
El 7 de mayo de 1987, a las diez y cuarenta de la mañana, una pequeña arqueta de madera desapareció en un pozo seco de una finca próxima a Ronda. Antes de dejarla allí, Beatrice Welles y el torero Antonio Ordóñez la besaron. Después cayó sobre ella un cubo de arena de la plaza de toros rondeña. Dentro estaban las cenizas de Orson Welles, muerto en Hollywood diecinueve meses antes. La escena parece escrita para uno de sus últimos planos, pero la dejó anotada, con sus detalles menos cinematográficos, el periodista Carlos Funcia en su crónica del entierro.
¿Por qué aquel hombre nacido en Wisconsin terminó bajo la tierra de un cortijo andaluz? Para llegar hasta el pozo hay que seguir dos ceremonias, un viaje y una amistad. El camino pasa por Hollywood, Las Vegas y Madrid, pero conduce a la casa de Antonio Ordóñez. También deja una pregunta abierta: si reposar allí fue una instrucción expresa de Welles o una decisión de quienes mejor lo conocían.

Hollywood, octubre de 1985
Orson Welles murió el 10 de octubre de 1985 en la casa de Hollywood donde se alojaba, en Los Ángeles. Tenía setenta años. Según la información publicada aquel mismo día por Los Angeles Times, su chófer lo encontró junto a la cama, en una habitación de la planta superior. El médico había tratado al cineasta por una afección cardíaca. La noticia policial da una escena doméstica, escueta, alejada de la imagen del creador detenido para siempre ante su máquina de escribir.

Tres días después, el domingo 13, se celebró un servicio privado en un tanatorio de Hollywood. La agencia UPI contó trece familiares y allegados; su abogado Eli Blumenfeld explicó que la familia quería una despedida pequeña. El País informó después de que el cuerpo había sido incinerado en Los Ángeles. Cuando llegó la ceremonia de Ronda, diecinueve meses más tarde, el último viaje del cineasta cabía ya en una arqueta.
En esos primeros días circuló incluso otro destino español: Chinchón. La prensa recogió la posibilidad de que el cadáver viajase allí y tuvo que corregirla después de la incineración. Seguía abierta, en cambio, la decisión sobre las cenizas. Aquel mapa impreciso tardó más de un año y medio en cerrarse. El lugar finalmente elegido sería la finca El Recreo de San Cayetano, a unos kilómetros de Ronda, en Málaga.
Sevilla, antes de la fama y de las deudas

La relación de Welles con España había empezado mucho antes. El documental de RNE dedicado a su etapa española sitúa en 1932 su estancia adolescente en Sevilla. Allí encontró el flamenco y los toros cuando su nombre todavía no estaba unido a Ciudadano Kane. Ese primer entusiasmo ayuda a comprender los regresos del adulto: España había entrado en su vida antes de los éxitos, las disputas con los estudios y las cuentas pendientes con el fisco.

Los impuestos también dejaron su rastro documental. El inventario del archivo de su abogado L. Arnold Weissberger, conservado en la Universidad de Indiana, recoge correspondencia y papeles legales sobre las dificultades fiscales de Welles con el Internal Revenue Service.
Esos documentos forman parte de los problemas financieros de un hombre que manejaba compañías teatrales, contratos cinematográficos y proyectos que rara vez encontraban un camino sencillo hasta la pantalla. El investigador Jonathan Kirshner precisa que Welles salió de Estados Unidos en el otoño de 1947 y residió inicialmente en Italia hasta 1953. Los atrasos fiscales pesaban entonces, en un clima profesional y político también hostil. Conviene seguir ese itinerario: la salida hacia Europa tuvo una primera etapa italiana, mientras España se convirtió con el tiempo en uno de los escenarios recurrentes de su trabajo y sus amistades. Sevilla pertenecía ya a su memoria desde la adolescencia.
En suelo español rodó proyectos como Mister Arkadin, Campanadas a medianoche y Una historia inmortal; también persiguió durante años su inacabado Don Quijote. Buscaba localizaciones, financiación y margen para hacer cine a su manera, en un trabajo atravesado por las dificultades de producción. Cada regreso añadía otra capa a un vínculo que en 1987 acabaría escrito, literalmente, en tierra andaluza.

La casa de los Ordóñez
En el centro de la historia aparece Antonio Ordóñez.
Las crónicas del entierro lo muestran como anfitrión, amigo y custodio de los restos: fue él quien recibió las cenizas en su finca y quien bajó la arqueta al pozo junto a Beatrice. Su hija Carmina estaba entre los asistentes. Alrededor del cineasta se había formado una relación entre familias que sobrevivió a la distancia y, finalmente, a su muerte.
La relación con los Ordóñez tenía raíces anteriores a la muerte. El archivo de Canal Sur conserva el recuerdo audiovisual de la estancia familiar de Welles, su esposa Paola Mori y la pequeña Beatrice en Sevilla en 1961. La niña aprendió español y compartió escuela con Carmina Ordóñez. Francisco Rivera, nieto del torero, recordó que su madre llamaba al cineasta «tío Orson» y que este incluso fue alguna vez a recogerla al colegio. Esa intimidad familiar permite comprender mejor por qué fue precisamente Antonio quien abrió su casa a los restos del cineasta. La amistad tenía también esa escala doméstica, lejos de la celebridad y de las fotografías en una barrera taurina.

El cortijo guardaba su propia historia familiar.
Allí había nacido Ordóñez, según la crónica de Funcia. En su jardín se encontraba el pozo ciego que serviría de sepultura. Un lugar doméstico, unido al amigo y a su familia, terminó acogiendo los restos de Welles. La elección daba al vínculo entre ambos un espacio preciso: una casa, un jardín y el fondo de un pozo.
De Las Vegas a Madrid y de Madrid al pozo de Ronda
Antes de llegar a Ronda, las cenizas estaban en Las Vegas. Una crónica previa de El País las situó en la oficina de Beatrice Welles. Su madre, Paola Mori, ya no pudo participar en el entierro: había muerto en un accidente de tráfico en agosto de 1986.
La portada del diario del 5 de mayo informó de que Beatrice había llegado a Madrid el día anterior con las cenizas. De allí viajaron hasta la finca rondeña. Su hija llevaba a España los restos de un padre para quien aquella tierra había sido lugar de trabajo, de amistad y de felicidad.
El 7 de mayo de 1987, tres guardias civiles vigilaban la carretera junto a la entrada de El Recreo de San Cayetano. En el jardín esperaban familiares, amigos, algunas autoridades, unos veinte fotógrafos y tres equipos de televisión: el calificativo de «íntimo» convivió con los objetivos de las cámaras. El sacerdote Gonzalo Huesa pronunció un responso y unos salmos. Después Beatrice y Ordóñez sacaron la arqueta de un bolso azul marino, la besaron y la depositaron en el fondo del pozo. El torero vertió encima arena de la plaza de Ronda; otros cubos de tierra lo cubrieron. Beatrice se quedó unos minutos a solas para rezar cuando los periodistas se retiraron.

Sobre el pozo figuraba una inscripción: «Ronda, al maestro de maestros». El cronista advirtió que ni siquiera estaba claro si aquel «maestro» designaba a Welles o a Ordóñez, porque el pozo había sido regalado antes al anfitrión por el Ayuntamiento.
La dedicatoria acabó presidiendo el lugar de descanso del cineasta. Al día siguiente, 8 de mayo, Beatrice celebró su boda religiosa en la catedral de Sevilla; Antonio Ordóñez fue su padrino, según Canal Sur. Dos ritos, uno fúnebre y otro nupcial, quedaron unidos en el mismo viaje.
¿Fue realmente su última voluntad?

Las noticias de 1985 y 1987 presentaron el entierro español como un deseo de Orson Welles. Su abogado habló de ello poco después de la muerte, y Beatrice lo recordó al llegar a Madrid. Pero la propia hija introdujo años más tarde un matiz decisivo. En declaraciones recogidas por Wellesnet en 2015 dijo que su padre nunca había expresado a la familia una preferencia concreta sobre funeral o sepultura. Ella y su madre, Paola Mori, habían elegido Ronda tras considerarlo detenidamente, porque creían que allí había sido feliz y querido.
Entre aquellas noticias y el recuerdo posterior de Beatrice queda una discrepancia sobre quién eligió el destino.
El abogado afirmaba en 1985 que Welles quería ser enterrado en un pueblo español; su hija explicó en 2015 que la decisión de Ronda había sido de ella y de su madre. Los dos testimonios forman parte de la historia de sus cenizas. La fuerza de aquella despedida se conserva también al dejar abierta la pregunta sobre la última voluntad del cineasta.
Las cenizas reposan en el pozo del jardín de El Recreo de San Cayetano, dentro de una propiedad privada. Tras la muerte de Ordóñez, en 1998, parte de las suyas fue depositada en el mismo lugar, según Wellesnet. Allí se colocaron flores durante el centenario del nacimiento de Welles, en 2015. El plano final conserva la escala de aquella amistad: el gesto de una hija, la arena de un ruedo y los nombres de dos amigos reunidos alrededor de un pozo.

Fuentes y bibliografía
- Carlos Funcia, «Entierro íntimo de las cenizas de Orson Welles», El País, 8 de mayo de 1987; y «De Las Vegas a San Cayetano», 7 de mayo de 1987.
- «Las cenizas de un genio», El País, 5 de mayo de 1987; Santiago Pozo, «No se descarta que las cenizas de Welles sean esparcidas en suelo español», 17 de octubre de 1985.
- «Orson Welles Found Dead at Home» y «Private Memorial Rites Held for Orson Welles», Los Angeles Times, 10 y 14 de octubre de 1985; despacho de UPI, 13 de octubre de 1985.
- «Paola Mori; Widow of Actor Orson Welles», Los Angeles Times, 14 de agosto de 1986.
- Jonathan Kirshner, «License Revoked? Orson Welles’s Studio Films of the Mid-Forties», en The Oxford Handbook of American Film History; inventario de los papeles Weissberger, 1938-1949, Lilly Library, Universidad de Indiana.
- Documentos RNE: Orson Welles en España, maestro de la ilusión y Quijote, RTVE; archivo de Canal Sur sobre Beatrice Welles en Sevilla.
- Nuria Hernández, «Francisco Rivera: “Mi madre y Orson Welles convivieron mucho”», Vanity Fair, 23 de abril de 2021: testimonio de un miembro de la familia Ordóñez.
- «Spanish film association places flowers on Orson Welles grave», Wellesnet, 7 de mayo de 2015: declaraciones de Beatrice Welles sobre la elección de Ronda.

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