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La fachada del Palacio Real de Madrid: el teatro de piedra de la plaza de la Armería

Sobre el reloj de la fachada del Palacio Real de Madrid hay una campana que perteneció a otro palacio. Procede del antiguo Alcázar, destruido en el incendio de la Nochebuena de 1734. Debajo se extiende la residencia con la que los Borbones quisieron mostrar su poder; arriba quedó esa pequeña herencia de bronce. Para empezar a leer el edificio basta con levantar la vista.

Desde la plaza de la Armería, su simetría disimula una historia bastante menos ordenada. Intervinieron varios arquitectos y tres reinados, se tallaron estatuas que después hubo que bajar y Madrid acabó atribuyendo su retirada a una pesadilla de Isabel de Farnesio. La fachada cuenta lo que la monarquía quiso decir de sí misma. También cuenta lo que cada rey prefirió cambiar.

La altura sobre el Manzanares

La altura sobre el Manzanares explica una elección mucho más antigua. Allí surgió Mayrit, durante el emirato de Muhammad I, en el siglo IX, alrededor de una fortaleza en la zona del actual palacio y la Almudena. El promontorio permitía vigilar los caminos, y los manantiales del entorno favorecían el asentamiento. La ciudad nació en la frontera de Toledo, dentro de una red de fortificaciones que debía proteger las comunicaciones y afirmar el dominio de Córdoba sobre un territorio donde los toledanos se rebelaban una y otra vez.

La fortaleza pasó a manos cristianas y fue creciendo hasta convertirse en el Real Alcázar de Madrid. Torres, galerías y ampliaciones habían ido dando forma a la residencia desde la que gobernaron los Austrias. El incendio de la Nochebuena de 1734 destruyó aquel edificio y permitió a Felipe V emprender un palacio nuevo sobre el mismo solar. Cambiaba la arquitectura; el lugar elegido conservaba la memoria del poder.

El primer encargo fue para Filippo Juvarra, que proyectó un palacio demasiado extenso para encajarlo allí. Tras su muerte, Juan Bautista Sacchetti trazó otro adaptado al solar y al desnivel, cuyas obras comenzaron en 1738. Ventura Rodríguez trabajó también en ellas. Con Carlos III llegó Francesco Sabatini, que modificó el edificio y el balcón de la Armería. Cuando el rey empezó a habitarlo, en 1764, el palacio reunía decisiones tomadas bajo su padre, Felipe V, su hermano Fernando VI y él mismo.

Piedra, puertas y ceremonia

Abajo, el basamento almohadillado de granito da peso a la fachada. Las juntas profundas y los huecos contenidos recuerdan todavía el aspecto de una fortaleza. Por encima, columnas y pilastras abarcan varias plantas en un orden gigante: las ventanas quedan agrupadas dentro de un mismo ritmo, y el edificio deja de verse como una simple acumulación de pisos.

El contraste lo ponen el granito de la sierra madrileña y la caliza de Colmenar de Oreja, empleada en columnas, molduras, cornisas y esculturas. El recuerdo del incendio intervino también en la construcción: se recurrió a estructuras abovedadas para limitar la madera a elementos como puertas y ventanas. La primera piedra anunciaba la voluntad de hacer frente a la eternidad. Después de lo sucedido en el Alcázar, la promesa tenía un sentido muy concreto.

En el centro, cuatro grandes columnas enmarcan el balcón del Salón del Trono. Sobre él se concentran el escudo, el reloj y las figuras regias. Desde la plaza se reconoce dónde está el espacio de mayor representación de la Corona. La arquitectura guiaba la mirada hacia el soberano, igual que la etiqueta regulaba el acercamiento a su persona.

Las cinco grandes puertas servían a esa puesta en escena. Su tamaño permitía que los carruajes llegaran hasta el zaguán y que sus ocupantes descendieran al pie de la escalera principal. La ceremonia de entrada necesitaba espacio para coches, caballos y personas; antes de alcanzar las habitaciones reales, había que atravesar las bóvedas y subir la escalera.

El reloj, el Sol y los cuatro Borbones

Reloj, campanas, relieves solares y esculturas del ático de la fachada del Palacio Real de Madrid
Reloj, relieves solares y esculturas del ático. Alvy / Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0 ES.

A los lados del reloj, los relieves representan el tránsito del Sol entre los signos del zodiaco. El benedictino Martín Sarmiento había concebido la zona sur del palacio, donde estaban las habitaciones del rey, con un significado político y solar; el norte, ocupado por la capilla, debía expresar la dimensión religiosa de la monarquía. El Sol y el león coronado que abarca dos mundos formaban parte de ese lenguaje. La decoración daba al soberano un lugar central en el orden de sus dominios.

Las cuatro figuras del ático son Felipe V, María Luisa Gabriela de Saboya, Fernando VI y Bárbara de Braganza. Aquí hay un detalle que las guías suelen resolver con demasiada prisa: María Luisa murió en 1714, veinte años antes de que ardiera el Alcázar. Su presencia junto a Felipe V recuerda que era la madre de Fernando VI. Las parejas enlazan dos generaciones de la dinastía, aunque no coincidan literalmente con quienes iniciaron y terminaron la construcción.

Los reyes que Carlos III mandó bajar

La balaustrada debía estar mucho más poblada. Bajo Fernando VI, Juan Domingo Olivieri y Felipe de Castro dirigieron a los escultores que dieron forma al programa de Sarmiento. En la piedra blanca de Colmenar fueron apareciendo monarcas visigodos, asturianos, leoneses y castellanos. Destinados a contemplarse desde el suelo, necesitaban siluetas, gestos y atributos reconocibles a gran altura; la minucia del retrato importaba menos que la claridad de la figura.

Otras series incorporaban a los reinos de Aragón, Navarra y Portugal, a emperadores romanos y a los patronos Santiago y san Millán. En las esquinas de la fachada principal vemos hoy a Moctezuma y Atahualpa. Representaban la incorporación de los imperios americanos a la monarquía. La selección reunía historias y territorios muy distintos y los hacía desembocar en la Corona borbónica: esa era la genealogía de poder que debía leerse en la piedra.

Pero Carlos III ordenó bajar las esculturas en 1760. Prefería un remate más sobrio y clasicista. Las figuras se almacenaron y, con el tiempo, fueron repartiéndose: algunas regresaron al palacio, otras llegaron a la plaza de Oriente, al Retiro y a distintos jardines y ciudades. La historia de la monarquía que Sarmiento había querido reunir sobre las cornisas terminó dispersa en varios paseos de estatuas.

Madrid encontró una explicación más inquietante. Según la leyenda, Isabel de Farnesio soñaba que los reyes de piedra se precipitaban desde la cornisa y pidió que los retiraran por miedo a que se cumpliera la pesadilla. La imagen tiene fuerza: una reina recelosa bajo las estatuas de quienes la habían precedido. El relato dio a la ciudad una forma de recordar por qué aquellas figuras acabaron lejos del palacio.

El cambio de gusto de Carlos III explica la retirada en las fuentes histórico-artísticas; el sueño pertenece a la tradición madrileña. La diferencia permite disfrutar de la leyenda sin convertirla en una orden documentada. Y nos deja dos historias que mirar en la misma fachada: la decisión del rey y la memoria que Madrid construyó alrededor de ella.

La plaza llegó después

Palacio, plaza y catedral parecen hoy partes de un mismo proyecto. Esa impresión comprime casi dos siglos de obras. La fachada es del XVIII y la ordenación del entorno continuó durante el XIX. Narciso Pascual y Colomer intervino en el eje palaciego, en la calle de Bailén y en las plazas de Oriente y de la Armería. Los espacios desde los que contemplamos el edificio fueron tomando forma después de que este se levantara.

La Almudena comenzó a construirse en 1883. Ya en el siglo XX, Fernando Chueca Goitia y Carlos Sidro reformularon su exterior para armonizarlo con el palacio, conservando el carácter neogótico del interior. El diálogo entre ambas fachadas fue una decisión buscada por arquitectos que trabajaron casi dos siglos después de Sacchetti.

Grabado de 1847 de la fachada principal del Palacio Real de Madrid y la antigua plaza de la Armería
La fachada y la Armería en el Diccionario de Madoz, 1847. Wikimedia Commons, dominio público.

Un balcón incendiado en 1937

El Archivo General de Palacio guarda otra imagen de esta fachada. En el catálogo de un reportaje de la Guerra Civil se describe el balcón del Salón Amarillo hacia la plaza de la Armería, incendiado el 7 de agosto de 1937. Otros fondos registran daños en cornisas, columnas y balaustradas. La serenidad del conjunto actual puede hacernos olvidar lo que esas fotografías conservan.

También quedaron registradas las reparaciones: trabajos de cantería después de la contienda, restauraciones en los años sesenta y limpieza de la fachada principal en 1972. Hacer frente a la eternidad ha exigido andamios, piedra nueva y manos que repongan lo perdido. La inscripción de 1738 adquiere otro sentido cuando se lee junto a esos trabajos.

Al levantar de nuevo la vista quedan la campana del Alcázar, las parejas del ático y los soberanos americanos; entre ellos, los pedestales que perdieron sus estatuas. Sarmiento había querido reunir allí una historia de la monarquía. La decisión de Carlos III la repartió por calles y jardines, donde podemos acercarnos a aquellos reyes de piedra que habían sido tallados para mirarnos desde lo alto.

Fuentes y bibliografía

Galería fotográfica


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Miguel Ángel Ferreiro

Militar de carrera, autor de "La Segunda Columna" (Ed.Edaf), director de este proyecto e Historiador del Arte (UNED). Entre África y Europa, como el Mediterráneo.
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