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El Pacto de Santoña, puñalada por la espalda del PNV al gobierno de la República

Uno de los sucesos más polémicos de la Guerra Civil española

En la Guerra Civil española, el PNV, a pesar de que su concepción económica, social y religiosa de la vida era más afín al bando sublevado, se puso del lado del gobierno de la República, ya que esta le garantizaba el Estatuto de Autonomía.

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Juan Negrín fue presidente del Gobierno de la República cuando se produjo el Pacto de Santoña. Fotografía tomada durante su visita al frente del Ebro en 1938. (Archivo Fundación Juan Negrín)

Los resultados electorales de 1936

En España, en las elecciones de febrero de 1936, tanto la coalición de derechas como la de izquierdas estaban seguras de ganar. Aunque algunos historiadores han puesto en duda su “transparencia” y por lo tanto su resultado. El Frente Popular triunfó en 37 circunscripciones y en todas las grandes ciudades de España; la diferencia de votos entre la izquierda y la derecha fue de 150.000 votos. Las cifras fueron las siguientes (según últimas investigaciones de Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa):

Votantes: 9.864.783 votos (el 72% del censo electoral)

Frente Popular: 4.645.116 votos

Nacionalistas vascos: 125.714 votos

Centro: 400.901

Derechas: 4.503.524

El PNV (Partido Nacionalista Vasco), partido que vamos a abordar en este artículo, obtuvo 10 escaños.

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Un guardia de asalto votando en las elecciones de febrero de 1936 (ABC)

La autonomía y la postura ante el alzamiento

Meses más tarde del alzamiento, el 1 de octubre de 1936, las Cortes aprobaron el Estatuto Vasco, y los concejales de la zona vasca leal a la República debían elegir al presidente o lehendakari. El día 7 del mismo mes, en Gernika, tras el juramento bajo el roble, José Antonio Aguirre, del PNV, fue elegido para ocupar el cargo. Inmediatamente se puso a la tarea y formó un gobierno de coalición entre el PNV y las fuerzas del Frente Popular, compuesto por cuatro consejeros del PNV, tres del PSOE, uno de ANV, uno de Izquierda Republicana, uno de Unión Republicana y uno del PCE.

Desde el PNV nunca ocultaron que además de sentir rechazo por el fascismo, estaban al lado de la República porque esta les había prometido el Estatuto de Autonomía para el País Vasco, —como así fue y se ha tratado—, pero no tenía afinidad alguna con la izquierda republicana y obrera. El nacionalismo vasco condenó el anticlericalismo existente en España. Con los sublevados compartía la defensa de la Iglesia y el rechazo a la revolución social, aunque no podían esperar mucho en cuanto a concesiones de autonomía política.

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José Antonio Aguirre durante un discurso (Wikimedia)

La mayoría de los religiosos vascos mostró resistencia al levantamiento militar, aunque el Vaticano y la Iglesia española se pusiesen de lado del general Franco. A decir verdad, el PNV no sentía entusiasmo por ninguno de los dos bandos y hubiera preferido no tener que optar por uno de ellos.

Los nacionales aborrecían cualquier cosa que sonara a separatismo, a los nacionalistas los llamaban «vasco-soviéticos». No tenía sentido para la “cruzada nacional”—así llamaban los nacionales a su lucha—, tener a los vascos católicos por enemigos, por lo que Franco llegó a decir:

Esos democristianos, menos cristianos que demócratas, que infectados por un liberalismo destructivo no son capaces de comprender esta página sublime de persecución religiosa en España que, con sus miles de mártires, es la más gloriosa que ha sufrido la Iglesia.

El arzobispo de Burgos llamaba a los religiosos vascos «la escoria del clero español, vendidos a los rojos». En un acto ceremonial en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca celebrado el 12 de octubre de 1936, también hubo duras palabras contra el nacionalismo catalán y vasco a cargo de Vicente Beltrán, de José María Pemán y del profesor Francisco Maldonado; replicado por Miguel de Unamuno. Sobre este episodio se podría decir que Unamuno lo pasó francamente mal, ya que sus críticas no gustaron mucho.

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Miguel de Unamuno (Zenda libros)

Desconfianza entre el gobierno vasco y el central

Durante la ofensiva del norte emprendida en la primavera de 1937 por parte de los nacionales, comenzaron a surgir malentendidos entre el gobierno vasco y el central. El gobierno de Valencia —ya se había trasladado de Madrid a esta ciudad— no se fiaba del todo del presidente Aguirre y temían que firmara una paz por separado, y los nacionalistas vascos sospechaban que desde Valencia había sectores que estaban tratando de impedir que se les enviara ayuda, denunciando la falta de aviones.

El gobierno central no estaba muy equivocado en cuanto a sus sospechas, el PNV había contactado con Italia y el Vaticano para que los nacionales no destruyeran Bilbao. El 6 de mayo, el Papa Pío XI había pedido al cardenal Gomá que ejerciera de mediador. Este se había entrevistado con el general Mola y obtenido la promesa de que si Bilbao se rendía no se cometerían excesos ni se llevarían a cabo represiones sangrientas. El cardenal Pacelli, secretario de Estado, envío el 12 de mayo un telegrama al lehendakari con una propuesta de paz separada para el País Vasco, pero este no se enteró de la mediación vaticana porque el telegrama fue enviado al gobierno de Valencia.

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Vista de Bilbao tras los bombardeos (Batallasdeguerra)

Un sector del PNV (Ajuriaguerra y Leizaola) trató de negociar una paz separada con los italianos, en la que las tropas italianas protegerían a la población civil de Bilbao y los nacionalistas vascos se comprometerían a evitar cualquier desorden en la ciudad. Tras la destrucción de la flota auxiliar vasca, en el bombardeo de Portugalete (junio de 1937) el gobierno vasco acordó evacuar la ciudad y volar los puentes sobre la ría para dificultar el avance de los sublevados, pero evitaban destruir la ciudad y la industria, era su tierra y su hogar. Esto no gustó nada al gobierno de la República, que prefería su destrucción antes de dejar la valiosa industria vasca en manos enemigas.

El pacto de Santoña

Ajuriaguerra continuó con las gestiones para conseguir la protección italiana a través de Roma. Enviados del PNV se entrevistaron con el conde Ciano, ministro de asuntos exteriores italiano, con el que llegaron a un acuerdo el 24 de agosto de 1937. Por parte de los italianos, garantizarían la vida de los combatientes vascos y autorizarían la salida al extranjero de los políticos y funcionarios que se encontrasen en el territorio de Santoña y Santander. Por parte de los vascos, depondrían las armas y entregarían el material a las fuerzas italianas, liberando también a los prisioneros que se encontraban en su poder.

Los dirigentes del PNV calcularon mal y pecaron de ingenuos, porque pensaban que rindiéndose a los italianos —aliados de los nacionales—, podrían eludir las seguras represalias de Franco y no quedar mal ante el gobierno de la República, que imagínese el lector como le pudo sentar esta maniobra. Curiosamente, y a pesar de esto, el gobierno vasco no sufrió ninguna crisis ni fulminó su relación con el de la República, porque este último sacó partido de este pacto para denunciar la farsa de la «no intervención» demostrando la presencia de tropas italianas en España.

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Tropas italiananas combatiendo entre Almadrones y Masegoso (Cajón de sastre)

Para desgracia del gobierno vasco, en cuanto los nacionales llegaron a Santoña declararon el pacto como no válido y ordenaron bajar a los soldados vascos que ya se habían embarcado en dos buques ingleses aparejados por el gobierno vasco. A esto le siguieron juicios sumarísimos y el fusilamiento de 14 prisioneros, entre los que había seis nacionalistas vascos.

El pacto de Santoña terminó convirtiéndose en una rendición incondicional, tanto por la imposibilidad material de aplicarlo en poco tiempo como por el retraso en la llegada de los barcos de rescate, que de los catorce barcos previstos para llevar a los vascos al extranjero, sólo llegaron tres a Santoña.

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Vista de Santoña en la actualidad (Turismo de Santoña)

Fuentes:

Antony Beevor (2005). La guerra civil española

S. De Pablo (2003). La guerra civil en el País Vasco

Etiquetas
Euskadi guerra civil II República PNV

Antonio José Pérez Sánchez

Empresario y exmilitar. Mi pasión es la Historia, ya desde pequeño mis primeras lecturas eran sobre personajes y acontecimientos históricos, y hoy sigo con esa sed infinita de conocimientos históricos. Amante de la Historia, del deporte y del Real Betis Balompié. Devorador insaciable de libros.

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