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El chamán que al final era una orfebre

Durante más de dos siglos se creyó que la persona enterrada en Upton Lovell, a pocos kilómetros de Stonehenge, había sido un chamán varón. La idea nació de los objetos que acompañaban al cadáver: hachas, huesos perforados, colmillos de jabalí y piedras utilizadas en un trabajo especializado. El análisis de ADN antiguo ha obligado a revisar por completo esa lectura: los restos pertenecían a una mujer de más de 45 años dedicada a la orfebrería hace unos 4.000 años.

La noticia recuerda un principio elemental de la arqueología: los objetos no poseen sexo. Durante décadas se interpretaron como pruebas de una identidad masculina porque la investigación los asociaba de forma automática a la guerra, al ritual y a la metalurgia.

Una tumba descubierta en 1801 y una etiqueta demasiado cómoda

El túmulo de Upton Lovell fue excavado en 1801 por el anticuario William Cunnington. Bajo un pequeño montículo funerario apareció una cámara oval con dos individuos: uno tendido boca arriba y otro colocado en posición sentada. Los huesos se perdieron con el tiempo, pero el ajuar quedó en las colecciones del Wiltshire Museum y conservó una pregunta abierta para generaciones posteriores.

La figura principal recibió pronto el nombre de “El chamán” (Upton Lovell Shaman). El apodo responde a una interpretación moderna. Los huesos perforados podían haber decorado una prenda ceremonial, los colmillos un bolso y las hachas una identidad de prestigio. Hoy conviene emplear esa palabra con cautela. Obviamente la tumba revela una posición social singular, pero no permite certificar una función religiosa concreta.

Objetos funerarios de la mujer orfebre de la Edad del Bronce hallada en Upton Lovell
Objetos funerarios asociados a la tumba de Upton Lovell, entre ellos útiles vinculados al trabajo del oro. Fuente: Wiltshire Museum.

Las herramientas que conservaron la memoria del oro

La revisión científica de 2022 encontró partículas de oro en una de las piedras del enterramiento.

Estudios posteriores identificaron rastros semejantes en otros cuatro objetos y huellas de uso compatibles con el martilleo y el acabado de láminas. También aparecieron restos de ocre, un material empleado como pigmento y, en determinados procesos, como abrasivo fino. La hipótesis más sólida es que aquellas piezas formaban parte de un equipo de trabajo para fabricar o decorar objetos con oro.

Hachas de sílex halladas en la tumba de la mujer orfebre de la Edad del Bronce de Upton Lovell
Hachas de sílex depositadas en la tumba de Upton Lovell; algunas ya eran antiguas cuando se produjo el enterramiento. Fuente: Wiltshire Museum.

Las hachas de sílex añaden otra capa de tiempo al hallazgo. Cuando se depositaron en la tumba ya tenían alrededor de un milenio de antigüedad. No eran simples herramientas disponibles en el entorno: probablemente se conservaban como objetos heredados, cargados de memoria y de autoridad. En la Edad del Bronce, la antigüedad de una pieza podía ser tan significativa como su materia prima.

El ADN cambia la pregunta

El estudio de fragmentos de cráneo, diente y falange detectó cromosomas XX. El esqueleto mostraba además artritis en la muñeca derecha, una lesión compatible con un trabajo repetido y exigente. La combinación de datos no autoriza a novelar una vida completa, pero sí permite sostener algo muy concreto: una mujer participó de manera directa en una actividad técnica asociada al oro.

La proximidad de Upton Lovell a Stonehenge hace aún más sugerente el hallazgo. El gran monumento no existía aislado, rodeado de una comunidad uniforme y silenciosa. Formaba parte de un paisaje de túmulos, talleres, rutas y personas con conocimientos especializados. Este nuevo retrato invita también a releer la historia de Stonehenge desde quienes vivieron y trabajaron en su entorno, no solo desde las piedras más célebres.

Stonehenge en Wiltshire, paisaje de la mujer orfebre de la Edad del Bronce de Upton Lovell
Vista de Stonehenge, en Wiltshire, dentro del paisaje monumental próximo a Upton Lovell. Fuente: Stefan Kühn / Wikimedia Commons.

El caso también corrige una costumbre demasiado extendida en los relatos sobre la prehistoria. La asociación entre tecnología y masculinidad suele proyectarse hacia el pasado como si fuera una ley natural. Sin embargo, el registro arqueológico está lleno de tareas compartidas, especializaciones locales y objetos cuyo uso no puede deducirse únicamente por su forma.

Una vez más se demuestra que las categorías con las que interpretamos el pasado deben poderse cambiar cuando aparecen nuevos datos. La historia nunca “es la que es”, es una ciencia viva.

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Redacción

Equipo de Redacción / Notas de Prensa / Agencias

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