La leyenda de los siete durmientes

Montañas, bosques, cavernas e incluso lagunas, no son cosas ajenas al misterio. Las mitologías de todas las culturas del mundo recogen en torno a ellas diferentes historias, la mayoría de las veces relacionadas con el otro mundo.

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Las cuevas y cavernas

Nuestros ancestros creían que las cuevas eran puertas a otros mundos, que guardaban secretos de la otra vida o misterios de otros tiempos. Algunas conducían a ciudades de civilizaciones en el interior de la tierra, aunque la mayoría creía que llevaban hacia el “otro mundo”, el reino de los muertos. Los ermitaños y chamanes, de diferentes lugares del mundo, las escogían como retiro. Eran el lugar perfecto para meditar y poder llegar a la iluminación.

Los indios americanos creían en los espíritus de la naturaleza, al igual que los celtas, dotando a cada ser o cosa que en ella habitaba de un espíritu. Decían que las rocas y las montañas transmitían una especial energía, eran puntos telúricos. De ahí que muchas montañas, con sus grutas, se consideren sagradas.

(c) narandel
(c) narandel

La cueva de los siete durmientes

Una de esas cuevas telúricas, y sagradas, se encuentra cerca de Éfeso (Turquía) en las laderas del monte Pion (Panayr Dağ). Hoy conocida como “La cueva de los siete durmientes“.

Según la leyenda, que llegó a nosotros a través de los textos del bizantino Simeón Metafraste —un “recopilador” de leyendas cristianas que vivió en la última mitad del siglo X —, el breve emperador Decio (249-251 d.C.) acudió a Éfeso para comprobar si los cristianos cumplían una de sus leyes: el sacrificio al emperador y a los dioses.

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Simeón Metafraste

Exigió realizar ante el ese sacrifio, pero siete cristianos llamados Maximillium, Jamblichos, Martín, Juan, Dionisio, Exakostodianos, y Antoninos (los nombres varían dependiendo de la fuente ) se negaron.

El emperador les dio un tiempo para que se retractaran y reflexionaran, avisando de que el no cumplimiento del mandato supondría su condena a muerte. Pero en ese tiempo, decididos a no realizar el sacrificio, regalaron todas sus pertenencias, excepto unas monedas, y se refugiaron en una cueva, en la que permanecieron orando, esperando a ser encontrados por los soldados del emperador, según cuenta Gregorio de Tours: “para preparase para su muerte”.

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Cuando el emperador Decio regresó, mandó buscar a los cristianos. Tras localizarlos en la cueva, pudieron ver como permanecían profundamente dormidos, y ordenó sellar la entrada con piedras, para enterrarlos vivos. Cuando los hombres del emperador terminaron de sellar la cueva, un cristiano escribió en las piedras los nombres de los mártires y su historia.

El tiempo pasó y todo quedó en el olvido. Muchos años después, cuando el imperio ya era cristiano, un ganadero local mandó abrir la cueva para utilizarla como establo y… los siete muchachos se despertaron. Ninguno se había dado cuenta del tiempo que había pasado, creyendo todos que solamente había transcurrido un día.

Uno de los hombres, Diomedes bajó a la ciudad a comprar algo de comida. Querían comer algo antes de entregarse a los soldados de Decio, que los estarían buscando. Pero cuando el cristiano llegó a la urbe vio que había cruces sobre los templos. Se extrañó, y pensó que quizás se había convertido Decio al cristianismo.

Moneda del emperador Decio
Moneda del emperador Decio

Cuando pagó la comida el tendero se extrañó al recibir unas monedas tan antiguas, de un emperador ya olvidado, Decio. La gente comenzó a mirarlo ¿Quién era este desconocido?

El obispo y el prefecto son avisados de la presencia de este extraño y acuden a su encuentro. Tras hablar con el, suben a la cueva para hablar con los otros seis y le muestran la inscripción. ¡Habían estado dormidos siglos!

El emperador Teodosio II el joven—, fue avisado de este extraño milagro, y acudió lo más pronto que pudo a la cueva. Curiosamente, tras intercambiar palabras con este emperador, los hombres fallecieron.

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Teodosio, testigo del milagro, ordenó que la cueva fuera decorada con piedras preciosas y que en sobre ella se edificara una iglesia, además de preparar 7 tumbas de oro para colocar en su interior. Pero los hombres se le aparecieron en un sueño pidiedo ser enterrados en el suelo de la cueva, y allí fueron enterrados.

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Esta leyenda aparece en una de las “Cantigas de Santa María” de Alfonso X el Sabio, pero también en otro texto más curioso: en el Corán. El libro sagrado del islam narra la misma historia, a su manera, en la Surah 18 Al Kahf (De La Caverna). En la historia islámica no se detalla el número, aunque la tradición afirma que son 7, y que un perro vigilaba la gruta que esta vez se localizaba en Amán, Jordania, en un hipogeo romano-bizantino.

En la gruta de Amán, custodiada por dos mezquitas, afirman custodiar 7 sarcófagos bizantinos con los auténticos 7 durmientes. La tradición sobre la ubicación de la cueva se extiende desde el mundo oriental hasta el occidental existiendo supuestas cuevas incluso en España —según mitos andalusíes— o en Inglaterra.

Los siete durmientes fueron canonizados, y la iglesia cristiana los tiene en su santoral. En ambas culturas, los siete se mencionan como una prueba de la resurrección del cuerpo.

Miguel Ángel Ferreiro

Militar de carrera, Historiador del Arte (UNED) e investigador. Entre África y Europa, como el Mediterráneo.

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