El Capitán de la mano de plata

Un artículo del Centro de Historia y Cultura Militar de Melilla

En agosto de 1920, a punto de cumplirse once años de la heroica gesta de Taxdirt, ocurrida el 20 de septiembre de 1909, se procedía a trasladar desde Zeluán al cementerio de la Purísima Concepción, los restos del que fuera comandante, ascendido a título póstumo, Antonio Ripoll Sauvalle. Se ordenó que recibiera sepultura en el nicho nº 1 de la primera fila del Panteón de Héroes, lugar en el que reposan desde entonces.

Antonio Ripoll Sauvalle en su época de cadete (Álbum de la Promoción de diciembre 1896)

Antonio Ripoll Sauvalle nació en Cartagena (Murcia) el 22 de agosto de 1881, hijo del teniente coronel Luis Ripoll Palau y de Micaela Sauvalle Gil de Aballe. Siguiendo la tradición familiar recién cumplidos los catorce años, el 29 de agosto de 1895, ingresaba como alumno en la Academia de Infantería. En septiembre del año siguiente ya había alcanzado el grado de segundo teniente y es destinado al Regimiento de Infantería España nº 46, concretamente al 2º batallón, en su ciudad natal.

En noviembre de 1897, y a petición propia marcha a Filipinas, viajando en el vapor León XIII, llegando a la capital de las islas el día 5 de diciembre. Permaneció destacado en Bianobactó, Bulacón y Manila. En 1898 solicita ir voluntariamente a la 3ª compañía del 2º batallón en las trincheras de las líneas avanzadas.

fragmento de “La paga del soldado” de Antonio Hernández Palacios

Allí recibe un impacto de bala en las piernas y en la muñeca izquierda. Hubo de ingresar en el hospital del Seminario Viejo, aunque pide el traslado al de San Juan de Dios, donde es sometido a una operación en la que se le amputa el antebrazo izquierdo a la altura de su tercio medio.

Capitán de infantería Ripoll Sauvalle

En agosto de 1898 es ascendido a primer teniente como premio a “su valor, serenidad y pericia demostrados durante el sitio de Manila”. En el mismo mes y año, el día 13 alcanza el empleo de capitán además de la concesión de la cruz roja del Mérito Militar.

Debido a su invalidez, el 27 de noviembre embarca en el Buenos Aires rumbo a Barcelona, ciudad a la que llega el día 7 de diciembre.

Quiso siempre permanecer en el servicio activo y no ingresar en el Cuerpo de Inválidos, donde con toda probabilidad habría ascendido con mayor celeridad a coronel. Pronto le fue implantada una mano de aluminio que nunca le impidió realizar sus funciones.

Ésta, según el Departamento de Historia y Cultura Militar, se conserva en el Museo del Ejército ubicado en la ciudad de Toledo. Aunque teníamos entendido que estaba en el Museo Militar de Valencia (lo comprobaremos).

Regresa a Cartagena y se incorpora nuevamente al Regimiento de Infantería España nº 46. Cuando estallan los conflictos en Marruecos en el verano de 1909, Ripoll que era “un militar de guerra y de aventura” solicita incorporarse al ejército de operaciones.

Poco tiempo permaneció en África ya que el 30 de septiembre de 1909 fallecía en el combate que se desarrolló en el Zoco Jemis de Beni bu Ifrur.

En aquella jornada Ripoll estaba al mando de la 4ª compañía del batallón de Cazadores de Figueras nº 6. Se le ordena que deje una sección destacada en retaguardia y con las otras dos debería ocupar una posición del enemigo. Pero la situación se va recrudeciendo por momentos ya que los kabileños no solo se defendían del ataque español sino que contraatacaban.

fragmento de “La paga del soldado” de Antonio Hernández Palacios

Esta circunstancia no amedrentó a Ripoll quién con las dos secciones logró atacar la posición enemiga teniendo frente a ellos a un número de hombres muy superior. En aquella encarnizada lucha el capitán murciano se lleva la mano al pecho de donde había comenzado a brotar sangre. No se detiene y continúa animando a sus hombres:

Poco después cayó mortalmente herido tras recibir otros dos balazos, en el vientre y en la cabeza. Cuando se recuperó su cadáver, quince días después, el catorce de octubre, éste presentaba múltiples fracturas en la cabeza y en las piernas.

Al parecer la mano de aluminio fue recogida por el caíd Amar de la kábila de Beni Urriaguel.

fragmento de “La paga del soldado” de Antonio Hernández Palacios

Según refirieron algunos de sus amigos dijo que “su única ilusión era ganar la Cruz Laureada de San Fernando y que no volvería a la Peninsula sin haber logrado su deseo”.

Y desde luego que vio cumplido este anhelo ya que transcurridos casi dos años, desde la fecha de su muerte, el capitán Ripoll recibía la Laureada, según se recoge en el Diario Oficial del Ministerio de la Guerra nº 124 de 8 de junio de 1911:

Circular. Excmo. Sr.: Visto el expediente de juicio contradictorio, incoado para depurar si el capitán de Infantería D. Antonio Ripoll y Sauvalle se hizo acreedor á la cruz de San Fernando, por los méritos contraídos en el combate del 30 de septiembre de 1909, en el zoco el Jemis de Beni-bu-Ifrur (Melilla), en el cual murió gloriosamente (…) de acuerdo con lo informado por el Consejo Supremo de Guerra y Marina en Pleno, y por resolución de esta fecha, ha tenido a bien conceder al capitán de Infantería D. Antonio RipoIl Sauvalle, la cruz: de segunda clase de la Orden de San Fernando, con la pensión anual de I.500 pesetas, que podrán percibir las personas de su familia á quienes corresponda según lo dispuesto en tal artículo 11 de la ley.

Fue ascendido al empleo de comandante, a título póstumo, el 7 de octubre de 1909, con antigüedad del 30 de septiembre.

Cuando falleció, el capitán Ripoll tenía sólo 28 años, estaba casado con Concepción López Martínez y tenía dos hijos: Luis y Micaela.

En El Imparcial de 16 de noviembre de 1909, aparecía publicado un artículo titulado La mano de aluminio, cuyo autor fue José Ortega y Munilla, padre del gran José Ortega y Gasset:

Nunca olvidaré el momento en que estreché las dos manos del capitán Ripoll. ¡Las dos manos! ¡Una de carne musculosa, fuerte!… ¡Otra fría, dura inmóvil!… Hallábanse las dos cubiertas de guantes de gamuza. El hombre que tendía ambas manos era uno de los más hermosos ejemplares de la raza española. Esbelto, juvenil… con todas las energías y todos los ímpetus castizos, con todos los entusiasmos que palpitan en la muchedumbre militar. Tuvo él la fortuna de acreditar, siendo muy joven, su abnegación.

En la campaña de Cuba*, un balazo traidor le dejó manco. Por su bizarría hubiera merecido un premio; por su manquedad hubiera ingresado con ascenso en el Cuerpo de Inválidos. Renunció a los beneficios por su heroísmo, rechazó con indignación las excitaciones de los que querían recoger aquel cuerpo imperfecto y aquella alma sublime como honor de la institución veneranda de los mártires… Ripoll renunció al honor como un agravio.

Aún se sentía él fuerte, aún podía pelear… Y viajó buscando al artífice que podía sustituir la mano perdida… No sé donde fue… Un día, el capitán Ripoll ciñó sobre el muñón del brazo roto un aditamento metálico, una prolongación articulada con resortes, un organismo mecánico que le daba la apariencia de hombre cabal.

fragmento de “La paga del soldado” de Antonio Hernández Palacios

Y el capitán Ripoll, que hubiera ascendido en categoría y hubiera mejorado su sueldo, renunciado a nuevas empresas e ingresando en el Cuerpo de Inválidos, consumió sus energías, fatigó a sus amistades, recordó sus triunfos de la guerra colonial, para conseguir el reconocimiento de un solo derecho: el derecho de seguir peleando. Y el manco de Cuba, el capitán de la mano de aluminio, logró por fin el honor a que aspiraba. Fue a Melilla, e ingresó en el batallón de Figueras, plantel de héroes y de víctimas.

Terminaba el mes de agosto. Un azar periodístico me llegó a Melilla, y un impulso profesional me condujo al campamento del Zoco. El teniente coronel Burguete me obligó a almorzar con la oficialidad del batallón. ¡Nunca lo olvidaré! Allí conocí al capitán de la mano de aluminio. Entonces fue cuando estreché sus dos manos. Yo, que conocía sus antecedentes militares, pude decirle sin que mis palabras significasen adulación, que en mis recuerdos literarios palpitaba aquel Cid del Norte, Goetz de Berlinchinger, el caudillo maniferro, el héroe del guantelete.

—No puedo unirme con las memorias que usted evoca —me dijo Ripoll— sino porque el héroe germánico había, como yo, perdido una mano. Pero me ofendería usted si insistiera en el recuerdo.

Y Ripoll quiso desvanecerse del concurso que le rodeaba. Fue preciso que la disciplina interviniera. Burguete, jefe del batallón, impuso a Ripoll la continuación del diálogo. Pero, más que la obediencia, había rendido la modestia del capitán Ripoll el tierno homenaje con que unos cuantos periodistas le rodeábamos.

Entonces Ripoll se nos entregó. Su alma hermosa irradió en palabras inolvidables. Me abrazó, y yo sentí que en el enlace de aquellos brazos se confundían las efusiones de un corazón amigo y los crujidos de un mecanismo. El generoso espíritu de Ripoll necesitaba, para abrazar, que la máquina artificiosa con que fue remediada la deficiencia heroica jugase entre ruidos de metal. Ripoll apartó bruscamente el brazo manco y un gestó de tristeza nubló su noble rostro.

—¡No sirvo para nada! —me dijo— ¡Se me conserva en servicio activo por misericordia!

Entonces Burguete contestó:

—Con manos se ha hecho la Historia de España. Manco Cervantes, manco Ripoll… Será preciso que todos deseemos que nos falte una mano, porque si estamos completos de brazos no podremos aspirar a las grandes glorias.

Medallón del capitán Ripoll, obra del comandante Oteiza, entregado al Museo de la Infantería (El Mundo Militar)

En un momento de emoción. Frente al campamento del Zoco se hallaba el Barranco del Lobo. A pocos metros de la mesa en que comíamos estaba la trinchera cubierta por soldados del batallón de Figueras, avanzada entonces por aquella parte de la línea de operaciones. No sé lo que ocurrió. Sonaron disparos. Salieron del Zoco grupos militares. Mientras se operaba no se alteró la tranquilidad del campamento. Entre los postres y el café desapareció de mi vista el capitán Ripoll. Sentí una gran pena de no continuar el diálogo que habíamos comenzado.

Y no se más de Ripoll: sólo sé que nació héroe. Y como héroe ha muerto.

Mientras yo viva sentiré, recordaré la extraña impresión que me produjo aquel abrazo que me dio el hombre que tenía medio brazo de metal.

Y como esa mano ha desaparecido para siempre, y al ser rescatado hace pocos días el cadáver de Ripoll, en un barranco sobre el que se desarrolló la acción del 30 de septiembre, no fue encontrado el guantelete del soldado admirable, una emoción intensa surge de mi alma. El recuerdo de aquel almuerzo en el campamento, la gloria de esa nobilísima página militar, la evocación de aquella entrevista, se juntan con el ánimo, reclamando un homenaje para el triste soldado. Así hablaba yo ayer con amigos y camaradas, y uno de ellos, artista insigne exclamó:

Reunamos entre nosotros dinero necesario para construir un guantelete de plata y roguemos a Burguete que lo coloque en el cuarto de banderas del batallón. Ese será el mejor recuerdo del capitán muerto. Esa mano de metal no será sólo una evocación del luchador intrépido, sino además un símbolo de la voluntad indomable que se impone a la desgracia y triunfa gallarda sobre las fragilidades de la materia.

Mano del capitán (foto: El Correo de Pozuelo)

*Al día siguiente el capitán de Artillería Alfredo Marquerie y Ruiz Delgado, escribía la siguiente carta al autor del artículo anterior:

  • Regimiento de Sitio
  • Cuarto de Estandartes
  • Segovia, 17 de noviembre de 1909
  • Sr. D. José Ortega Munilla:

Mi estimado señor: En el artículo de fondo del número de “El Imparcial” que hoy ha llegado a mis manos se trata de la mano de aluminio del capitán Ripoll, y noto una inexactitud que conviene rectificar. Y es que la mano que faltaba a Ripoll no la perdió en Cuba, sino en Filipinas, el día de la rendición de la plaza de Manila, el 13 de agosto de 1898, combatiendo casi a mi lado en la siguiente forma:

Aquel aciago día principio el bombardeo de la escuadra americana a las ocho de la mañana contra las trincheras comprendidas entre los blocaos 13 y 14; mandaba yo la segunda sección de la cuarta batería del sexto Regimiento de Montaña, compuesta de dos cañones Plasencia y dos morteros Maté de nueve centímetros, y mandando Ripoll una sección de veinticinco indígenas del Regimiento número 73.

Al ordenarnos la retirada, Ripoll vino a mi lado, como fuerza de protección de las piezas, sin separárseme hasta que, estando ya cerca de las puertas de la capital, se fue con su sección por una carretera que rodeaba a Melilla [Manila], y alejándose, fue a combatir denodadamente contra todo un regimiento americano que penetraba haciendo fuego por escalones.

Vi caer a Ripoll a unos 500 metros y a bastantes de los suyos. Conducido en una camilla, me enseñó la mano con un agujero en la palma de unos tres centímetros de diámetro. Después le visité en el hospital de sangre, comunicándome quince días después que la amputación era necesaria, según opinión de todos los médicos, y que se quedaba manco, lo cual sentía, más que por nada, por tener que pasar a Inválidos.

Como estuvimos cerca de un mes juntos en la trinchera, puedo certificar de sus prodigios de valor.

Ambos capitanes que compartieron duras jornadas en Filipinas también comparten eternidad en el Panteón de Héroes, Malquiere falleció el 9 de agosto de 1921 en Monte Arruit.

Interior del panteón de Héroes, Melilla

Fuente: Centro de Historia y Cultura Militar de Melilla, Ministerio de Defensa

Miguel Ángel Ferreiro

Militar de carrera, Historiador del Arte (UNED) e investigador. Entre África y Europa, como el Mediterráneo.

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