

El Reto Histórico · Egipto antiguo
Hatshepsut: por qué intentaron borrar de la historia a la gran faraona de Egipto
Un templo, una cantera y las huellas de una decisión tomada veinte años después de su muerte.
Comenzar la historiaLas estatuas no desaparecieron por completo.
Durante las excavaciones del siglo XX en Deir el-Bahari, junto al camino procesional del templo de Hatshepsut, aparecieron fragmentos de granito y piedra caliza amontonados en una antigua zona de cantera. Había cabezas, torsos, coronas, piernas y partes de las grandes figuras osiríacas que habían formado parte del monumento. Algunas habían sido arrancadas de los muros; otras, rotas y depositadas allí.
El lugar conserva la huella física de una decisión tomada en el Egipto de la dinastía XVIII: apartar de los monumentos oficiales la imagen y el nombre de una faraona.

Hatshepsut había muerto hacia 1458 a. C. y había gobernado Egipto durante cerca de dos décadas. Fue regente de su joven sobrino Tutmosis III y después asumió la titulatura y la imagen de un rey, gobernando junto a él. Mandó levantar obeliscos, restauró santuarios, impulsó el extraordinario templo de Deir el-Bahari y dejó grabada en sus muros la expedición a Punt, una de las escenas más famosas de la historia del Egipto antiguo.
Sin embargo, aproximadamente veinte años después de su muerte, sus imágenes comenzaron a ser alteradas, sus cartuchos fueron eliminados en determinados monumentos y una parte de su estatuaria acabó retirada del templo.
Durante mucho tiempo se explicó como una venganza de Tutmosis III contra su tía. El intervalo de veinte años obliga a considerar también las circunstancias dinásticas de un reinado que llegaba a su final.
La cantera donde terminó una parte de su imagen
El templo funerario de Hatshepsut, conocido en la Antigüedad como Djeser-Djeseru, «el más sagrado de los sagrados», se levanta al pie de los acantilados de Deir el-Bahari, en la orilla occidental del Nilo frente a la antigua Tebas.
Era un edificio concebido para durar. Sus terrazas, rampas, pórticos y santuarios transformaban el borde del desierto en una gran escenografía religiosa y dinástica. Quien avanzaba hacia el templo encontraba a la soberana una y otra vez: como faraón, como esfinge, como oferente y como figura osiríaca ligada al dios de los muertos y de la renovación.
El Metropolitan Museum of Art conserva fragmentos hallados por su expedición egipcia en las décadas de 1920 y 1930. La ficha de una cabeza de estatua osiríaca permite seguir el recorrido con una precisión estremecedora: pertenecía a una figura adosada al santuario de Amón, fue arrancada y destrozada aproximadamente dos décadas después de la muerte de Hatshepsut y sus restos acabaron arrojados en la cantera situada junto a la calzada del templo.
Los fragmentos conservan las huellas de su retirada del monumento. El contexto de la cantera permite relacionar esas piezas con la transformación posterior del templo y de la memoria de su fundadora.

La mujer que llegó a gobernar como faraón
Hatshepsut pertenecía al núcleo más alto de la familia real. Era hija de Tutmosis I y de la gran esposa real Ahmose; se casó con su medio hermano Tutmosis II y ocupó los títulos religiosos y palatinos propios de una reina de la dinastía XVIII.
Cuando Tutmosis II murió, el heredero era un niño: Tutmosis III, hijo del faraón y de una esposa secundaria. Hatshepsut asumió primero la regencia. Era una salida reconocible dentro de la política dinástica egipcia: una mujer de la casa real podía proteger el trono hasta que el nuevo rey alcanzara la edad necesaria para ejercerlo.
Al cabo de pocos años adoptó una titulatura regia completa, tomó el nombre de trono Maatkara y ocupó la posición de rey junto a Tutmosis III. No borró al joven faraón de todos los documentos ni gobernó fingiendo que no existía: la realidad fue una corregencia desigual, en la que ella se convirtió en la figura regia principal.
El cargo faraónico reunía autoridad política y religiosa. Hatshepsut adoptó el lenguaje, las ceremonias y la imagen que permitían reconocer a quien debía sostener el orden del reino.

Por qué aparece con barba y cuerpo de rey
Las representaciones más tempranas podían conservar rasgos femeninos y títulos propios de una reina. Con el tiempo, en cambio, la vemos con el faldellín ceremonial, el tocado nemes, la barba postiza y el cuerpo idealizado que empleaba la iconografía de los faraones varones.
La barba postiza era una insignia del oficio faraónico. El cuerpo idealizado del rey expresaba el orden que debía sostener el mundo, la maat; su función iba más allá de reproducir la apariencia cotidiana de la soberana.
Una de las grandes estatuas arrodilladas de su templo la representa precisamente como el rey joven e ideal, ofreciendo maat a Amón. La inscripción y la imagen trabajan juntas. Hatshepsut se presenta como quien garantiza verdad, justicia, estabilidad y orden cósmico; no como una anomalía al margen de la monarquía, sino como su expresión legítima.
Es una de las razones por las que su programa visual fue tan poderoso. Su sexo no se ocultó por completo, pero la función regia debía reconocerse inmediatamente en piedra.

Deir el-Bahari: un templo para fabricar memoria
Deir el-Bahari no era un simple sepulcro monumental. Era un espacio ritual vinculado al culto de Amón, a la memoria real y a las grandes procesiones de Tebas. Durante la Bella Fiesta del Valle, la imagen del dios cruzaba el Nilo desde Karnak y llegaba a la orilla occidental; el templo de Hatshepsut formaba parte de aquel paisaje sagrado.
Su arquitectura concentraba un mensaje muy claro. Las terrazas se elevaban mediante rampas en un eje que conducía hacia los santuarios; en las fachadas y pórticos aparecían decenas de esculturas reales. El templo no escondía a Hatshepsut en una cámara funeraria. La exponía.
La investigación del Metropolitan Museum subraya además una innovación esencial: el elemento real se trasladó al exterior con una espectacular concentración de estatuas, mientras el santuario central se dedicaba a Amón-Re. La faraona se insertaba así en una genealogía de reyes y, al mismo tiempo, convertía su propia imagen en parte inseparable del ritual.
Por eso el ataque posterior no puede reducirse a una cuestión estética. Modificar el templo era intervenir sobre la memoria pública del poder.

La expedición a Punt que dejó grabada en las paredes
En el pórtico meridional de la terraza media sobrevive una de las grandes escenas del reinado: la expedición a Punt. Los relieves muestran naves, delegaciones, mercancías, árboles de incienso y el regreso a Egipto. Es la representación más extensa conocida de una expedición egipcia a aquel territorio.
La fecha que acompaña el ciclo se sitúa en el año 9 del cómputo de Tutmosis III, durante la corregencia. Punt no ha podido localizarse con total precisión en un punto del mapa moderno, aunque los estudios suelen situarlo en las regiones meridionales vinculadas al mar Rojo y al Cuerno de África.
Lo importante es que el viaje no se narra como una aventura exótica. Es una demostración de capacidad regia. La expedición consiguió bienes de enorme valor ritual —entre ellos productos aromáticos e incienso— y el templo convirtió aquel intercambio en una imagen de prosperidad, contacto y favor divino.
En una de las escenas se transportan árboles de incienso con sus raíces. La imagen tiene algo de prodigio: una soberana que no solo trae objetos remotos a Egipto, sino que intenta llevar consigo una parte viva de aquel paisaje distante.
El relieve también explica por qué Hatshepsut fue recordada como una gran constructora y administradora. Su reinado no dejó la huella épica de las campañas asiáticas de Tutmosis III, pero sí levantó un lenguaje de poder basado en los templos, el comercio, las ceremonias y la abundancia.
- Hacia 1458 a. C.Muere Hatshepsut.
- Unos veinte años despuésComienza la campaña de alteraciones.
- Siglo XXLa arqueología recupera los fragmentos.
El dato que cambia la historia de la venganza
Tutmosis III sobrevivió a Hatshepsut y gobernó solo durante más de tres décadas. La eliminación de sus imágenes empezó mucho después de la muerte de la reina, cuando las circunstancias dinásticas y políticas habían cambiado.
En Karnak existe una pista decisiva. Una pared mandada levantar por Tutmosis III cubrió una escena ya mutilada de Hatshepsut y lleva una inscripción correspondiente al año 42 de su reinado. Ese dato permite situar el inicio de la campaña de alteraciones casi veinte años después de la muerte de la faraona.
El reinado había cambiado. Tutmosis III se encontraba al final de su vida política y la cuestión de la continuidad dinástica adquiría una importancia nueva. Su hijo, Amenhotep II, debía afianzar su posición. Para varios especialistas, la eliminación de Hatshepsut pudo ayudar a presentar una sucesión masculina y lineal: Tutmosis I, Tutmosis II, Tutmosis III y su heredero, sin el incómodo precedente de una mujer que había ejercido plenamente como rey.
La relación con la sucesión de Amenhotep II es una de las interpretaciones historiográficas. La cronología y las sustituciones de nombres permiten estudiarla, aunque las fuentes conservadas no explican de forma directa el motivo de la campaña.
¿Venganza, sucesión o una operación religiosa?
La campaña contra la memoria monumental de Hatshepsut fue real. En Karnak se alteraron relieves de su VIII pilono, se desmontó y modificó su Capilla Roja, se ocultaron bases de obeliscos y se atacaron otros programas arquitectónicos. En Deir el-Bahari, estatuas y escenas fueron retiradas, dañadas o sustituidas.
En algunos monumentos su nombre fue reemplazado por el de Tutmosis I o Tutmosis II, no solo por el de Tutmosis III. Ese detalle encaja mejor con una operación destinada a reconstruir una genealogía que con una simple apropiación personal. En otros puntos, la obra se cubrió, se desmontó o se reutilizó. Y hubo espacios en los que la memoria de Hatshepsut no fue eliminada de manera completa.
La pregunta sigue abierta porque la política egipcia y la religión egipcia no pueden separarse con una línea limpia. Una estatua no era una decoración inerte: era una presencia ritual. Retirarla, quebrarla en determinados puntos o depositarla podía responder también a formas de desactivación religiosa antes de su reutilización o enterramiento.
No todas las fracturas cuentan la misma historia
Una investigación publicada en 2025 por el arqueólogo Jun Yi Wong ha obligado a mirar de nuevo los fragmentos de Deir el-Bahari. El estudio observa que muchas esculturas de Hatshepsut fueron quebradas por cuello, rodillas, tobillos o cintura, patrones que también aparecen en estatuas de otros faraones halladas en el mismo entorno.
Wong distingue la alteración de nombres e imágenes regias de las fracturas producidas al retirar, desactivar o reutilizar esculturas. Su estudio ayuda a reconstruir las diferentes intervenciones que terminaron reuniéndose en el depósito de Deir el-Bahari.
Parte del daño pudo producirse al retirar figuras adosadas al edificio; otra parte, durante reutilizaciones posteriores o procesos de desactivación ritual. De hecho, varias cabezas encontradas en el depósito conservaban el rostro prácticamente intacto.
Las ruinas reúnen daños de momentos y causas distintas. La cantera conserva tanto la campaña contra la presencia regia de Hatshepsut como los efectos de posteriores decisiones sobre sus monumentos.
¿Cómo murió Hatshepsut?
Su muerte sigue siendo otra de las zonas oscuras de su historia. Las fuentes de su reinado dejan de mencionarla y Tutmosis III pasó a gobernar en solitario, pero no conservamos un relato contemporáneo que explique qué enfermedad o qué circunstancia puso fin a su vida.
En 2007, una misión egipcia propuso identificar como Hatshepsut una momia hallada en la tumba KV60, en el Valle de los Reyes, mediante la comparación de un diente con una caja inscrita con el nombre de la faraona. El Museo Nacional de la Civilización Egipcia la presenta hoy como Hatshepsut. Aun así, convertir esa identificación en una explicación definitiva de su muerte sería ir demasiado lejos.
El intento de borrado no consiguió vencer
La operación tuvo consecuencias profundas. Durante siglos, las listas reales y numerosos monumentos ofrecieron una sucesión en la que Hatshepsut parecía desvanecerse. Sin embargo, nunca desapareció por completo. El sacerdote egipcio Manetón, que escribió en época ptolemaica, todavía registró un largo reinado femenino al comienzo de la dinastía XVIII.
Y las piedras de Deir el-Bahari conservaron lo que nadie pudo eliminar del todo.
Las excavaciones devolvieron cabezas, manos, coronas y torsos a las salas de los museos. Las inscripciones supervivientes permitieron reconstruir la expedición a Punt. Las rampas del templo siguen subiendo hacia los acantilados de Tebas. Y los relieves todavía muestran a una soberana que había comprendido algo esencial sobre el poder: un rey debía gobernar, pero también debía ser visto gobernando.
Hace más de tres milenios intentaron retirar esa imagen de los muros de Egipto.
Hoy Hatshepsut vuelve a ocuparlos.
Fuentes y bibliografía
Fuente de partida: Marian Vermeulen, «10 Fascinating Facts About the Woman Who Ruled Ancient Egypt as a King», The Collector, 2026. Utilizada como punto de partida y contrastada con fuentes museísticas y académicas.
Metropolitan Museum of Art, «Hatshepsut: From Queen to Pharaoh», exposición y recursos de investigación.
Metropolitan Museum of Art, «Head of an Osiride Statue of Hatshepsut», ficha de colección, objeto 31.3.155.
Dieter Arnold, «Model of the Temple of Hatshepsut at Deir el-Bahri», Metropolitan Museum of Art, 2023.
Digital Karnak / University of California, Santa Cruz, guía histórica de Karnak, apartado sobre Hatshepsut y Tutmosis III.
Jun Yi Wong, «The afterlife of Hatshepsut’s statuary», Antiquity, 2025.
Polish–Egyptian Archaeological and Conservation Expedition, «Middle Portico South (Portico of Punt)», Templo de Hatshepsut en Deir el-Bahari.
Ministerio de Turismo y Antigüedades de Egipto, información sobre la momia de Hatshepsut.
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