigieron allí el memorial pero lo que sí se sabe es que, hasta el 2014, era ya un anciano José Falcó el que mantenía limpia la lápida y ponía siempre flores frescas en la piedra. 

Falcó frente a la Piedra de Windemuth (Fuente: La Vanguardia)
Falcó frente a la Piedra de Windemuth (Fuente: La Vanguardia)

En palabras de José, en una entrevista concedida antes de fallecer: “murió él, pero pude haber sido yo, por eso siempre que volvía al Empordá recogía algunas flores y se las dejaba junto a la lápida”. Sin duda, una cita que debemos asimilar como netamente necesaria en estos tiempos de crispación donde se sacude el pasado para modelarlo a voluntad de quienes subestiman la capacidad de concordia.

windemuth.org
(windemuth.org)

Fuente
El piloto republicano / Josep Playá. Artículo publicado en La Vanguardia Entrada José Falcó Sanmartín en la web de la Real Academia de la HistoriaEntrada Aviones de la Guerra Civil Española/ Polikarpov I-16. Defensa.comJosé Falcó: piloto de caza / Pierre Challier Ed Milenio  Biblioteca de Imágenes: Depositphotos.com

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