En un hotel histórico de Galveston, Texas, la imagen del militar español protagoniza una leyenda de miradas que siguen al visitante, fotografías fallidas y rostros que parecen convertirse en calaveras.

“Antes de levantar la cámara, hay que pedirle permiso”. Esa es la peculiar advertencia que acompaña al retrato de Bernardo de Gálvez en el Hotel Galvez, hoy conocido como Grand Galvez.
Según la tradición, fotografiarlo sin esa cortesía puede tener consecuencias: imágenes borrosas, extraños reflejos o una figura irreconocible allí donde debería aparecer el militar español. La leyenda popular atribuye al personaje del cuadro una exigencia sencilla: quiere que lo traten con respeto.
La escena se sitúa en Galveston, una ciudad costera de Texas. Allí, frente al mar y junto al paseo de Seawall Boulevard, se levanta un hotel cuya historia comenzó en 1911. Su apertura formó parte del esfuerzo por devolver visitantes y prosperidad a una población devastada por el huracán de 1900.
El edificio debía transmitir confianza en el futuro de la isla. Con el paso de las décadas, también se convirtió en escenario de relatos sobre su pasado.

El hombre del retrato nació en Macharaviaya, Málaga, en 1746. Bernardo de Gálvez fue gobernador de la Luisiana española y dirigió campañas contra posiciones británicas en la costa del golfo durante la guerra de Independencia estadounidense.
Entre sus victorias destacó la batalla de Pensacola de 1781. Más tarde ocupó el cargo de virrey de Nueva España. El nombre de Galveston conserva su memoria: la bahía fue bautizada en su honor por el navegante José de Evia.
Sus campañas se encuadraron en una guerra más amplia contra Gran Bretaña. Para seguir ese contexto, en El Reto Histórico hemos abordado también la intervención de la Armada española en la independencia de Estados Unidos, otra parte de la historia que ayuda a entender el lugar que ocupa Gálvez en la memoria de aquel conflicto.
La relación con la ciudad explica su presencia en el hotel. Durante la restauración emprendida tras la compra del establecimiento por Mark y Lorenda Wyant en 2021, el retrato fue colocado en un lugar destacado del primer descansillo de la escalera principal.
Rodeado de una decoración que recupera la elegancia histórica del edificio, quedó expuesto a la mirada de quienes atraviesan el vestíbulo. Para un cuadro cuya fama depende precisamente de mirar y ser mirado, la ubicación resulta especialmente apropiada.
La leyenda atribuye a sus ojos la capacidad de seguir a los visitantes. El otro motivo recurrente aparece al revisar las fotografías: un reflejo con forma de calavera ocuparía el lugar del rostro de Gálvez. La prensa local ha recogido ambos relatos, junto con la costumbre de solicitar autorización al retratado antes de pulsar el disparador.

Otras versiones añaden una sensación de frío o de incomodidad al acercarse demasiado al lienzo. También hablan de fotografías atravesadas por luces, nieblas o figuras extrañas.
Los detalles cambian, pero la estructura se mantiene: alguien se aproxima, intenta capturar la imagen y descubre después algo inesperado. Pedir permiso funciona, eso dicen, como una forma de evitar el incidente.
Una de las anécdotas más concretas apareció en una crónica de la periodista Maggie Gordon, publicada el 29 de octubre de 2015. Durante una visita al hotel, contó, la cámara de un fotógrafo del periódico se negó a disparar cuando apuntaba al cuadro. Poco después, la guía Melissa Hall explicó la tradición de pedirle permiso. Gordon describió el escalofrío que le produjo la coincidencia. Su testimonio documenta una experiencia y la interpretación que la acompañó; no establece qué causó el fallo de la cámara. (Crónica de Maggie Gordon).
La historia material de la pintura recibe menos atención que sus supuestos poderes. Un reportaje del Houston Chronicle sobre la renovación del hotel señaló que el retrato había sido un regalo a Denton Cooley, el cirujano que compró el establecimiento en 1978, con motivo de una celebración de reapertura. Ese dato aporta una pista sobre su llegada al edificio, aunque no basta para determinar quién lo pintó o cuándo se realizó.

Gálvez murió en 1786, mucho antes de que el hotel abriera sus puertas. La tumba de Bernardo de Gálvez se encuentra en la iglesia de San Fernando, en Ciudad de México, junto a la de su padre. Ese lugar documentado pertenece a la historia de sus últimos días y de su entierro. La presencia que se le atribuye en el hotel texano pertenece a la tradición popular.
La figura del militar también ha seguido viviendo a través de otras imágenes. En la web hemos reseñado el cómic «Bernardo de Gálvez, Pensacola 1781», de Daniel Torrado. Entre una narración de sus campañas y una leyenda de fantasmas hay una distancia evidente, pero ambas muestran cómo un personaje del siglo XVIII continúa encontrando nuevos públicos.
El Grand Galvez incorpora hoy esos relatos a su oferta de visitas. La oficina de turismo de la ciudad anuncia recorridos nocturnos por el interior del edificio en los que se entrelazan acontecimientos históricos, leyendas locales y testimonios de supuesta actividad paranormal.
El retrato forma parte de un entorno donde la memoria del lugar y el gusto por el misterio conviven con la actividad cotidiana de un hotel: Grand Galvez Ghost Tour, en Visit Galveston.

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