El vino de Indias

Va de vinos, amigos. Esto va de vinos. Y también de viajes lejanos, de un mundo nuevo con paisajes insondables y pueblos nunca vistos. Hablemos, pues, del brebaje por antonomasia en la América Española.

colon motin
Alba de América (12 de octubre de 1492) (1856) – Brugada, Antonio de, 1804-1863

Según nos dictan algunos de los más destacados cronistas de Indias, López de Gomara, (por ejemplo) así como aventajadas figuras sumidas de pleno en los años de La Conquista como el inca Garcilaso (sin ir más lejos), en amplias áreas del vasto territorio ultramarino se encontraban parras cuyo fruto era consumido por los nativos ya muy maduro, o sea, como pasas. Y es que el tipo de uva que se daba allí era de poca carne y mucho hueso; lo que los españoles achacaron a tener las parras en estado silvestre. Sapiencia del buen vivir, que dirían algunos.

Como bien os podréis imaginar, estimados lectores, al personal que recaló el Caribe y Centroamérica con las primeras flotas aquello les pareció tirando a regulero. Es de esto que sí, pero que al final… no. ¿Y entonces qué? Pues a pedir. “Oye, que si tal, que el amigo de tu suegra, el de Triana, ese sí, ¿no embotellaba un vino buenísimo? Pues que nos mande unas cajas”. 

Lo cierto es que, durante los primeros viajes de Colón ya se había llevado vino a bordo, sí, pero para aliviar tensiones, un tanto aguado y en barriles que, claro, para hundir la jarra bien, pero para trasplantar como que mal. Los pocos sarmientos que llevó el Almirante perecieron en el Caribe. Todo mal. Por cierto, a tortas estamos aún para saber si ese primer vino que cruzó el Atlántico desde España tenía origen en Ribadavia, Toro o Huelva. “Non stop guerracivilismo cultural”.

En fin, que para ir armando la vida en ese prólogo virreinal que se iba abriendo paso, se estableció una comisión administrativa que, no sólo pidió el envío de cepas de vid a la península, sino de otros muchos productos considerados netamente esenciales. Porque sí, en la Cristiandad, el vino, como el aceite, el pan o el queso eran sustento básico de todo estrato social. 

Caso curioso, sin duda, este de los vinos porque los Conquistadores no dudaron en amoldarse a la gastronomía local comiendo, en muchos casos, lo mismo que los propios nativos. Haciendo suyo con asombrosa prontitud, alimentos como la yuca, la batata o tipos de carne bastante exótica por el animal de procedencia. Pero nunca, o sea, ¡nunca! aceptaron el fermento indígena aunque, eso sí, por si acaso, tampoco faltaron intentos de mejora en la labranza local.

No fuera a ser… ¡Pero ni con esas! De hecho, hasta las eucaristías de celebraron como «misas secas». Ello redundó en que, esa petición de envío desde España se volviera mucho más agresiva, amén de que los precios, debido a tal demanda, se volvieron casi prohibitivos.

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«La Misa de San Gregorio» (anónimo. siglo XVI. Museo de Arte Joslyn, Nebraska, EE.UU)

Viendo que, en la muy sevillana Casa de Contratación, parecían tomarse en serio las reclamaciones de ultramar, los emprendedores del otro lado se confiaron pensando que todo sería más sencillo. Pero no, porque si la vid local daba problemas, las peninsulares no iban a ser menos. Crecía la mata, no se puede decir lo contrario. Ahora… el fruto ya era otra película. Bastante afectado por el clima subtropical, caprichoso como pocos. Sin embargo, a finales del siglo XVI, reinando Felipe II, los dominios mexicanos (Aguascalientes de manera significativa), Perú (Arequipa o Pisco), o incluso extensiones de Chile o Argentina lograron que la vid española quedara asentada. Y sí, aquí ya podemos empezar a hablar de ciertas denominaciones virreinales. 

En la Nueva España de Cortés, por orden expresa del Conquistador, se promulgó una ley para que los encomenderos trataran el cultivo de vid como algo prioritario una vez comenzó el circuito de importaciones para mejorar el fruto local mediante el injerto de la variante española. La verdad, bien podría decirse que en aquella tierra el vino estaba predestinado a ser elemento de enjundia puesto que, fue en México y antes de la llegada del de Medellín, donde un adelantado como Juan de Grijalba bebió por primera vez el tan apreciado líquido junto a señores nativos.

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Juan de Grijalva según el libro Historia General de los Hechos de los Castellanos, de Antonio de Herrera y Tordesillas

Como decía, Cortés se erigió como gran promotor de la vid al establecer un fondo de sarmientos a repartir entre las encomiendas. Mil vástagos por cada cien indios. Esto, sumado a la distribución que, por supuesto, se realizó en paralelo para los conventos. Un hecho, este último, que fue replicado con el tiempo a las futuras misiones que fueron creciendo en derredor de Nueva Galicia o Nueva Vizcaya; la columna norte del Virreinato que, ni mucho menos terminó en las crestas de California aunque sería allí, por cierto, donde se haría florecer la vid española, más de un siglo después, gracias a un famoso franciscano: Junipero Serra.

Por cierto, no está demás recordar que, gracias a aquellas plantaciones, las vides españolas salvaron su propia naturaleza puesto que con la devastadora plaga de filoxera que asoló Europa en el s.XIX de no haberse llevado a América, hoy hablaríamos de algo completamente distinto. Parémonos ahora y, antes de terminar, en el Perú. También se desarrolló relativamente pronto el cultivo de la vid, especialmente en los valles y llanos costeros.

En en caso de Perú hay una especial diferencia con el resto de los territorios antes mencionados. Allí, clases medias de diferentes pueblos, así como los caciques de los mismos ya tenían como costumbre o tradición la labranza y aprovechamiento de vid. Incluso había linajes que controlaban nada desdeñables extensiones de terreno. Algunas de las parras, según testimonios, de quince o veinte años habiéndose desarrollado con guano y descompuesto de algarrobo. Y aún no siendo el resultado del gusto de los españoles su sabor, éste se dejaba degustar con más agrado que los encontrados en áreas septentrionales.

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Plantación en California

Esas propiedades fueron pasando a manos españolas mediante matrimonios mixtos. Pero también debido a las epidemias en muchos casos. En otras, la propia evangelización hizo que los nativos cedieran sus tierras a bienes de la Iglesia, teniendo ellos derechos de explotación en un tanto por ciento.

Con un reguero de haciendas a cada cual más notable, fue Perú, y no México el que se llevó el gato al agua primero porque, caray amigos, allí estaba la joya de corona: Potosí. Y cuando el negocio comenzó a regularizarse abastecer aquella urbe fue sinónimo de pingües beneficios. Francisco de Caravantes, funcionario del Tribunal de Cuentas de Lima, que fue quien introdujo los «frutos de Castilla» (como se llamaban entonces los sarmientos peninsulares) en aquella región de América, debió de sentirse orgulloso como pocos.

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(William Henry Pyne)

Casi cuarenta años hubieron de pasar (se dice pronto) para empezar a tejer una red logística de mercados entre los diferentes vectores urbanos de Hispanoamérica, leyes de regulación mediante, que terminaron por establecer las primeras bodegas en el primer tercio del siglo XVII.

¿Hace un brindis?

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