
Durante décadas, un sarcófago de granito sin inscripción permaneció en silencio dentro de la necrópolis real de Tanis, en el Delta oriental del Nilo. No tenía nombre, no tenía rostro, no tenía una cartela que indicase a quién debía pertenecer aquella piedra pesada y muda. Era una de esas preguntas que la arqueología deja abiertas, como una puerta entornada en mitad de una tumba.
Ahora, más de ochenta años después de las excavaciones de Pierre Montet, un hallazgo vuelve a colocar a Tanis en el centro de la egiptología: una misión arqueológica franco-egipcia dirigida por Frédéric Payraudeau, de la Sorbona, ha localizado 225 ushebtis de Shoshenq III en la cámara norte de la tumba de Osorkon II. Las figurillas aparecieron en buen estado, protegidas entre capas compactas de limo, junto a aquel sarcófago anónimo que llevaba demasiado tiempo esperando una respuesta.

Tanis, la capital que escondía a sus reyes
Tanis, la antigua San el-Hagar, fue durante siglos una ciudad de ruinas dispersas, columnas caídas y piedras reutilizadas. A simple vista, nada parecía anunciar que bajo el recinto del gran templo de Amón descansaba una de las necrópolis reales más importantes del Tercer Periodo Intermedio.
Pierre Montet comenzó allí sus excavaciones sistemáticas en 1929. El gran descubrimiento llegó en 1939, cuando localizó la tumba NRT-I, asociada a Osorkon II, y poco después el conjunto NRT-III, donde apareció la cámara intacta de Psusennes I. Aquel faraón fue hallado dentro de un sarcófago de granito rosa, con ataúd antropomorfo de plata, máscara funeraria de oro y joyas de una riqueza asombrosa. Pero la Segunda Guerra Mundial apagó el eco de Tanis. Mientras Europa entraba en llamas, los faraones del Delta quedaron sin la celebridad mundial que sí había acompañado a Tutankhamon en 1922.


En total, Montet identificó siete tumbas reales en Tanis, tres de ellas sin expolio antiguo. Con ello demostró que los reyes del Delta habían mantenido una cultura funeraria de enorme sofisticación, aunque su tiempo político estuviera marcado por fragmentaciones, rivalidades dinásticas y reutilizaciones constantes de monumentos.
El misterio del sarcófago sin nombre
El nuevo hallazgo se produjo dentro del complejo funerario de Osorkon II, en la cámara norte de la tumba NRT-I. Allí, al este de un sarcófago de granito sin inscripción, aparecieron las 225 figurillas funerarias. Las inscripciones jeroglíficas de varias de ellas incluyen el nombre real de Shoshenq III, presentado como amado de Amón e hijo de Bastet.
Ese detalle cambia mucho. Durante años se había pensado que Shoshenq III, faraón de la Dinastía XXII, pudo estar vinculado a otra tumba de Tanis, la NRT-V. Sin embargo, la presencia de este conjunto junto al sarcófago anónimo abre una posibilidad mucho más sugerente: que el rey hubiese sido enterrado finalmente en la tumba de Osorkon II, reutilizando un espacio funerario anterior.

La hipótesis aún debe tratarse con cautela. Payraudeau ha señalado que todavía no puede afirmarse con plena seguridad si Shoshenq III fue depositado directamente en esa cámara o si parte de su ajuar funerario fue trasladado allí más tarde para protegerlo del robo.
Qué eran los ushebtis y por qué importan tanto
Los ushebtis de Shoshenq III no eran simples adornos. En el Egipto faraónico, estas pequeñas figuras funerarias acompañaban al difunto para servirle en la otra vida. En periodos más antiguos, los shabtis actuaban como sustitutos mágicos del muerto. Durante el Tercer Periodo Intermedio, su papel se transformó: pasaron a concebirse como servidores llamados a responder cuando el difunto necesitara realizar trabajos en el Más Allá.

Su nombre remite precisamente a esa idea de responder. Cada figura era, en cierto modo, un criado diminuto de eternidad. Algunos llevaban aperos agrícolas; otros reproducían la apariencia idealizada de un trabajador. En las tumbas reales y de élite podían formar auténticos grupos de servicio, casi una pequeña administración funeraria preparada para obedecer al rey cuando fuera convocada.
En Tanis, el conjunto es especialmente importante por tres razones: por su número, por su conservación y por su inscripción. No son piezas aisladas sacadas de contexto, sino un grupo numeroso, hallado en posición arqueológica significativa y vinculado por escrito a Shoshenq III.

Un detalle inesperado: más de la mitad son figuras femeninas
Hay un aspecto que llama poderosamente la atención: más de la mitad de los ushebtis hallados son femeninos. Payraudeau ha descrito esta circunstancia como excepcional en un enterramiento real, ya que estas figurillas suelen representarse como trabajadores masculinos.
La explicación no está cerrada. Podrían representar servidoras de la casa real, mujeres vinculadas al entorno cortesano o actividades asociadas a tareas textiles. También cabe pensar en una intención simbólica más amplia: reproducir no solo una fuerza de trabajo, también el séquito doméstico completo que debía acompañar al faraón en la vida eterna.
Una disposición en forma de estrella
El modo en que aparecieron colocadas las figurillas añade otra capa de interés. Los excavadores observaron que muchas conservaban su posición original, dispuestas en hileras alrededor de una fosa trapezoidal próxima al sarcófago. El patrón formaba una especie de composición estrellada en los laterales de la cámara.

Esto es raro. La mayoría de tumbas egipcias han sufrido robos, inundaciones, movimientos de materiales, reutilizaciones o alteraciones posteriores. Encontrar un conjunto que parece conservar parte de su colocación funeraria original permite comprender mejor cómo se organizaba el ajuar dentro de una tumba real del Tercer Periodo Intermedio.
No estaban allí arrojados como objetos sobrantes. Fueron colocados con intención. Y esa intención, más de dos mil setecientos años después, empieza a leerse de nuevo.
Shoshenq III, un rey largo para un tiempo inestable
Shoshenq III reinó aproximadamente entre 825 y 773 a. C., durante casi medio siglo. Fue uno de los grandes monarcas de la Dinastía XXII, con actividad constructiva en Tanis y un papel destacado en un tiempo político complejo. Egipto ya no era el bloque compacto de otras épocas. El poder se repartía, se discutía y se negociaba entre linajes, sacerdocios, ciudades y centros regionales.
Ese contexto ayuda a entender por qué un faraón pudo acabar enterrado en una tumba anterior o por qué su ajuar pudo trasladarse. No siempre había recursos, estabilidad o margen político para levantar un gran proyecto funerario independiente. En ocasiones, la eternidad también dependía de la oportunidad.
La aparición de los 225 ushebtis de Shoshenq III junto al sarcófago sin inscripción podría resolver una vieja pregunta: quién ocupó realmente aquella cámara. Pero también plantea otras nuevas. ¿Fue un enterramiento improvisado? ¿Un traslado de seguridad? ¿Una reutilización planificada del espacio funerario de Osorkon II?

Tanis sigue hablando
El hallazgo se produjo durante trabajos de conservación destinados a proteger la necrópolis real de Tanis. El yacimiento, situado en una zona de alta humedad y afectado por problemas de sales, requiere medidas constantes de estabilización, limpieza arquitectónica y protección de estructuras. Entre las actuaciones previstas figuran una cubierta moderna sobre las tumbas reales y trabajos de desalación.
Además, la misión ha localizado nuevas inscripciones en la misma cámara. Su estudio podría aclarar cómo se usó y reutilizó el complejo funerario durante la Dinastía XXII. Es decir, los ushebtis no son el cierre del caso, son el comienzo de una investigación más profunda. Tanis tiene esa cualidad de los grandes lugares arqueológicos: parece agotada y, de pronto, vuelve a hablar.
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