En un rincón de la cueva de El Castillo, en Puente Viesgo, sobreviven cinco signos rojos cuya silueta se ha comparado con flores acampanadas. La propuesta ha reabierto una pregunta seductora: ¿pudo un grupo del Paleolítico representar una planta capaz de alterar la percepción? La respuesta honesta, por ahora, es más valiosa que cualquier titular rotundo: se trata de una hipótesis sugerente, no de una identificación demostrada.
Un motivo excepcional entre las figuras de El Castillo
El Castillo reúne manos en negativo, animales, discos y numerosos signos. En ese conjunto, las posibles imágenes vegetales son extraordinariamente escasas. Los cinco trazos discutidos se sitúan en un contexto atribuido al Magdaleniense, entre hace unos 17.000 y 15.000 años, y su rareza explica el interés que han despertado. Pero una forma semejante a una flor no basta, por sí sola, para resolver qué miraban o qué pensaban quienes la pintaron.

Los estudios del arte parietal insisten en una cautela básica: los signos no figurativos constituyen una parte decisiva del repertorio paleolítico, aunque resulten más difíciles de interpretar que un bisonte o un caballo. Una tesis dedicada a El Castillo ha documentado precisamente su diversidad formal, técnica y topográfica. Atribuir a uno de esos signos un significado concreto exige contrastar la forma con el pigmento, la cronología, la posición en la cueva y el resto del panel.
Beleño y belladona: el parecido no demuestra un uso
La comparación botánica remite a solanáceas como el beleño negro, Hyoscyamus niger, o la belladona, Atropa belladonna. Sus flores ofrecen perfiles comparables y contienen alcaloides tropánicos. Eso permite formular una posibilidad; no permite asegurar consumo, rito ni conocimiento farmacológico.
Entre un contorno pintado y una práctica social media una distancia enorme que solo nuevas evidencias podrían reducir.
La prudencia importa todavía más porque estas plantas son tóxicas. La arqueología no puede proyectar sobre el Paleolítico las categorías contemporáneas de droga, medicina o ceremonia. Incluso la elección del motivo podría responder a razones hoy inaccesibles: una marca de grupo, una convención gráfica o una imagen cuyo referente no hemos sabido reconocer.

Una pista posterior, no una respuesta retrospectiva
El hallazgo de cabellos de la Edad del Bronce en Es Càrritx, Menorca, con alcaloides compatibles con plantas psicoactivas, demuestra que las sociedades prehistóricas ibéricas conocieron sustancias vegetales de ese tipo milenios después. No crea una línea directa con El Castillo: entre ambos casos se extiende un abismo cronológico y cultural. Su utilidad está en recordar que estas preguntas pueden someterse a pruebas materiales.
Los análisis de pigmentos, el estudio comparado de la flora y, si los sedimentos lo permiten, la búsqueda de señales paleoambientales podrían aportar datos decisivos. Mientras llegan, conviene leer el panel desde el rigor que merece toda la prehistoria peninsular, una historia de larga duración que también recorre las primeras conexiones de Iberia con África.

Lo que sabemos y lo que falta por saber
Sabemos que los signos existen, que su contexto paleolítico los convierte en un documento singular y que el parecido con una solanácea merece ser discutido. Aún no sabemos si representan una planta, qué especie sería ni qué lugar ocupaba en la vida de sus autores. Esa incertidumbre no resta interés al hallazgo: lo sitúa en el terreno fértil de la investigación, donde una buena pregunta vale más que una certeza apresurada.
En este punto conviene separar la hipótesis de la prueba histórica. Un resto vegetal, un motivo pintado o una posible alusión ritual no demuestran por sí solos que una comunidad consumiera una sustancia concreta.
Para sostener esa lectura harían falta, entre otros indicios, análisis de residuos, estudios arqueobotánicos y una relación clara entre el hallazgo y su contexto. La prudencia no resta interés al caso: explica por qué la propuesta merece ser investigada sin convertirla en una certeza prematura.
La cueva de El Castillo conserva una secuencia excepcional para entender las sociedades paleolíticas de la cornisa cantábrica. Precisamente por ello, cada nueva hipótesis sobre sus imágenes y objetos debe dialogar con esa larga duración. Si la posible planta psicoactiva de El Castillo llegara a confirmarse, abriría una vía de estudio sobre prácticas simbólicas y conocimiento del entorno; hasta entonces, el valor de la noticia está en plantear bien la pregunta.
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