
Pocas piezas condensan tan bien la grandeza y la fragilidad del antiguo Egipto como el ataúd de madera de cedro en el que apareció la momia de Ramsés II. Su rostro tallado, sereno y poderoso, ha dado la vuelta al mundo en exposiciones y catálogos.
Pero ese ataúd, convertido hoy en una de las imágenes más reconocibles del faraón, encierra una ironía histórica: no fue creado originalmente para él.

Ramsés II, tercer faraón de la XIX dinastía, reinó durante casi siete décadas y proyectó su nombre sobre templos, estatuas y relieves como pocos soberanos de la Antigüedad.
Su sepultura en el Valle de los Reyes debió de estar concebida con una riqueza acorde a esa memoria monumental. Es probable que sus contenedores funerarios más íntimos, como ocurrió con Tutankhamón, incluyeran metales preciosos. Sin embargo, los saqueos antiguos arrasaron buena parte de aquel ajuar. El oro desapareció, las tumbas fueron profanadas y los sacerdotes tuvieron que actuar con urgencia para salvar lo esencial: el cuerpo del rey.
La momia de Ramsés II fue hallada en 1881 en el llamado depósito real de Deir el-Bahari, conocida como TT320, una tumba reutilizada cerca del templo de Hatshepsut. Aquel escondite funerario fue una solución desesperada y piadosa: reunir en un lugar más seguro los cuerpos de reyes, reinas y altos personajes cuyas tumbas originales habían sido violadas.
Allí, lejos del esplendor con el que habían sido enterrados, varios soberanos del Reino Nuevo fueron depositados de nuevo, envueltos en vendas, textos y silencios.

El ataúd de Ramsés II pertenecía a esa historia de rescate. La pieza, de madera importada y de talla finísima, parece anterior al propio faraón. Los estudios estilísticos han señalado rasgos propios de finales de la XVIII dinastía, con Horemheb como uno de los candidatos más sugerentes.
La forma del rostro, la delicadeza de las orejas y ciertos detalles asociados a la moda posterior al periodo de Amarna apuntan hacia un origen distinto. Incluso el uraeus, la cobra real situada sobre la frente, habría sido añadido más tarde, durante la reutilización del ataúd.

Esa segunda vida funeraria no fue un simple apaño. Fue un acto de memoria. Los sacerdotes de la XXI dinastía, enfrentados a un paisaje de tumbas saqueadas, reorganizaron los restos reales y dejaron sobre los ataúdes inscripciones en hierático que registraban los traslados y nuevas inhumaciones. En el caso de Ramsés II, varias anotaciones mencionaban esas operaciones de “repetir el enterramiento”, una expresión que revela hasta qué punto el descanso del faraón tuvo que ser defendido una y otra vez.
La paradoja resulta poderosa: el rey que quiso fijar su nombre en la piedra terminó viajando a la posteridad dentro de un ataúd ajeno. No era ya el oro lo que garantizaba su inmortalidad, sino la voluntad de quienes, siglos después de su muerte, aún lo consideraban digno de protección. Aquel rostro tallado, quizá pensado para otro soberano, acabó convertido en la máscara histórica de Ramsés el Grande.
Hoy, el ataúd suele vincularse al Museo Nacional de la Civilización Egipcia de El Cairo y ha formado parte de la exposición internacional Ramses and the Pharaohs’ Gold, donde se presenta como una de las piezas más impactantes del recorrido.

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