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Las Sombras en la Pintura Barroca

Desde una perspectiva ideológica

La manera en la que la luz es tratada en la pintura del siglo XVII está condicionada por la intensidad o la extensión de la oscuridad. Desde aproximadamente el 1600, la oscuridad se apodera de las obras de arte, y en numerosas obras italianas y españolas esta predominaba sobre la luz.

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Caravaggio, La negación de San Pedro por Caravaggio. Metropolitan Museum of Art, Nueva York, 1610.

Este fuerte contraste entre la luz y las áreas de oscuridad en las pinturas fueron la expresión de una tendencia pictórica llamada la “pittura tenebrosa”. Por qué se originó esta tendencia es lo que se va a analizar hoy aquí. Analizando avances tecnológicos y científicos, junto con algunas medidas emprendidas por la Iglesia Católica, pretendemos ofrecer algo de luz sobre esta tendencia tan tenebrosa de la pintura barroca.

El Siglo de la Oscuridad

Al siglo XVII se le denomina el “siglo de la oscuridad”, no por falta de inspiración por parte de los artistas, sino por el estudio y revalorización de la oscuridad, que adquiere una nueva identidad a modo de representación de la realidad. Es una época que hoy en día consideramos trascendental en la pintura española, italiana y flamenca por las obras de Caravaggio y Peter Paul Rubens, o Rembrandt.

En España se abandonaba el manierismo, cuyo extremo límite se puede contemplar con el Greco, y se empezaba a abrazar un estilo más realista. El bodegón y el retrato se convirtieron en los géneros profanos predilectos.

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Zurbarán, Bodegón de recipientes. Museo del Prado, 1650.

Se empieza también a desarrollar un sentido de la luz próximo al caravaggismo, pero que a la vez hereda una sensualidad en los cuadros muy típica de la pintura veneciana, y una precisión en los detalles típica de la pintura Flamenca. Así, el aspecto estético crucial de este período es un nuevo modo de concebir la luz y la oscuridad. Esta nueva iluminación era capaz de desvelar nuevas verdades, adquiriendo en la creciente esfera de su influencia y en la difusión de su maniera uno de los momentos más intensos que haya conocido la Historia del Arte.

El significado de la luz en la pintura

Esta manera de condensar la luz es solo posible mediante el uso de la oscuridad como ente activo en el cuadro. La oscuridad tiene un papel activo en la obra, no sólo de manera artística sino también psicológica, y es indispensable para otorgar elementos de misterio, ambigüedad y sutileza. El contraste entre luz y oscuridad otorga dinamismo a la luz, y brinda a la obra dramatismo y pathos.

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José de Ribera, San Sebastián atendido por Santa Irene. Hermitage, Moscú. 1628.

En estas obras la fuente de luz casi siempre proviene del exterior del cuadro. No se puede saber si en el exterior es de día o de noche, y tan sólo un rayo de claridad puede hacernos adivinar las figuras en la representación. Si proviene de dentro del cuadro, entonces es de una fuente artificial, como una vela o emanada del propio Jesús, en cuyo caso ambos también tendrían significados metafísicos o simbólicos. Una vela puede denotar la luz disipando la ignorancia o iluminando el camino a seguir.

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Georges de la Tour, San José Carpintero. Musée du Louvre, 1640.

Sin embargo, el significado simbólico de la luz sólo puede ser entendido porque aparece en la extrema oscuridad, cuya intensidad también depende de la intensidad de la luz que entra en la escena. En algunas partes de las obras la oscuridad es un negro impenetrable, pero esto es aprehendido como algo positivo y artísticamente valioso, y no como una manera de cubrir los errores de la composición, como algunos críticos del siglo XVII se empeñaban en creer.

Este tratamiento de la oscuridad no puede simplemente ser producto de un genio como Caravaggio. Es cierto que es el ejemplo más radical de esta “maniera tenebrosa”, pero no es el único, y, desde luego, no el primero. Fue una poderosa tendencia europea que introdujo la oscuridad, que hasta entonces había sido eclipsada por la luz, como un icono y un factor psicológico de gran significancia. Esta, como cualquier tendencia en la Historia del Arte, no surge de un día para otro y es producto de una serie de eventos históricos y sociales que propiciaron su aparición.

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Caravaggio, David con la cabeza de Goliat. Galería Borghese, Roma, 1610.

La espiritualidad de la Edad Media en el arte barroco

En el mundo cristiano de los siglos XII, XIII y XIV, la Luz se consideraba el principio del ser, que prevalecía en el mundo entero. Predominaba un significado teológico de la luz, así como cosmológico y filosófico. La luz era el centro del cosmos, y predomina en el cielo. El cielo espiritual siendo el hogar de Dios, cuya luz ilumina el mundo. En este cosmos luminoso no hay lugar para la oscuridad, que tiene un significado negativo. La oscuridad significaba el mal, la negación, el no-ser, el pecado. Esta visión no sólo era fruto de los escolásticos, sino también de los místicos. Tomás de Aquino, por ejemplo, era llamado el “doctor de la luz”.

Este estereotipo cambió muy paulatinamente durante el Renacimiento. Los Neoplatonistas del Quattrocento fueron los que perpetuaron la metafísica estética medieval de la luz. Sin embargo, hubo un creciente interés por el mundo en el que se vivía, y científicos, así como artistas, empezaron a darse cuenta de que las sombras eran una parte tan importante de ese mundo, como la luz a la que tanta importancia se le daba. Leonardo Da Vinci era ambas cosas, y fue el quien desarrolló la ciencia de la luz y la oscuridad a una escala sin precedentes.

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Leonardo da Vinci, Virgen de las Rocas. National Gallery of London, 1508.

Científico, tratadista, artista. Leonardo da Vinci

La estética que fue propagada por sus escritos sobre la materia difiere de la que cien años más tarde adquiriría Caravaggio y sus contemporáneos. Sin embargo, puede considerarse como el primer estadio entre la “estética de la luz” medieval, y la “estética de la oscuridad” tan característica del Barroco.

Da Vinci derivó su teoría sobre el “chiaroscuro” de sus observaciones de la naturaleza y las reglas de la geometría. Aunque el artista no lo aplicó en sus cuadros, sus investigaciones en los efectos de la condensación de la luz y el desarrollo en el estudio del claroscuro fueron continuados por sus predecesores. Estos lo usaron primariamente como método para realzar la plasticidad de las figuras y los objetos.

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Valentin de Boulogne, Sacrificio de Isaac. Montreal Museum of Art, 1591.

La luz divina de Lomazzo

La nueva fase en esta evolución es el tratado de Lomazzo (Milán, 1584). El tratadista distinguía entre la luz primaria, que era la que derivaba de fuentes naturales, la luz artificial, que deriva de una vela, o del fuego, y la luz divina, emanada de ángeles o personas divinizadas. Esta luz divina es la que predomina en las pinturas religiosas del siglo XVII. El efecto metafísico de la luz se alcanza mediante la condensación de esta, la que se filtra por una pequeña rendija hacia un interior oscuro, o entre las densas nubes, la que emana de una pequeña linterna.

Aunque en las sagradas escrituras no se especificase, los artistas escogían representar escenas como el Sacrificio de Isaac o el Bautismo de Cristo de noche, otorgando así un valor autónomo a la oscuridad. En numerosas obras, la densa impenetrable oscuridad toma parte de tres cuartas partes del cuadro, mientras que la luz ocupa una pequeña parte, como si fuera casual, e ilumina fragmentos del torso, manos, piernas, o ropa.

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G.B. Caracciolo, Bautismo de Cristo. Dipinto esposto in Quadreria, Nápoles, 1610.

Una nueva estética

Esta estructura tan específica en las obras, en la que la oscuridad predomina sobre la luz, implica una nueva estética. No sólo en el arte, sino que es también toda una influencia en el mundo intelectual. La oscuridad como un valor, como la negación, pero también como complemento de la luz, puede ser detectada en varios campos de la vida intelectual. En primer lugar, un cambio en el tipo de religiosidad y una nueva ola de misticismo. En segundo lugar, la astronomía y la ciencia de las proyecciones de las sombras. En tercer lugar, las doctrinas más herméticas, como la alquimia.

San Juan de la Cruz

El primero de esos elementos lo vamos a discutir seguidamente: la introducción de la teología de la oscuridad por San Juan de la Cruz a finales de siglo XVI. Repetía incesantemente que la fe requiere que uno cierre los ojos a todo lo perteneciente a los sentidos. Sus “Ejercicios espirituales” fueron reconocidos oficialmente y recomendados por la Iglesia en 1548, y fueron publicados ese mismo año.

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Caravaggio, La inspiración de San Mateo. Capilla Contarelli, Iglesia de San Luis de los Franceses, Roma, 1602.

De entre las ideas que contenían, el elogio de la oscuridad tuvo un impacto considerable. No sólo fueron leídos por religiosos, sino también por artistas, como el Greco o Peter Paul Rubens. Los escritos de San Juan de la Cruz fueron publicados por primera vez en Alcalá de Henares en el 1618, pero sus escritos ya habían circulado entre monasterios y congregaciones. La versión italiana se publicó en 1627.

Astronomía y Kepler

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Johannes Vermeer, El astrónomo. Museé du Louvre, Paris. 1688.

Es digno de atención que la estimación de la oscuridad en las trascendentales órdenes religiosos coincida en el tiempo con el rol positivo otorgado a la oscuridad por el gran físico y astrónomo Johannes Kepler. En su tratado Ad vitellionem paralipomena. Astronomia Pars Optica, publicado en 1604, el científico alaba las sombras, la oscuridad, y los eclipses como los factores que alzaban la astronomía.

Magia y Alquimia

Procedamos, pues, al último aspecto, el de la magia y la alquimia. La significancia de las ciencias esotéricas en la cultura Renacentista y Barroca ha sido materia de gran interés. La actitud de la Iglesia frente a este tipo de ciencias ha sido tanto equívoca como cambiante. La “brujería” era una práctica condenable, y sin embargo, las prácticas alquímicas eran de cierto interés entre algunos dignatarios de la Iglesia.

El contacto entre artistas y alquimistas o incluso boticarios ha sido siempre evidente, dado el procedimiento de fabricar la pintura, el pigmento. Es también cierto que el simbolismo de los colores, que se relaciona con el temperamento, las figuras mitológicas, y algunas fases del proceso alquímico, eran conocidas para los artistas.

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Joseph Wright, Experimento con un pájaro y una bomba de aire. National Gallery of London, 1768

La base de la doctrina de los alquimistas derivaba de la convicción de que a partir del caos de la materia primera se formaron cuatro elementos: tierra, aire, agua y fuego. Cada elemento tiene una pareja que lo complementa: frío, húmedo, seco y calor. Sus muchas combinaciones han dado forma a la teoría de la “transmutación de los elementos”.

Los tratados alquímicos, por tanto, dan mucha importancia a la cuestión de los colores. Seguían la base establecida por Aristóteles, que afirmaba que todos los colores se originaban de la combinación, en diferentes proporciones, del blanco y del negro. En la interpretación de los alquimistas, la combinación de elementos contrarios, como el fuego y el agua, o la luz y la oscuridad, es la que da lugar a la aparición de fenómenos como el arcoíris. Aun así, también sostenían la teoría de que todos los colores derivaban del negro.

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Artemisia Gentileschi, Judith decapitando a Holofernes. Museo de Capodimonte, Nápoles, 1613.

La idea de que la luz es complementaria e igual a la oscuridad es expresada en varios tratados del siglo XVII. Por ejemplo, en el de Libavius, el Alchymia recognita (Frankfurt 1606). No mencionamos este tratado por casualidad, sino porque los escritos de este alquimista fueron estudiados por el Cardinal Francesco del Monte, patrón de Caravaggio y en cuya residencia el artista vivió durante un tiempo. El mismo hermano del Cardenal, Guiobaldo del Monte, escribió en el 1600 el Perspectivae libri sex, un tratado en el que dedicó un capítulo entero a la proyección de las sombras. Galileo Galilei, a su vez, era íntimo amigo del Cardenal del Monte, y en sus escritos sobre arte se tiene en gran valía la distribución de las sombras y de la luz.

La expansión de la oscuridad

Como se ha podido ver, a medida que avanzaba el siglo el elemento de la oscuridad fue adquiriendo importancia. Esta tendencia en la pintura es originaria del estereotipo espiritual que iba formándose lentamente, pero cuyo clímax es alcanzado durante el Barroco. Un incremento del misticismo católico con San Juan de la Cruz, los estudios de Kepler sobre la oscuridad, y las investigaciones alquímicas sobre el color negro como fuente de todos los colores. Todos estos síntomas se encuentran, y emerge de ellos la tendencia más importante del Barroco.

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Georges de la Tour, El fumador. Tokyo Fuji Art Museum, 1643.

La universalidad de esta corriente es impresionante. Ignora divisiones religiosas entre Catolicismo y Protestantismo. La corriente mística, las nuevas ciencias naturales y esotéricas abarcaron los países europeos independientemente de la religión de éstos.

Así como la astronomía progresó independientemente de las religiones, descubriendo la inmensidad del mundo y la oscuridad del espacio. Los tratados se publicaron en Italia, Alemania, España, Holanda, Francia e Inglaterra, y todos ellos contenían especulaciones que seguían las mismas líneas generales.

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Gerard Dou, La escuela de Noche. Rijksmuseum, Amsterdam, 1665.

En las pinturas de los “Tenebristi” la oscuridad aparece como un aspecto positivo, activo tanto icónica como simbólicamente, y por tanto, creando una nueva estética. La oscuridad se equiparó a la luz, ya que ésta la hacía más magnífica. El simbolismo religioso, cósmico, alquímico y existencial de la luz y la oscuridad no sólo era expresado mediante motivos iconográficos, sino también por las obras de pintores como José de Ribera, Caravaggio, Georges de la Tour, Murillo, o Rembrandt. Va más allá de escuelas, países, patronajes o fronteras.

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Anna García

Historiadora del arte y actualmente cursando estudios de máster en Holanda. Especializada en Renacimiento y Barroco. Muero de amor por Caravaggio.

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