
Dejar un poblado y construir otro pueden parecer dos partes de una misma mudanza. La arqueología del norte peninsular muestra una historia más desigual: alrededor de 400 a. C., numerosos asentamientos de la Primera Edad del Hierro dejaron de ocuparse, mientras la formación de un nuevo paisaje de poblados siguió ritmos más largos y diferentes. Entre ambos procesos hubo experiencias breves, lugares reocupados y comunidades que ensayaron otras maneras de habitar.
El arqueólogo Samuel Nión-Álvarez, del Instituto de Ciencias del Patrimonio del CSIC, aborda esta transición en Journal of Archaeological Science. El estudio combina dataciones de radiocarbono y análisis estadísticos para comparar abandonos y nuevas ocupaciones. Castros como Viladonga, cuya vista abre este artículo, permiten observar la otra parte del proceso: una larga historia de poblamiento posterior. La pregunta es cómo se relaciona el final de unos asentamientos con la consolidación de otros.
Una fecha aproximada sobre un mapa de ritmos distintos
La investigación organiza el área de estudio en cinco regiones: atlántica, cantábrica occidental, cantábrica oriental y dos sectores de la Meseta Norte. Estas divisiones permiten comparar territorios con historias diferentes. La etiqueta «400 a. C.» sitúa una transformación entre los siglos V y IV; no designa el día en que toda la península perdió a sus habitantes.

El patrón descrito diferencia un abandono relativamente rápido de una reorganización más prolongada. Las rupturas regionales podían concentrarse en unas décadas sin coincidir exactamente entre sí. La cronología comienza antes en el sector cantábrico occidental, mientras los asentamientos del nuevo paisaje se extendieron de manera desigual por la fachada atlántica y la Meseta. Importa comparar esas secuencias, además de buscar una fecha común.
Para interpretar una datación hay que saber qué se está fechando. El radiocarbono mide restos orgánicos asociados a un contexto arqueológico, que después se relacionan con la vida de una vivienda, una reforma o un nivel final. Una fecha de carbón no equivale automáticamente al abandono del poblado. La posición de cada muestra dentro de la excavación proporciona parte esencial de su significado.
Punta de Muros, un poblado que sí perdió a sus habitantes
Un caso concreto ayuda a bajar esta discusión al terreno. Punta de Muros, en la costa de A Coruña, conserva una secuencia estudiada entre los siglos IX y IV a. C. En un trabajo anterior, publicado en diciembre de 2025, Nión-Álvarez sitúa su abandono abrupto a comienzos del siglo IV. Su plano final muestra la disposición de los espacios que quedaron atrás.

Antes de ese desenlace, el asentamiento había experimentado diferencias entre unidades domésticas, cambios en su organización espacial y una mayor especialización de algunas actividades. El investigador relaciona esos indicios con transformaciones sociales. La proximidad cronológica entre desigualdad y abandono abre una pregunta sobre la organización de la comunidad, pero no demuestra por sí sola por qué se marcharon sus habitantes.
Su análisis de 2025 reúne también ejemplos de ocupaciones breves. En Reboredo, un recinto fortificado contiene una canalización cuya función sigue sin aclararse; otros lugares muestran ocupaciones sin defensas. Estas experiencias permiten estudiar una transición con iniciativas que tuvieron poco recorrido. El registro conserva tanto los poblados duraderos como los intentos que no se consolidaron.
Viladonga cuenta la otra parte de la historia
La imagen de Viladonga, en Castro de Rei, Lugo, permite visualizar un castro que tuvo una larga historia posterior. Las investigaciones del museo vinculan sus niveles más antiguos, con cabañas vegetales y un aljibe, a una primera ocupación prerromana. La secuencia documentada se extiende desde los siglos IV–III a. C. hasta los siglos IV–V d. C.

Buena parte de las construcciones visibles corresponde a la etapa galaicorromana. Por eso Viladonga ayuda a entender la duración y transformación del hábitat castreño, pero su fotografía no representa un poblado congelado al ser abandonado en 400 a. C. Sus sucesivas fases recuerdan que un mismo cerro puede conservar siglos de construcciones, reformas y usos distintos.
En las nuevas formas de ocupación ganaron importancia los valles y las tierras agrícolas. En el noroeste, la investigación previa reconoce desde el siglo IV una preferencia por emplazamientos con buenas comunicaciones y acceso a zonas productivas. Las murallas continuaron desempeñando un papel relevante, aunque la forma de organizar el espacio y las relaciones entre comunidades evolucionó.
Las causas esperan una cronología más precisa
La discusión incluye conflictos, movilidad y cambios sociales, pero necesita contrastar cada explicación con las evidencias locales. Un edificio quemado requiere estudiar el origen del incendio; una ocupación interrumpida exige averiguar dónde continuó la población. La nueva cronología aporta una base para examinar esas preguntas y comparar procesos que antes quedaban reunidos bajo una transición demasiado amplia.
Estas transformaciones anteceden en siglos a las campañas romanas en el norte de Hispania. Su interés reside en estudiar las decisiones y tensiones de aquellas comunidades de la Edad del Hierro dentro de su propio tiempo. El paisaje que encontraría Roma fue el resultado de una historia anterior de abandonos, ensayos y nuevos asentamientos.
Fuentes y bibliografía
- Samuel Nión-Álvarez, Close to the edge: A chronometric approach to Early-Late Iron Age transition (450–350 BCE) in the Iberian Peninsula, Journal of Archaeological Science, 194, 106689, octubre de 2026.
- Samuel Nión-Álvarez, Crisis? What Crisis? Tracing Social Instability Between the 5th and the 4th Centuries BC: A View from north-west Iberia, Proceedings of the Prehistoric Society, 91, 245–260; publicación en línea el 19 de diciembre de 2025.
- Museo do Castro de Viladonga, Xunta de Galicia, historia de las excavaciones y resultados de las campañas recientes y descripción arqueológica del castro.
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