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China y Felipe II: armas y religión para el corazón Ming.

Para el Occidente europeo China siempre representó una enorme pregunta: ¿Qué había y que no existía en una tierra apuntalada por la grandilocuencia de unas crónicas vertebradas para seducir?

Ya durante toda la Edad Media los mosaicos literarios de nuevo cuño se arbolaban sobre narrativas de la antigüedad clásica con los que, aventureros como Marco Polo o Niccolo da Conti, regaron la Cristiandad de anhelos inscritos casi en una fábula mitológica. Fábula que en los albores del Quattrocento, con el Imperio Otomano estrangulando el corazón de las rutas terrestres en la puerta de los Balcanes, desataron una corriente febril de expediciones al Oriente por vía marítima. Viajes por cuenta propia, de impávidos valientes o travesías patrocinadas por incipientes burgueses, nobles o casas regias. Y en este último caso, Portugal fue el reino mejor posicionado. Luego iremos viendo su porqué.

ceuta hispania españa
Azulejo de Enrique el Navegante en la conquista de Ceuta. Estación de São Bento. Oporto, Portugal.

Expansión comercial y de fe

Y es que, la verdad sea dicha, a las puertas del Descubrimiento de América, cuando Portugal ya estaba llenando sus arcas gracias al archipiélago indonesio, el agente clave que actuó como motor de aquellas expediciones al fascinante Cathay fue el hecho de saber que allí, en tan extrañas tierras, podría comerciarse con amplio margen de lucro para los parámetros de una Europa protocapitalista; con una burguesía bullente así como con unas cortes en liza. Competencia, vamos. No obstante y, dicho lo cuál, ¿fue esa la motivación unívoca de tal excitación viajera hacia el Oriente chino? No. 

El otro gran estímulo fue la religión. La fe como dinamizador sincero o tramoya demostrativa del peso que el culto podía mover en la política. Roma y la constante búsqueda de fieles en un contexto de cismas removidos en su seno (aunque esto no era nada nuevo), tejió un acicate perfecto para financiar periplos en los cuales, para quienes cubrían las costas del viaje, el dinero y cualquier otro valor o producto de intercambio (llámese sal, llámese especias, llámese oro) no era solo la finalidad exclusiva. 

La pregunta que seguro os asalta es: si aún no se ubicaba el Nuevo Mundo en las cartas de marear pero la fe era un incentivo, ¿desde dónde atraer almas a Roma? La respuesta es fácil: desde el Oriente. Sí, en aquella geografía en formación para la Europa del momento. Veamos el porqué: en el 431 d.C. quedó incomunicada la facción del cristianismo nestoriano. Un grupo escindido que se quedó asentado entre La India y China desde que fuera declarado como una herejía tras el Concilio de Éfeso. No muchos le habían dado importancia a este hecho hasta que el Renacimiento avivó la unificación de fuerzas contra el poder turco que, recordemos, había cortado las comunicaciones terrestres de las rutas comerciales con el lejano levante.

combate turcos francisco roel
Combate naval entre españoles y turcos
Wael, Cornelis de
Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado

Así las cosas y, aunque sólo fuera sobre el papel, aquella circunstancia hizo que política, comercio y religión fueran de la mano en un teatro aventurero que, poco a poco, fue modelando la envergadura del mundo conocido. Sin ir más lejos, Colón, nunca obvió esta postura cuando se propuso vender su empresa a los Reyes Católicos. 

La fascinación española por China

Explicados los puntos anteriores, es conveniente entrar ya en la ecuación española de la fascinación china. 

Lo primero que hay que tener en cuenta es que A) En el momento en el que España se dio cuenta de que las nuevas tierras descubiertas no estaban ligadas al oriente especiero, la idea nuclear del Almirante Colón seguía vigente. Para ello había de encontrarse un paso a la mar del Sur, lo que primero haría Balboa (1513) desde el istmo de Panamá; y después Magallanes a través del estrecho que lleva su nombre en el viaje que concluiría Elcano dando la vuelta al Mundo (1519 – 1522). 

Y B) Una vez se tomó contacto en Filipinas, muy especialmente a raíz del establecimiento de Legazpi en 1564, tanto la Corona como el Consejo de Indias vieron aquel archipiélago como una oportunidad inmejorable para usarlo como trampolín de un objetivo más amplio. ¿Razones de peso? También dos: Portugal llevaba ya unos años con una factoría comercial establecida en Macao. Pero también el hecho de que, al explorar los españoles las principales islas del archipiélago filipino, se dieron cuenta de que había ya creada una notable red de viales para un comercio de proximidad entre el sultanato de Joló (en las Filipinas) y China, Siam, Japón o incluso Corea.

Legazpi conquistador
grabado moderno de Legazpi en «La Hormiga de Oro»

Entonces y a tenor de lo expuesto: ¿Cómo no alzar la vista y mirar hacia las promesas que una China, siempre presente en relatos henchidos de riqueza contante, despertaba en aquellos que llegaban al archipiélago filipino? Ciertamente, se habría antojado extraño para una corte como la española, erigida como cabeza de una «Universitas Christiana» y con una proyección de poder militar efectivo probado en América, no querer aprovechar el contexto para acercarse, de una u otra manera, al vasto Cathay.

Por ello cuando Felipe II llegó a la Corona, los viajes que habían surcado el Pacífico en búsqueda de la especiería pero con la vista puesta en todo lo nuevo que pudiera aparecer ya habían sido cuatro: el mencionado de Magallanes y Elcano; el de Loaisa, el de Saavedra y el comandado por López de Villalobos. Con esas exploraciones tanto los puertos españoles de la península como, muy especialmente los novohispanos, se habían transformado en espacios donde las ideas acerca del gigante chino hacían refulgir, más si cabe, el oropel mercantilista en unos y la voracidad evangelizadora en otros. Es importante no olvidar, por ejemplo, que al poco del establecimiento castellano en Filipinas, el emperador chino mandó un destacamento con el general Wang Wanggao al frente para tener una primera impresión de los españoles.

No obstante y, por redondear el contexto, ese apetito por el extremo Oriente, tuvo en la península ibérica un matiz (si se quiere virtuoso) y que no fue otro que el de abonar los ámbitos más cultos de la sociedad. Comenzó siendo así desde el último tercio del s.XV; cuando Vasco de Gama regresó de Calicut y Colón de una América aún sin bautizar. Ellos fueron los que pusieron su piel en juego en pos de abrir posibilidades a una realidad que fue cogiendo cuerpo erudito con las informaciones recogidas por cronistas, historiadores, polígrafos, tratadistas, religiosos, etcétera.

Morrión de fabricación italiana adaptado como kabuto ( siglo XVI)
Morrión de fabricación italiana adaptado como kabuto ( siglo XVI)

En el entorno luso, por ejemplo, fueron Jerónimo Osório, Fernão Lopes de Castanheda y João de Barros los que lograron que, con sus escritos y descripciones sobre China, se agitara la órbita cultural europea que tenía en el seno del espacio culto, o sea, las universidades, la suma de las impresiones brindadas por otros viajeros italianos mencionados al inicio o, por mencionar algunos más, las del boloñés Ludovico di Varthema y el geógrafo Giovanni Battista Ramusio, natural de Treviso.

¿Y en España? Curioso: dejando el inmenso tapiz americano y centrados exclusivamente en el asunto asiático, como en Portugal, las informaciones sobre el sugestivo Cathay partieron siempre en primer término de comerciantes y órdenes religiosas. Órdenes que ya a mediados del s.XVI y desde la Nueva España movilizaron hombres al archipiélago filipino para, desde allí, ampliar fieles en el poniente chino mientras ahondaban en el entendimiento de la cosmovisión dada por los dogmas tanto del taoísmo como del budismo.

Y precisamente en lo concerniente a España sería un agustino, Juan González de Mendoza, hombre a todas luces peculiar, el «culpable» de mucho sin poner, para sorpresa de esta historia, un solo pie en los dominios Ming. Ahora veremos las razones.

Juan González de Mendoza

Mendoza radicaba en México y fue allí donde conoció a fray Diego de Herrera, otro agustino que regresaba a la península para pedir a la corte un contingente de misioneros que reforzara su labor en Asia.

Ambos misioneros llegaron a España y expusieron su petición haciendo gala del trasvase de ideas y el saber que a través del Pacífico y el incipiente desarrollo de Manila como «perla peregrina» del oriente español tenían a bien conocer. Pues bien: sería precisamente, Mendoza no solo el principal sujeto implicado en todos los preparativos de lo que sería la ser la primera (aunque fallida) embajada a China, sino el que también, en 1585 y, desde Roma, publicaría un libro sobre China para compilar todo aquello que tanto él como especialmente sus compañeros de la Orden sabían de aquel milenario imperio. 

China Felipe II

Mendoza escribió con tanta fruición sobre costumbres, higiene, vestimenta, política, ritos, justicia etc., que muchos pensaron en el autor como testigo de excepción en aquella tierra. Y digo bien, puesto que su trabajo se transformó irremisiblemente en un manual capital para toda persona que quisiera conocer Cathay sin salir de su gabinete, despacho o biblioteca. Entre ellos, Felipe II; siempre inquieto ante los descubrimientos; siempre sagaz y expectante ante nuevos vectores comerciales para un imperio inabarcable.

No deja de resultar curioso que en aquellos años del s.XVI (antes de llegar a la década de los ochenta) en los documentos y declaraciones de los religiosos en relación a China se pusiera de manifiesto una construcción social de erudito pintoresquismo en donde, obviamente para ellos, el culmen de la sofisticación lo pondría el catolicismo. Y, ¡oh, sorpresa!, en paralelo, a Felipe II, le fueran llegando misivas desde ultramar que pivotaban en favor de una conquista militar. Digamos que en la carrera por hacerse con China volvía a ver una competición de intereses y dos caminos: el expeditivo y el humanista. De modo que antes de retomar los planes de la primera embajada de Felipe II a los dominios del emperador Wanli, me detendré un momento en contaros un par de pinceladas  diligentes sobre lo relativo a las ideas de Francisco de Sande por un lado, y el oidor de Guatemala, Diego García de Palacio por otro. 

Sande, como gobernador de las Filipinas y sucesor de Legazpi, nunca tuvo una opinión favorable de los chinos. Les veía maleables en manos de sus enemigos; tampoco era para él, ni mucho menos, una sociedad tan culta. Y tenía en su haber sangre de guerrero. Buscaba poder emular los hitos de Pizarro o Cortés en América por lo que en su ecuación no había espacio para la mesura de la Iglesia.

Por ello se decidió a pedir por carta al Rey en su «relación de las cosas sobre China» que le fueran enviadas tropas desde Nueva España y Perú con las que pudiera incursionar en China y dar un golpe de autoridad. Un plan que, aunque tenido en cuenta y sopesado unas cuantas veces, fue finalmente desestimado tanto por la corte como por el Consejo de Indias.

En cuanto a García de Palacio: el que fuera oidor de Guatemala escribió a finales de la década de los setenta una serie de tratados sobre instrucción militar, ética, ciencia y buen uso de material para la guerra. Diálogos e instrucciones, si bien no pioneras en cuanto a su impresión en América se refiere sí, desde luego, avanzadas en su mensaje. Diego escribió varias misivas a la corte poniendo en solfa cómo se estaba llevando a cabo la conquista de las posesiones en las costas asiáticas; criticando todo aquello que él se veía capaz de enmendar con mejor estrategia en posicionamiento de efectivos humanos (partirían desde Puerto Caballos, punto estratégico de la Nueva España) y toda la tecnología aplicada a tal efecto. Envío de bronce para fabricar cañones, mosquetes caballos, permisos para fabricar naos y galeoncetes, etc. China, por supuesto, estaba en su horizonte. Como el plan de Sande, fue una idea leída en España en muy diferentes despachos y, por supuesto, por el propio Rey y el consejo de Indias que, en opinión de quién escribe, hicieron bien en optar por mantener empresas conocidas y menos costosas.

La  primera embajada a China de Felipe II

Una vez expuestos sucintamente lo que podrían haber sido los intentos de conquista militar, es momento de volver a la embajada propiamente dicha puesto que cada vez eran más ecuánimes las relaciones o noticias que le llegaban al rey sobre China.

La embajada a China de Felipe II

El inmenso puzle documental y de testimonios en viva voz iba cobrando una forma favorable a trabajar en una estrategia diplomática perfectamente engarzada. Atrás, muy atrás, quedaba ya la imagen asiática aportada en el crepúsculo medieval por Benjamín Tudela o Ruy Gonzalez de Clavijo, autores que habían enamorado a Felipe II desde bien pequeño. Y no solo se dejaban caer las bondades consabidas para la hacienda del reino, la cual por cierto siempre andaba sufrida por el pago de empréstitos a pesar de las remesas de ultramar. No, no… se hablaba ya de lo cómodo que resultaría allí la evangelización a tenor de que, tanto agustinos como dominicos, habían tenido la oportunidad de acercarse a la religión china y afirmar que, como los cristianos, creían en la trascendencia del alma. Acicate capital para la conversión que, junto al hecho de ser una región de tan alto peso demográfico, generaría una posición de fuerza geopolítica prácticamente indestructible a medio plazo. No obstante y, aunque esto se lea como una traza en exceso ambiciosa, para la corona y en aquel momento, si se estaba logrando en América, ¿por qué no se iba a poder replicar en Asia? 

Por de pronto, tanto en las audiencias de Madrid y de Sevilla como entre las autoridades de la capitanía sita en Manila, se abogaba por una entrada de los religiosos en favor de establecer un puente de paz y que la cristianización siguiera un curso ordenado para que, entre tanto, y en caso de necesidad apremiante, la protección de los Ming otorgara en paralelo más defensa al archipiélago filipino ante las acometidas recurrentes de los samuráis sin dueño. 

Ante tan optimistas expectativas, por fin, en marzo de 1580 la Corona mandó una misiva a la junta de Indias para acordar el envío de una primera embajada China que, tal y como se apuntó anteriormente, resultó fallida aunque solo en parte pues, aún sin tocar suelo mandarín, Felipe II ya no cejó en su empeño de trazar un cordón umbilical permanente.

La fallida embajada de Mendoza a China

felipe rey
Felipe II (e1545/1556) Tizinao (Cincinnati Art Museum)

A tal efecto fue designado por el Consejo de Indias a Francisco de Ortega y el agustino fray Juan González de Mendoza, natural de La Rioja, que habiendo pasado bastantes años al trote del Tornaviaje había podido conocer de primera mano nutridos testimonios sobre cómo podría ser el gran país celeste. Mendoza partió de Sanlúcar un año después, pero no llegó a dar el salto desde México por motivos comerciales y desavenencias con el virrey. Así las cosas, hubo de regresar a Lisboa poco después pero, hete aquí que en México escribió la famosa «Historia de las cosas más notables, ritos y costumbres del gran Reyno de la China«, luego publicado en Roma transformándose en el libro que quedó institucionalizado como referencia del lejano país asiático.

Con la Embajada de Mendoza desestimada desde la Nueva España pero con bullente apetito de contacto, ¿ocurrió algo en paralelo? Tratándose de uno de los periodos más vertiginosos de nuestra historia la respuesta es claramente ¡sí! En aquella ocasión desde Filipinas y también en 1580, recordemos, con los dominios de Portugal recién anexionados a la corona de Felipe II. Alonso Sánchez, jesuíta, fue el que se lanzó a tal aventura respaldado por el gobernador del archipiélago, Gonzalo Ronquillo, enrocado también (porqué no decirlo) en doblegar, manu militari, los dominios portugueses de la costa china puesto que consideraba a los vecinos ibéricos en exceso taciturnos respecto al poder de Felipe II.

Alonso Sánchez era una buena opción. Lo era por su condición de jesuíta, como lo eran también en su mayoría los religiosos que estaban ya aposentados en Macao y otras regiones adyacentes.

En lo que de refiere a Ronquillo, con su envío a China esperaba un movimiento que despejara en la medida de lo posible la problemática que se vivía en el archipiélago entre conquistadores, religiosos y nativos en relación a las encomiendas. Pero también por una ráfaga de pésimas cosechas y algunas otras desgracias añadidas. Una maniobra de acción en China, o sea, una huida hacia delante, pondría el foco en un escenario simpar que a todos atraía por igual. 

La Junta de 1583

La embajada a China de Felipe II
1626. Mapa de Kelung y Puerto Tamsui. Formosa-Taiwan por España

Con tal fin y, mientras se intentaban arreglar los mencionados menesteres, se constituyó una junta general en 1583 para ver de qué manera podía actuar España en las tierras de Wanli. Sánchez había ido a tantear y sus noticias precipitaron, aún más, las ganas de Ronquillo para dar un golpe de efecto puesto que veía con preocupación el avance de los misioneros portugueses.

En paralelo se sopesó la opción de trabajar la incursión española en China mediante los jesuítas italianos Michele Ruggieri y Matteo Ricci, que estaban establecidos en Zhaoqin, pero la idea no fue del gusto del obispo de Manila, Domingo de Salazar, que buscaba una penetración netamente española y, para ello, no tardó en «arreglar» una legitimación de guerra justa que procurará ceñir los parámetros religiosos a la causa del gobernador si las cosas se torcían tras el telón de la embajada. 

Y eso parecía, puesto que por cada día que pasaba y, tras viajar Alonso Sánchez a España para dar noticia de las pretensiones novohispanas del archipiélago, los efectivos humanos que habían de sumarse a la causa se incrementaban con prestancia. Una de las últimas pretensiones del jesuita fue el reclutamiento de 12.000 soldados castellanos. De Vizcaya concretamente a los que se sumaría otro grueso luso en orden de otros 1.000 con los que adentrarse por Fujian y Guandong.

La legitimidad perdida

La ambición de Sánchez y, en cierto modo, individualismo periférico, terminaron por alarmar a las altas esferas de la Compañía de Jesús ganándose la oposición del general Claudio Acquaviva, que interpuso a un supervisor en las conversaciones del primero en las audiencias ante el rey con el fin de frenar las aspiraciones del plan de conquista. Con la legitimidad perdida y el tiempo corriendo en contra, en los pasillos de la corte en Madrid el asunto chino perdió interés para Felipe II, más centrado en la Empresa de Inglaterra para finales de los ochenta. 

No obstante, desde la Nueva España la idea continuó años después en el tablero de juego habido entre los diferentes estamentos de la administración, además de franciscanos y dominicos, que no supieron dilucidar qué poder hacer para llegar al corazón chino. 

Fuente
Manuel Ollé / La empresa de China  Editorial Acantilado Esto no estaba en mi libro de historia de los Austrias Juan Uceda Requena Editorial AlmuzaraLos planes españoles para conquistar China a través de Nueva España y Centroamérica en el s.XVI José Antonio Cervera Jiménez Cuadernos de intercambio. Universidad de la RiojaA las puertas de China. La misión agustina y su Legado sinológico / Diego Sola / Universidad de BarcelonaLa estrategia china de Felipe II /repositorio.uam.es/Historia del gran Reino de China / Juan González de Mendoza Editorial Biblioteca Castro

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