«La travesía final» de José Calvo Poyato

¿El último viaje de Juan Sebastián Elcano?

«La Travesía final» zarpa de Valladolid, un 16 de octubre de 1522… Sí, resulta que esta singladura ,a cuyo horizonte se vislumbras las Islas de las Especias, surca bastante tierra y bastantes sucesos históricos muy desconocidos. José Calvo Poyato nos trae la aventura más desconocida de Juan Sebastián Elcano.

Sinopsis:

«La travesía final» arranca poco tiempo del regreso de Elcano a España, tiene lugar entre marzo y mayo de 1524 la conocida como «Junta de Badajoz-Elvas», una negociación que tenía como finalidad zanjar la disputa de las Coronas de España y Portugal que existía por el control de las Molucas, o más bien por los problemas que estaban generando los tratados de división de intereses (Tordesillas o Alcaçovas).

Cada corona designó a tres astrónomos o cartógrafos, tres pilotos y tres matemáticos, que se reunieron varias veces en Badajoz y Elvas. Entre la delegación española estaban Fernando Colón, hijo de Cristóbal y nuestro protagonista, Juan Sebastián Elcano. Estuvieron varios días analizando cartas, textos y globos terráqueos pero cada grupo atribuía  las islas a sus respectivos soberanos. Finalmente no se llegó a un acuerdo.

No obstante, esto no iba a alejar a España del Pacífico. Una flota comandada por García de Loaysa (Loaisa para los que lo hemos leído en otras partes) zarpará de La Coruña en 1525 para tomar aquellas islas para el Imperio Español, Elcano sería el Segundo comandante de la expedición y Andrés de Urdaneta también estaba entre la dotación. No fue una expedición sencilla. El libro la narra muy bien.

García de Loaisa
La Armada de García de Loaísa con cuatro naos, dos carabelas y un galeon, sale del puerto de la Coruña, para las islas Molucas, en 24 de Julio de 1525″

Ya después, en 1526, Carlos I de España se casaría con Isabel de Portugal, reforzando los lazos entre las dos coronas, cosa que facilita un acuerdo sobre las Molucas. En resumen, se las dejó a Portugal (Tratado de Zaragoza, 1529) porque al Emperador le interesaban más los problemas europeos.

A tener en cuenta:

Si tengo que destacar algo de «La travesía final» es su tono, sí. El lenguaje que utiliza el autor es muy asequible y las situaciones en las que mete a los personajes, entre escena y escena histórica son, y me quedo corto, GENIALES. La verdad es que te echas unas risas en algún que otro pasaje.

Por ejemplo, hay una escena en la que Elcano regatea con una feriante cordobesa y zalamera por un guardapelo. Imaginarse la situación es tremendo; la verdad es que se podría decir que es una novela dinámica, clara y con partes muy, pero que muy divertidas.  

Encontraremos aquí al Sebastián Elcano más humano que hemos leído. Para nosotros es un héroe y a veces se nos olvida que fue una persona como nosotros, tenía un hogar, tenía un  amor, tenía sueños y temores; también risas y miedos, pero también cometía errores. Se agradece.

Calvo Poyato
(Foto Miguel A. Ferreiro @retohistorico)

A destacar:

Como fan que soy de Elcano me cuesta mucho destacar algo de esta increíble aventura (o serie de aventuras mejor dicho) que nos traer La travesía final, pero, para los que me conocéis y sabéis de mi aversión por el Sr.Pigafetta he de decir que a las pocas páginas de comenzar el libro, Calvo Poyato, pone a Elcano en cierta tesitura, resulta que se va a buscar a Pigafetta para, según el marino: «para tener unas palabras con él y poner las cosas en su sitio» Bueno, podéis imaginar mi sorpresa y sonrisa al leer este pasaje al poco del inicio de la aventura (Creo que el autor es de los míos).

No os cuento qué pasa porque todo ese capítulo me mantiene en vilo la esperanza de que don Juan Sebastián le parta la cara al difamador italiano… que por cierto, os adelanto, que será un personaje muy presente a lo largo de todo el relato, pues sus mentiras corrieron más rápido que la pólvora y fueron muy rápido utilizadas en contra del reino de España en la Junta de Badajoz-Elvas, como bien nos relata Calvo Poyato. Por cierto, a Portugal tampoco es que lo deje en muy buen lugar… ni Carlos I, tampoco se libra el séquito extranjero del Emperador.

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