La Primera Guerra Mundial no se decidió únicamente entre las alambradas de Francia y Bélgica.
Mientras Europa se preparaba para una guerra de trincheras, otro conflicto se libraba a miles de kilómetros: en el territorio que entonces se llamaba África del Sudoeste Alemana, hoy Namibia. Allí no importaban solo los fusiles y la artillería. Importaban el agua, los raíles, los puertos, las distancias y unas estaciones de radio capaces de orientar ataques navales contra el tráfico británico.

La campaña parecía, en principio, una operación lógica para la Unión de Sudáfrica, integrada en el Imperio británico: ocupar la colonia alemana vecina y negarle sus puertos a la marina del káiser. Pero el plan chocó con una herida que no se había cerrado.
Solo doce años antes, muchos bóeres habían combatido contra Gran Bretaña en la Segunda Guerra Anglo-Bóer. En 1914, algunos de aquellos antiguos combatientes aceptaron servir bajo el gobierno del sudafricano Louis Botha, pro británico entonces; otros se alzaron contra él. La invasión de una colonia alemana acabó precedida por una guerra entre sudafricanos.
Ese giro convierte la campaña de 1914-1915 en una de las historias más sorprendentes de la Gran Guerra.
Una guerra mundial que también se libraba en África
Cuando estalló la guerra en agosto de 1914, el Imperio alemán poseía varias colonias africanas.
El África del Sudoeste Alemana ocupaba un lugar especialmente delicado porque limitaba con Sudáfrica y porque su costa ofrecía puntos de apoyo a la navegación alemana en el Atlántico sur.

Para las autoridades británicas, el problema no consistía simplemente en borrar una colonia alemana del mapa. El National Army Museum explica que el objetivo de la campaña era impedir que la marina alemana utilizara los puertos del territorio y neutralizar unos potentes transmisores de radio desde los que podían dirigirse incursiones contra el tráfico marítimo británico.
La guerra de 1914 ya dependía de cables, señales, vapores, puertos y comunicaciones de largo alcance. El desierto no era un margen aislado del conflicto; formaba parte de la red imperial que conectaba Europa, África y las rutas oceánicas.
El territorio tampoco era un espacio vacío sobre el que dos ejércitos europeos pudieran mover fichas sin pasado. La colonia alemana había sido construida mediante dominación colonial y violencia extrema. La guerra de 1904-1908 contra los pueblos ovaherero y nama había dejado una huella devastadora antes de que comenzara la Primera Guerra Mundial. La campaña de 1914 debe entenderse dentro de esa historia previa, no como un episodio separado de ella.

Puertos, radio y el primer tropiezo de la invasión
Las fuerzas sudafricanas comenzaron a movilizarse en agosto de 1914 a lo largo de la frontera meridional.
El primer éxito llegó pronto: el 18 de septiembre, 1.800 hombres ocuparon el puerto de Lüderitz. Era un golpe útil, pero no resolvía el problema de conquistar un territorio enorme con escasas comunicaciones y condiciones ambientales muy exigentes.
El 26 de septiembre, las fuerzas germanas vencieron en Sandfontein. Más tarde, el día de Navidad, entraron en el enclave de Walvis Bay. No obstante, a pesar de las victorias, el gobierno de Pretoria no podía desentenderse de sus problemas internos y tenía que mirar hacia dentro.
La pregunta ya no era solamente cómo derrotar a la guarnición alemana. Era si Sudáfrica podía sostener una guerra imperial cuando una parte de su población blanca consideraba intolerable combatir para el antiguo adversario británico.

El antiguo enemigo que debía decidir si luchaba para Londres
La Unión de Sudáfrica se había constituido en 1910, apenas ocho años después de la paz que puso fin a la Segunda Guerra Anglo-Bóer. Louis Botha, primer ministro sudafricano, y Jan Smuts pertenecían al mundo bóer y habían luchado contra los británicos durante aquel conflicto. En 1914 defendieron, sin embargo, la participación del país junto al Imperio británico.
Eso no significaba que todos los bóeres compartieran su decisión.
Para muchos hombres que recordaban la derrota de 1902, el sufrimiento de las familias civiles y la desaparición de las repúblicas bóeres, una expedición contra los alemanes al servicio de Gran Bretaña resultaba una inversión política difícil de aceptar.

La crisis no puede reducirse a una oposición simple entre «bóeres» y «británicos». Hubo bóeres que respaldaron al gobierno, bóeres que se rebelaron y sudafricanos de procedencias diversas dentro de unas fuerzas creadas bajo una dominación colonial. Pero esa fractura explica por qué una campaña que debía comenzar al otro lado de la frontera se interrumpió en realidad dentro de Sudáfrica.
La rebelión de Maritz paralizó la ofensiva
El protagonista de la rebelión fue el teniente coronel Manie Maritz, acompañado por otros oficiales.
El National Army Museum sitúa la crisis entre el 15 de septiembre de 1914 y el 4 de febrero de 1915. Después de proclamar un levantamiento contra el apoyo sudafricano a Gran Bretaña y contra la invasión, los rebeldes reunieron una fuerza de alrededor de 12.000 hombres en el Transvaal y el Estado Libre de Orange.

La escala de la crisis fue suficiente para alterar toda la campaña. El gobierno declaró la ley marcial y Botha y Smuts dirigieron las operaciones contra la sublevación. El 24 de octubre las tropas gubernamentales derrotaron a los rebeldes; para comienzos de febrero de 1915, la rebelión estaba efectivamente sofocada.
Durante aquellos meses, Alemania conservó una oportunidad de resistir en su colonia y la frontera siguió siendo un frente activo. El propio National Army Museum resume la paradoja con precisión: la rebelión retrasó las operaciones exteriores. Antes de conquistar el África del Sudoeste Alemana, el gobierno sudafricano debía demostrar que controlaba Sudáfrica.
Cómo se avanzaba por un territorio donde el agua podía decidir una batalla
Resuelta la crisis interna, la operación adquirió otra escala.
A finales de febrero de 1915, una fuerza sudafricana mayoritariamente voluntaria, de unos 60.000 hombres según el National Army Museum, volvió a entrar en territorio alemán (africano) repartida en cuatro columnas. Frente a ella, las fuerzas alemanas disponían de alrededor de 6.000 soldados coloniales.
La diferencia numérica era muy grande, pero no convertía el avance en automático. La campaña dependía de unidades montadas capaces de recorrer grandes distancias, de la ocupación de puntos de agua, de los ferrocarriles y de una logística que no podía fallar. Un pozo inutilizado o una vía destruida podía modificar el ritmo de una columna entera.

Las tropas alemanas utilizaron minas, destruyeron líneas ferroviarias y envenenaron pozos durante la retirada. Las fuentes del National Army Museum conservan incluso el testimonio de un oficial sudafricano que describía raíles volados y pozos inutilizados.
No toda la colonia era una extensión de arena ni todas las operaciones tuvieron lugar en el mismo paisaje. Pero las distancias, la aridez y la dificultad de obtener agua condicionaron la estrategia con una fuerza que sería impensable en los campos de Flandes.
Louis Botha y la ofensiva de las cuatro columnas
Botha eligió una maniobra de varios ejes. Entre sus decisiones estuvo el desembarco de tropas en Swakopmund, en la costa occidental. Desde allí y desde otros frentes, las columnas sudafricanas avanzaron de forma coordinada, usando unidades montadas para envolver posiciones alemanas y obligar a una fuerza mucho menor a dividirse.
El resultado fue una sucesión de marchas, golpes de mano, presiones sobre las comunicaciones y avances que fueron cerrando las posibilidades de retirada alemana.
La batalla de Gibeon, el 27 de abril de 1915, fue el enfrentamiento decisivo según el National Army Museum. En mayo, las tropas sudafricanas ocuparon Windhoek, la capital. Para entonces, gran parte del territorio estaba ya bajo control enemigo y las unidades alemanas se veían obligadas a retroceder hacia el noroeste.

De Gibeon a Khorab: el final de la colonia alemana
Tras la ocupación de Windhoek, la campaña no concluyó de inmediato. Las fuerzas alemanas fueron quedando concentradas en el noroeste. El 1 de julio sufrieron una derrota en Otavi y, ocho días después, capitularon en Khorab.
El 9 de julio de 1915 marcó el final de la campaña. La colonia alemana había caído en menos de un año desde la movilización inicial, pero la rapidez del desenlace puede engañar. El avance decisivo solo fue posible después de haber superado el fracaso de los primeros meses y, sobre todo, la rebelión de Maritz.
La fotografía de Botha en Windhoek resume de manera elocuente aquella victoria: un antiguo general bóer convertido en jefe del gobierno sudafricano y comandante de una invasión realizada en nombre del Imperio británico. Es una imagen que habría resultado difícil de imaginar en 1902.

La guerra terminó, pero no la historia del territorio
La capitulación alemana no devolvió el control del territorio a sus habitantes. Tras la guerra, la Sociedad de Naciones confió la administración del antiguo África del Sudoeste Alemana a Sudáfrica como mandato, muy al estilo británico. La presencia sudafricana se prolongó durante décadas, hasta la independencia de Namibia en 1990.
Es una razón importante para no tratar la campaña como una simple anécdota exótica de la Primera Guerra Mundial. Afectó al futuro político de Namibia y prolongó una historia de gobiernos coloniales.

También revela algo esencial sobre 1914. La guerra fue mundial desde el principio porque los imperios lo eran. Una decisión tomada en Londres podía llevar a un ejército sudafricano a movilizarse contra Alemania. Incluso generarse paradojas históricas difíciles de olvidar: antiguos enemigos de Gran Bretaña habían tenido que elegir entre luchar junto al Imperio o volver a rebelarse contra él.
Fuentes y bibliografía
Fuentes principales: National Army Museum, «South-West African campaign»; National Army Museum, «Maritz Rebellion».
Imperial War Museums, The Campaign in German South West Africa, First World War, catálogo de colección fotográfica.
Thomas Bailey, «The South West African Campaign of WWI That Shaped the Region», The Collector, consultado como punto de partida y contrastado con las fuentes institucionales anteriores.
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