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La Odisea del manco de Tikún

1 sargento, 1 cabo, 17 soldados, 4 perros y algo más que valor

A principios de Octubre de 1924 quedaron cercadas por el enemigo todas las posiciones del macizo de Beni-Gorfet, en las proximidades de Larache. La primera en ser atacada fue la llamada “Tikún”.

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Como ejemplo de esta historia sirva el saludo matutino que el Sargento daba a sus hombres cada día de los 105 que duró aquel asedio en la lejana Tikún:

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El Sargento Sánchez Vivancos (Revista Blanco y Negro. 25.01.1025)

¡Buenos días muchachos! Hoy me parece que el enemigo quiere entrar en el blocao y es necesario prepararles buen alojamiento; pero hay que tener en cuenta…. que si entran será… porque todos habremos muerto…

A lo que respondían al unísono:

¡Mi Sargento! ¡mientras quedemos uno no entrarán!

¿Qué era Tikún?

A veces aparecido como “Ticún”. Se trataba de una posición en altura a 800 metros de una fuente de agua, era un simple blocao, y estaba al mando del Sargento Manuel Sánchez Vivancos. El blocao contaba con 1 cabo, 1 soldado de primera, 1 soldado de intendencia, 15 soldados y 4 perros (según contaron testigos y el relato literario posterior).

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Ubicación habitual de una posición (con blocao) en la zona de Annual (actualidad)

Antecendetes

Por orden superior fue relevado del blocao Demna núm.1 para hacerse cargo del de Tikún, un blocao aislado (para variar) cuya única comunicación para recibir órdenes y novedades era a “viva voz” —cuando el viento lo permitía— con el vecino blocao de Harcha.

Lo primero que hizo al llegar fue hacer fuertes los puntos flacos de la posición. Reforzó las alambradas y levantó un parapeto. Estableció los turnos de vigilancia y organizó la recepción de víveres y agua. Después tocó la espera.

Pasaron los días hasta que, de repente, dejaron de recibir novedades y víveres, con lo que se vieron obligados a organizar una “aguada”, a cargo del Cabo (Juan Pellicer)  y cuatro soldados. Llegaron sin novedad al agua, pero cuando estaban llenando las cubas sobre las mulas fueron sorprendidos por los rifeños que habían construido puestos camuflados con ramaje a corta distancia del suministro para impedir su aprovisionamiento.

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Puesto enemigo camuflado (Servicio Histórico Militar)

El cabo organizó la defensa de la aguada como pudo, los primeros disparos fueron para la mula y para el soldado encargado de dirigirla (el acemilero). Estaba clara la intención del enemigo, trataban de eliminar la recepción del agua.

El Sargento, al oír los disparos, no dudó en enviar un rápido refuerzo, al mando del soldado de primera Gabriel González, y otros cuatro soldados que corrieron a socorrer a sus compañeros. Además organizó desde la posición una línea defensiva que causó gran número de bajas al enemigo. A pesar de la rápida intervención no se pudo hacer nada por el mando de la pequeña expedición, el cabo Pellicer, que fue alcanzado por las balas enemigas cayendo muerto en acto de servicio. También dejaron su vida los soldados Sánchez Aguera y Ramón Martín, solamente dos hombres pudieron regresar con vida al blocao.

Intentó salir también de la posición vecina (Harcha) un grupo de auxilio, pero les fue imposible avanzar debido a los cientos de enemigos que había atrincherados por toda la zona.

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Francotiradores rifeños apostados

Tras 3 horas de intenso tiroteo, el sargento Vivancos, ordenó una retirada ordenada por miedo a que la caída de la noche pudiera causar más bajas innecesarias. Ya era oficial, estaban rodeados y los suministros estaban cortados.

El asedio a la posición de Tikún

Estando al mando de la guarnición del blocao, el 3 de octubre, se inició el asedio por parte de un enemigo notoriamente superior al pequeño número de defensores del puesto.

Los mantuvieron a raya hasta la noche del 7 de octubre, a las 10, intentaron el primer asalto. Gran número de moros llegaron hasta las alambradas, rechazándolos con descarga cerradas y granadas de mano. Gritan y disparan incesantemente, pero no consiguen desconcertar a los soldados españoles. A los fogonazos de los disparos enemigos, que no están a más de 15 metros, arrojan las granadas. El fuego y los intentos de asalto no cesan hasta el clarear de la aurora y antes que puedan distinguir sus siluetas pardas, se retiran a las rocas, llevándose sus muertos, dejando los centinelas que han de vigilar nuestros movimientos y evitar que los sitiados puedan salir a por víveres o agua.

Todo el esfuerzo del sargento se concentra en alentar a los soldados que no disparen sino a blanco seguro y cerca, para aprovechar las municiones, indispensables para la defensa del puesto. El enemigo, en cambio, dispara sin cesar para obligarnos a consumir balas, cosa que no consiguen. La fuerza del blocao se distribuye en tres frentes: en mayor número hacia las rocas en donde se esconden los rifeños, el resto a partes iguales en los laterales, pues la parte de detrás es un candil inaccesible.

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Soldados españoles luchan en el frente de Marruecos durante la Guerra de África en 1921. EFE

A partir de aquella noche, los ataques a la posición, son tan frecuentes que cada día, poco después de caer el sol, nuestros soldados esperan seguro el asalto que casi siempre dura hasta la madrugada, en que al verse fracasado el intento se retira la mayoría, quedando buen número de moros en los peñascos del frente abriendo fuego sin parar para no dejarles descansar.

Pero aquel puñado de españoles avezados, siguen a rajatabla las órdenes de su sargento: que no se dispare un tiro sino cuando en masa inician el ataque.

Poco a poco aumenta el número de enemigos, hasta que llega la tarde del 14 de octubre, en que a pesar de nuestros disparos sobre blanco seguro, extrañado ante el gran contingente de moros que se ven pulular entre las rocas, habla el sargento Vivancos a sus soldados:

Es el momento crítico de demostrar serenidad y valor para rechazar al enemigo, que se concentra con propósitos fáciles de comprender… nos quieren matar a todos y tomar la posición.

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Miembros de un harka rifeña (Foto: Lazaro)

El sargento Vivancos herido

En efecto, al oscurecer, comienza a notarse mayor movimiento, cada vez hay más enemigos, y al cerrar la noche comienza el ataque cruzando que logran rechazar con descargas cerradas. Caen los primeros al llegar a las alambradas y nuevamente llegan otros que los sustituyen hasta conseguir entrar varios moros y refugiarse en un peñasco que sobresale dentro de las alambradas. Es entonces cuando el sargento arroja granadas a este punto, a unos cinco metros del parapeto.

En esta circunstancia crítica en que los moros cercan el blocao, una de las granadas, quizás por correrse la mecha, le destroza la mano derecha, clavándose tres de sus balines en el muslo izquierdo y otro en el derecho.

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Granada de mano ofensiva de origen francés, adoptada por el ejército español en 1921. (Fuente: Municion.

Tal es el estruendo, confusión de las descargas nuestras y las del enemigo, los gritos, el ruido y tropel de los que nos atacan, que nadie se da cuenta del incidente. Para no alarmarlos y que siga la moral, la brillante defensa que se hace, Vivancos aguanta su grito de dolor y no dice ni palabra. Corre hacia el interior del blocao. Examina la herida y llama al soldado de primera Gabriel González, su hombre de mayor confianza. Le dice que no diga nada de la herida y le ampute los tendones y piltrafas de carnes destrozadas… pero no pudo hacerlo, el soldado se desmayó de la impresión.

Será el soldado José Sánchez el que le ayudará con un fuerte vendaje que corta la hemorragia. Vivancos sale para seguir dirigiendo la defensa, recomendando a los dos soldados absoluta reserva y diciendo a los demás, puesto que recorría frecuentemente los tres pequeños frentes del blocao, que era una herida leve y sin importancia.

Continúa así durante toda la noche, hasta que antes de la aurora, y llevándose los muertos, unos 40 ó 50, se retira el enemigo, dejando como siempre sus centinelas en las rocas.

Sin novedad en Tikún

A las 8 se da el parte a Harcha: “Sin Novedad”. El sargento, con unos lavados de agua hirviendo, limpia su herida, puesto que no se dispone en el blocao de ninguna medicina. A la noche siguiente atacan con la misma intensidad, pero la defensa es eficaz.

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Fotografía: elche.me (detalle)

Así siguen los días y las noches, sin dejar de atacar con la misma o mayor furia hasta el día 24 de octubre, en que se han acabado los víveres y el agua. Pasaron los últimos días alimentándose únicamente de dos dedos de leche condensada.

El sargento termina por limpiar su herida con sus propios orines hervidos y vendándose con sábanas sucias. La tropa, aunque no lo dice, adivina la gravedad de la herida de su sargento. Pero callan, y simplemente renuncian a sus raciones de leche condensada en favor de su jefe.

Los soldados también beben orines y caen desmayados del parapeto, del cual no se pueden retirar un instante porque el enemigo, que adivina la situación, pone el cerco más estrecho. La situación es verdaderamente angustiosa y apuradísima. Vivancos ya no puede más y cae postrado en una cama, desde allí anima a sus hombres:

“Resistid. No aceptéis clemencia del enemigo, sin morir todos antes”.

En estas situaciones en que las opciones disponibles para la defensa son escasas, la psicología del mando, su personalidad y su carisma se convierten en la principal arma del defensor.

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Fotografía del, ya Teniente de Inválidos, Sánchez Vivancos

Ese día las señales de gangrena en la herida y el mal estado de su brazo le hace tomar una decisión: amputarse toda la carne putrefacta él mismo, y lo hace con lo que encontró en el blocao. Un hacha. A esto le debe la vida.

Tikún resiste

El día 3 de noviembre los soldados llegan a su límite. No existe en el blocao nada en absoluto que llevar a la boca, ni para comer ni para beber, y precisamente en ese día, como a las tres de la tarde, se oye entre las rocas una voz que en perfecto castellano dice: “Sargento Sánchez Vivancos ¿Puedo acercarme al blocao? Quiero hablar con usted..”. Era un sargento de su mismo batallón, Medina.

Dejan que se acerque hasta las alambradas, y cuenta que es prisionero de los moros con 80 más de los nuestros y que se acerca mandado por el jefe de la cabila, con quien les va muy bien, para que deje entrar a dicho jefe dentro del blocao, que nos trae víveres y agua.

“Tenemos de todo, agua y municiones para muchos días, puedes entrar y quedarte con nosotros”, responde el sargento. Pero el cabo contesta que si hace eso matarán a sus compañeros. Entonces añade Vivancos: “Pues retírate y ni se te ocurra volver o la próxima te disparo. Aquí morimos todos antes de entregarnos“.

Portada del libro que se publicó en recuerdo de la gesta de Tikún

Al día siguiente es triste ver la cara de los soldados; la sed les consume; no hablan nada, pero se adivinan sus pensamientos. Vivancos, algo mejor tras la amputación, habla con ellos como siempre, poniéndoles ejemplos de heroísmos, y consigue que reaccionen viendo su propio caso: “Si aguanto yo, que mira como estoy. ¿Cómo no vas a aguantar tú? Anda… ánimo.”

Los perros de Tikun

El día 10 se intentó el abastecimiento de la posición por medio de la aviación, cuyos primeros auxilios no pudieron ser recogidos por caer lejos del blocao e impedir el enemigo con sus fuegos toda salida, siendo más afortunados en días posteriores, en que se consiguió recoger varios de los víveres arrojados gracias a los perros, que salieron a buscar los alimentos trayéndolos al blocao en diversas ocasiones.

No se sabe como llegaron estos animales al blocao. Relevo tras relevo, los destinados a su defensa se acostumbraron a su presencia. Primeramente había una pareja, macho y hembra, a los que bautizaron (según se comenta en el Grupo sobre Historias del Protectorado Español) “Tikún” y “Paloma”. A la llegada de Vivancos a la posición tenían dos cachorros. Estos animales hacían buen refuerzo en las guardias y eran uno más de la posición. Seguramente, y como afirma Juan Antonio Tapia Claro (administrador del Grupo sobre Historias del Protectorado Español en Marruecos) seguramente serían unos pastores bocaneros: estupendo cánido de raza mil padres descendiente de aquellos perros traídos por los españoles y mezclados con los que ya existían entre las kábilas rifeñas.

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Misa de Campaña en Segangan, 1922. En primer plano un pastor bocanero. (fuente: galería fotográfica de Vitoria Gasteiz)

Prosiguieron los ataques, con el mismo resultado, durante las navidades y el fin de año. Fue entonces cuando la Providencia vino en auxilio de los malogrados españoles. Un pequeño aguacero les llena de alegría, saciando la horrible sed que tenían, y comienza a formarse una densa neblina que les hace concebir la idea de ir a Harcha por víveres y medicamentos.

En efecto, después de meditarlo y en vista de la desesperada situación, los soldados Gabriel González, Alejandro Navarro y Hermenegildo Garzón se organizan y salen del blocao a las doce del mediodía envueltos en el espesor de la niebla.

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Soldados españoles desplegados en guerrilla (Zona Drius h1924) Fotografía de Lázaro (agencia EFE)

Los heroicos soldados González, Navarro y Garzón

Más de ocho horas tardaron en el arriesgado intento amparados en la niebla, por entres las piedras, cayendo desmayados (uno se desmayó tres veces) hasta conseguir regresar, haciéndoles sufrir más a los que en espera quedaban, que lo que ellos pudieron sufrir.

Poco duraron los víveres que trajeron, no pudieron traer mucho; pero los distribuyeron bien, recuperaron fuerzas y llegarían para algunos días más. Pero pronto se quedaron como antes, sin nada que comer.

La evacuación de Tikún

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Evacuación de heridos (septiembre de 1925)

Pasaron los días. Se dejaron de escuchar disparos y los intentos de asalto cesaron. Era el 15 de enero cuando apareció por el horizonte un moro que guiaba a un destacamento que venía a relevar a los heróicos de Tikun. Lloraron agradecidos, lloraron a sus muertos y sonrieron a la vida de nuevo mientras marchaban hacia diferentes hospitales de la zona del Protectorado.

Aquellos valientes resistieron un asedio brutal con una muy reducida guarnición a las órdenes de un valiente sargento murciano. Sufrieron con firme constancia las penalidades y privaciones consiguientes por la falta de alimentos y medicamentos. A pesar del agotamiento y de las heridas sufridas, el sargento Sánchez Vivancos supo infundir en su reducida gente el ánimo necesario para soportar aquellas fatigas, llevando al límite el sufrimiento del soldado español, que como habrán comprobado: no existe.

Pequeña reseña sobre el Sargento Sánchez Vivancos

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Imagen realizada desde un avión militar el 6 de febrero de 1925, día en el que regreso a Alhama el héroe de la Guerra de África, Manuel Sánchez Vivancos, hijo de Roque Sánchez Javaloy, también conocido como “El manco de Tikún”

Nació en Alhama (Murcia) en 1901, ingresó voluntario en el Ejército a los 16 años, siendo destinado a Melilla en 1918 una vez hubo ascendido a cabo. En 1921 fue ascendido a sargento y tres años después volvió a la península, pero un mes más tarde regresó a Marruecos con el Batallón de Cazadores de Chiclana, siendo destinado al blocao de Tikun, en la kabila de Beni Gorfet.

Tras el asedio a Tikún se le conoció con el sobrenombre de “El manco de Tikun”, siendo premiado por el Gobierno de la II República, en 1934, por este suceso con una Cruz Laureada de San Fernando.

En 1925 ascendió a suboficial por méritos de guerra e ingresó en el Cuerpo de Inválidos, donde en 1931 alcanzó el empleo de alférez y tres años después el de teniente. En 1947 alcanzó el empleo de comandante del Cuerpo de Inválidos. Falleció en 1953 en Alhama, su pueblo, que le había nombrado hijo predilecto y del que ejerció también como alcalde.

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El Manco de Tikún en Alhama. (fuente: archivo local)

Fuentes:

Expedientes de Juicio Contradictorio para la Laureada del Sargento Vivancos (Boletín Oficial 1933)

Centro de Historia y Cultura Militar de Melilla

Hemerotecas Varias (Ministerio de Cultura)

Historias del Protectorado Español en Marruecos (Grupo de facebook)

Etiquetas
Ejército Español Guerra de África Marruecos Protectorado Español

Miguel Ángel Ferreiro

Militar de carrera, Historiador del Arte (UNED) e investigador. Entre África y Europa, como el Mediterráneo.

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