Meditación segunda: “ligero de equipaje”

La frontera con Francia en la Costa Brava está abandonada. No es más que una línea con edificios vacíos alrededor. Desposeída de su función, esta línea divisoria se ha convertido en apenas una marca que el despiadado olvido ha inscrito sobre la superficie de la tierra.

“En Collioure tomé una fotografía, también esta, ligera de equipaje: la difícil tarea de aprender a no ser”.

No esperaba yo que al final de nuestro viaje pudiera tomar esta fotografía que hoy traigo para dar cuenta de una experiencia. Esta es la imagen: la imagen de otra frontera, abandonada, también. Es la promesa de que “todo pasa y todo llega,/ pero lo nuestro es pasar…/ pasar haciendo caminos,/ caminos sobre la mar”*.

El viaje de hoy no es apto para consumidores habituales de biodramina. Empieza con un trecho a bordo de un antiguo vagón de ferrocarril. Túneles y más túneles que interrumpen la visión, alternados con vislumbres fugaces de una naturaleza bárbara, unen como los fotogramas deslavazados de una vieja película de cine mudo los últimos metros de la Costa Brava gerundense con el sur de Francia. Mudo: el litoral está callado en esta sobremesa de tardío invierno, visto al menos desde la ventanilla de nuestro transporte. Silencio y más silencio durante el trayecto; acaso recordando en señal de luto el último viaje de una voz singular, la del poeta Antonio Machado:

 

–siempre sobre la madera de mi vagón de tercera–, voy ligero de equipaje.*

 

Aparto la vista de la ventanilla del tren y mi mirada capta al vuelo una nota manuscrita a lápiz al lado de este poema, en las páginas de un libro cuyas hojas están todas descosidas: la Antología Poética de Antonio Machado, manoseada por el uso de dos generaciones de ávidos lectores. Dice así esta nota: “la Generación del 98 es notablemente tecnófoba. Su moral austera, casi ascética, es un elogio a la vida retirada, un deseo del olvido del mundo similar al de Fray Luis de León.” Pienso en que quisiera recuperar ese espíritu meditativo y austero de los poetas de Renacimiento. Un espíritu ecológico, además, de íntima comunidad con las raíces de la matria Gea; a veces generosa, otras cruel. Aprehender esa contradicción inherente al cosmos se me antoja, no obstante, una ardua tarea, moralmente difícil de aceptar.

Lo más difícil resulta ser a menudo lo más interesante que existe, como demuestra el hecho de que cuando no existía Internet las cosas había que ir a buscarlas, practicando algo así como una peregrinación del espíritu para visitar los lugares y leer las obras mil veces deseadas por la imaginación. Peregrinaciones poéticas y literarias sin selfies que demuestren que yo-estuve-allí ni alardes de banalidad. Ceder el lugar del “yo-mi-me-conmigo” al “tú-contigo” de la naturaleza, en la que el sujeto se funde y se confunde con la totalidad del universo. Nada de españolismo afrancesado y grandilocuente a lo Mérimée en este viaje hacia el extranjero, ¡ni hablar!, nada de bandoleros outsiders ni de gitanas liberales. Sólo una línea de ferrocarril austera, un vagón de tercera clase –que ya es mucho decir sobre el asiento en el que a duras penas voy encaramado–… y nada más.

Es este un camino, como ya dije, que otros recorrieron antes que nosotros, triste rumbo al exilio, huyendo de una abrumadora sensación de fracaso en 1939, a pie, con lo poco que poseían a la espalda y sin mirar atrás. Ese mismo trayecto que nosotros, en cambio, sin dificultad alguna, acabamos de hacer en tren desde la estación de Portbou también sin mirar atrás. Imagino que su andadura debió de ser más penosa que el paso de la laguna Estigia vista desde la barca de Caronte, cuando para nosotros es en en cambio asombrosa la visión del abismo abierto bajo las vías de este tren en los acantilados, entre las precarias paradas de las estaciones de Cerbère, Banyuls-sur-mer, Port Vendres…

Iba yo pensando en estas cosas sombrías cuando de pronto, como si fueran las trompetas del mismísimo juicio final, retumbó en mis oídos una voz que me trajo de nuevo a la realidad de aquel tren: “prochaine arrêt, Collioure”.

Hemos llegado: Collioure, en francés; o Cotlliure, en catalán. A veces también llamada “colibre” en español, habilidosa mezcla entre el vuelo de un pájaro exótico como el colibrí y la hermosa y –¡ay!– lejana aun palabra “libre”. Desde la modesta estación de ferrocarril se desciende por un camino hasta una preciosa playa en la que las olas baten, también a este lado de los Pirineos, empujadas por la furia del viento de Tramontana.

Bien es cierto que nosotros fuimos hasta allí con el único propósito de buscar la nada; tan sólo para darle las gracias a don Antonio Machado por tantas cosas que son “ingrávidas y gentiles como pompas de jabón”. Ideas, poesías, imágenes, recuerdos y sonrisas emocionadas ante una hoja de papel marcado con tinta. Por la llaneza de sus metáforas y por la sonoridad de unas soledades habitadas en la lectura; sin el sentimiento abatido de la melancolía, mas con la conciencia feliz de que tras todo invierno regresa la primavera.

A pesar de los buenos propósitos no fue sencillo cumplir con esta caprichosa misión. Aquella tarde crepuscular andábamos desorientados en medio del laberinto de callejuelas, cuando un aire provenzal de olor fresco a tomillo descubrió una esquina tras las cual una reja entreabierta dejaba entrever a través de sus barrotes un viejo cementerio prácticamente olvidado. Es curioso, porque entre el caserío donde hoy viven pensionistas y pernoctan los turistas en las noches de verano, por donde campan los gatos a sus anchas, ha quedado encajado un camposanto: casa ya sin tiempo pero abundante en silencio. Y allí, justo allí, una tosca lápida indica:

Las tumbas no son nada, ya poco significan. Bien es cierto que si vinimos hasta aquí no fue para visitar un saco de huesos engullido por la tierra, macabra visión, sino para hacer una celebración del instante en que comprendimos que el difícil reto de vivir no consiste en otra cosa que afrontar la misión de aprender, humildemente, a no ser:

 

Ni mármol duro y eterno, ni música ni pintura, sino palabra en el tiempo.**

 

 

Tú me preguntaste hechizado por el silencio de aquel lugar sobrecogedor por qué te había pedido que viniéramos hasta aquí. Yo no supe qué responderte. Tras regresar a la playa y calentar el cuerpo con un café-au-lait, nos disponíamos a marcharnos cuando encontramos una imagen que hablaba justamente de esto: del difícil camino que hay que recorrer para aprender a no ser. Tomé entonces una fotografía, también esta, “ligera de equipaje” que resume toda la jornada que habíamos recorrido juntos; que da cuenta de todo lo que pueden hacer un viajero y un escritor anónimo

 

¿Soy clásico o romántico?

No sé. Dejar quisiera

mi verso, como deja el capitán su espada:

famosa por la mano viril que la blandiera,

no por el docto oficio del forjador preciada. […]

Y al cabo, nada os debo;

debéisme cuanto he escrito.

A mi trabajo acudo, con mi dinero pago

el traje que me cubre y la mansión que habito,

el pan que me alimenta y el lecho donde yago.

Y cuando llegue el día del último viaje,

y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,

me encontraréis a bordo, ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar.****

 

¡Salud y trabajo, don Antonio!

 

Notas:

  • * “Proverbios y cantares (XLIV).
  • ** “En tren” (CX).
  • *** “De mi cartera” (CLXIV).
  • **** “Retrato” (XCVIII).

Fuentes:

GIBSON, Ian (2006). Ligero de equipaje. La vida de Antonio Machado. Barcelona: Penguin Random House.

MACHADO, Antonio (1981). Poesías completas. Madrid: Espasa-Calpe.

 

 

 

 

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Manuel Broullón

"Flâneur" a lo largo y ancho del mundo, investigador y docente en la Universidad de Sevilla, actualmente.

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