La figura de Carlos II de España ha estado envuelta históricamente en una serie de mitos que lo dibujan como un monarca enfermo, incapaz y el principal responsable del hundimiento de la monarquía hispánica. Sin embargo, cuando los historiadores acuden a las fuentes primarias y a los archivos, la realidad que emerge es muy distinta. Lejos de la caricatura, descubrimos a un rey plenamente consciente de su papel y a una época que experimentó importantes recuperaciones.
¿Era realmente un rey incapaz y enfermo?
Contrario a la creencia popular, Carlos II no fue un gobernante inútil. Poseía una inteligencia normal, participaba activamente en los negocios de Estado, resolvía consultas del Consejo y recibía a los embajadores con total conciencia de su dignidad regia.
En cuanto a su salud, la imagen de un rey constantemente decrépito es falsa. Si bien tuvo algunos problemas en la infancia —algo lamentablemente común dada la alta mortalidad infantil del siglo XVII—, gozó de un estado de salud normal desde su adolescencia hasta bien entrada la década de 1690. Fue concretamente en 1696 cuando contrajo una malaria mal curada que deterioró su estado general durante los últimos cuatro años de su vida, un periodo final que ha definido su imagen para la posteridad de forma muy injusta .
Lejos de estar postrado, era un hombre sumamente activo al que le apasionaba cazar lobos. Los embajadores destacaban su destreza en el manejo del arcabuz, una afición heredada de su padre.
El origen de la “fake news” del hechizo
El infame apodo de “El Hechizado” surge precisamente en esos últimos años de vida. Enfermizo y sin hallar cura médica hacia 1698, Carlos II llegó a plantear a su confesor la posibilidad de estar bajo un maleficio.
Esto no era producto de la locura, sino el reflejo de la mentalidad de una sociedad profundamente devota. De hecho, este tipo de anécdotas descontextualizadas fueron utilizadas posteriormente por la Ilustración para cimentar la leyenda negra española y atacar la religiosidad barroca de la época. Hay que recordar que figuras todopoderosas contemporáneas, como Luis XIV de Francia o el emperador Leopoldo, también creían firmemente en los hechizos.

Un imperio inmenso que no estaba en decadencia
La idea de una decadencia generalizada bajo su reinado es un reduccionismo histórico. Aunque Castilla arrastraba problemas económicos, otros inmensos territorios de la monarquía como la Corona de Aragón, Nápoles, Milán, Flandes y los virreinatos americanos vivían etapas de gran esplendor. A nivel cultural, su reinado fue efervescente, viendo el apogeo de Calderón de la Barca y de pintores como Luca Giordano o Claudio Coello.

Económicamente, Carlos II tuvo que hacer frente a las desastrosas finanzas heredadas del reinado de Felipe IV, arruinadas por décadas de guerra constante en Europa. Para solucionarlo, impulsó reformas valientes. A través de medidas como las del duque de Medinaceli y la pragmática de la plata del conde de Oropesa (1686), se atajó el problema de la inflación de la moneda de vellón y se estabilizó el sistema financiero, propiciando una evidente recuperación.
A nivel territorial, el imperio no solo no se desmoronó ante el empuje de Francia, sino que las posesiones en América se expandieron sustancialmente hacia el sur de los actuales Estados Unidos (Texas, Nuevo México, Arizona y la Baja California) y en el Pacífico mediante la conquista de las Islas Marianas. Paradójicamente, Carlos II dejó al morir una monarquía territorialmente más extensa que la que gobernó el mismísimo Carlos V.
La sucesión: ¿Por qué reinó un Borbón?
La llegada de Felipe V al trono tras su muerte no fue producto de una invasión extranjera, sino la aplicación estricta de la legalidad. Carlos II aplicó la antigua ley sucesoria castellana (las Partidas de Alfonso X), que primaba la cercanía de sangre . Al anularse unas renuncias previas, su familiar carnal más cercano resultó ser el nieto de su hermana mayor. Felipe V obtuvo la corona por legítimo derecho familiar, muy por delante del archiduque Carlos.
En definitiva, al quitar la pátina del mito, el gobierno de Carlos II se descubre como un periodo de firme estabilización, consolidación territorial y riqueza que merece ser contado con rigor histórico.





