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Un visionario llamado Diego Marín de Aguilera

Un hombre que figura en las páginas de oro de la aviación española

Pues… la verdad es que sí. Lo voy a decir una vez más porque parece que nunca termina de calar: España ha sido cuna de pioneros, patria de una creación inigualable que ha basculado en un prisma multidisciplinar difícilmente igualable.

Hombres y mujeres de ciencia cuyo legado está mucho más presente en nuestros días de lo que, a priori, podríamos pensar. ¿Y de qué va esto?, ¿a qué cacharro doméstico vas a hacer referencia? Porque suponemos que esto que cuentas va en la línea de “gracias a la inventiva de la II Guerra Mundial hoy tenemos microondas en nuestras casas y tal”. Hummm.. no. De lo que vengo a hablar es de algo mucho más sustancial. Y además íntimamente ligado con uno de los sueños primigenios del ser humano: volar.

aguilera diego marín vuelo
Monumento conmemorativo del vuelo de Diego Marín Aguilera en 1793.

Iluminemos pues, un marco histórico para contar la historia de un visionario llamado Diego Marín de Aguilera. Estamos en un pequeño pueblo de la Ribera del Duero, en el corazón castellanoleonés y en fechas postrimeras del siglo XVIII. La villa, burgalesa para mejor situación, es Coruña del Conde; un lugar que, en plena proyección ultramarina del Imperio, vio nacer al que sería Obispo de Popayán: Agustín Gormaz Velasco.

Pues allí vivía don Diego, el mayor de siete hermanos, tipo humilde, sumido en sus quehaceres del pastoreo y, desde muy pequeño, gran observador. Y aquí radicaba la clave… el fuerte de nuestro protagonista: en la contemplación y su consecuente análisis. Le obsesionaba el vuelo de las aves. Examinó todo lo que pudo y más la estructura corpórea de buitres, águilas, milanos, gavilanes y otras aves del lugar cazándolas y diseccionando como el mejor de los cirujanos la mecánica de sus alas. Estudiando su peso, la distribución o la química de la materia.

Así pasó Diego no pocos años de su vida, creando un gabinete donde ir documentando todo lo que iba aprendiendo sobre la marcha hasta que, un buen día, decidió que con los datos recabados bien podría lanzarse a construir un artefacto con el que poder sentirse pájaro. Y por supuesto, dicho y hecho, el bueno de Aguilar se puso manos a la obra con todo su conocimiento, maestría artesana y la inestimable ayuda de un vecino y buen amigo forjador. 

Seis años duró la fabricación. Una vez terminado su invento, Diego disponía de un artefacto de considerables dimensiones, con un cuerpo o bastidor de más de cuatro metros y unas alas dependientes de unas varillas de forja de ocho metros por lado recubiertas por diferentes tipos de telas y plumas naturales que se abrían en forma de abanico. A esto había que sumar un sistema de estribos y cigüeñales, digamos que lo más parecido a una cabina o panel de control. En principio, la cosa pintaba bien; el aparato en cuestión lucía acorde a los sistemas y estética que durante tanto tiempo Aguilera había estudiado.

Decidido a probar su invento, a las puertas del verano de 1793, Diego subió con su aparato a lo más alto del pueblo, una peña allá donde se erige el castillo que domina el paisaje. Y desde allí, ante el estupor y la atónita mirada de amigos, curiosos y, en general, vecinos de toda condición, se lanzó inserto en el fuselaje de su rapaz mecánica al vacío. Y sí amigos, voló. Aguilera lo hizo y vaya si voló. 

diego marin de aguilera

Tras precipitarse al vacío, se mantuvo cinco metros sobre el suelo e inició un planeo en dirección al Burgo de Osma de 360 metros de longitud hasta que una de las alas cedió y propició un accidente del que nuestro protagonista, eso sí, salió prácticamente ileso. Y lo que es aún más importante: eufórico.

Claro, no os vayáis a pensar con lo aquí descrito que todo era jauja para el bueno de Marín porque ¡sí amigos, somos Humanos! y uno de nuestros pecados capitales es, como bien es sabido, la envidia. Ya sea esta explícita o encubierta. Así las cosas, pocos días después, el mágico artilugio de Diego apareció destrozado. Un grupo de vecinos receló de la gesta y decidió que, por aquello  de “quita… quita. Aquí no queremos líos”, acabar categóricamente con un prodigio.

Cuando Diego se enteró quedó consumido en la rabia y afectado por una ulterior depresión. No le quedó gana alguna de repetir su hazaña y ahí se clausuró su sueño. De lo que este genio autodidacta quizá no fue consciente, es que hoy, no sólo figura en las páginas de oro de la aviación española, sino de la mundial porque se adelantó en ¡cien años! a las prácticas del alemán Otto Lilienthal volando con un aparato más pesado que el aire. O lo que es igual, desafiando las limitaciones físicas impuestas en aquel tiempo.

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