El primer uso del papel moneda en España

Hay cosas que damos por sentadas, pero que no siempre fueron tan obvias. Hoy nos parece perfectamente normal pagar algo con un billete de 5, 10, 20, o más euros, sin embargo no deja de ser un trozo de papel de algodón que tiene un valor por convención social aceptada, el valor intrínseco de ese trozo de algodón hecho papel no es la gran cosa. 

(foto: todocolección)

No hace tantas décadas se podía ver en los billetes la siguiente inscripción El Banco de España pagará al portador la cantidad de acompañando el retrato de un personaje ilustre de la historia de España, como Don Felipe II en los viejos billetes de cien pesetas.

Este texto nos da la idea de la función de los billetes de banco. No tenían un valor per se, sino que eran certificados que permitían recibir una cantidad determinada de dinero en metálico, siendo lo de metálico enteramente literal.

El desarrollo de los billetes de banco regulados por un banco central aparece en Europa en el año 1661 de la mano del Banco de Suecia, pero con anterioridad había formas de hacer que las transacciones de grandes cantidades de dinero o a grandes distancias pudieran hacerse de manera más cómoda.

La sede del banco de Suecia de 1682 a 1906

En la Edad Media surgen las letras de cambio y otros instrumentos similares para que los comerciantes tuviesen mayor comodidad y seguridad en sus trayectos. Un trozo de papel es mucho más fácil de ocultar que un arcaz cargado de monedas, por no decir que es mucho más fácil de llevar, amén de menos atractivo para los salteadores.

Imagínense la escena. Un rico mercader flamenco se dirige hacia Barcelona para hacer sus negocios, pero al pasar a la altura de Tours se ve asaltado por unos encartados con la habitual intención delictiva. Preguntado el comerciante, responde que no lleva apenas moneda. Los bandidos lo registran y se encuentran con un trozo de papel con el siguiente texto:

En el nombre de Dios, el 18 de diciembre de 1399, pagaréis contra esta primera carta a Brunaccio y cía. 472 libras y 10 escudos de Barcelona, las cuales 472 libras y 10 escudos que valen 900 escudos a 10 sueldos y 10 dineros por escudo han sido depositadas aquí por Riccardo degli Alberti y cía. Pagadlos en buena y debida forma y ponedlos a mi cuenta. Que Dios os guarde.

Guglielmo Barbieri. Vale desde Brujas.

Quentin Massys, “The Tax Collectors”

Los forajidos tienen la opción de dirigirse a Barcelona a intentar cobrar esa letra de cambio, lo cual les supone un viaje largo con sus consiguientes gastos. No les merece la pena.

Este tipo de instrumento acabó transmutándose en los billetes de banco, que no eran nominales sino al portador, como nos recuerda el texto de los billetes del Banco de España. Y así volvemos a España, donde tuvo lugar un suceso notable en Alhama de Granada.

El conde de Tendilla estaba en Alhama como alcaide de la fortaleza en el año 1483 cuando se encontró sorprendido por el asedio de las tropas del rey de Granada. En un momento dado las tropas amenazan con amotinarse si no cobran las soldadas que se les adeudan. Ahí se da la intervención imaginativa del Gran Conde de Tendilla, que encuentra una manera de saldar esas deudas a pesar de no tener efectivo en ese momento por las cosas del asedio.

Retrato del militar y político castellano Íñigo López de Mendoza y Quiñones (1440-1515), que fue el primer marqués de Mondéjar y el segundo conde de Tendilla.

La situación debió parecer bastante confusa y como tal lo atestigua el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo en su Batallas y Quinquagenas, donde tenemos este diálogo entre el sereno y el alcaide (que es el propio Oviedo):

SERENO- Decidme ahora cómo se paga gente de guerra sin dineros, que parece cosa imposible.

ALCAYDE- Había días que no se daba dinero a la gente que el conde allí tenía, y los soldados de mala gana lo comportaban y se quejaban del rey y del conde, y era la murmuración ya tan desvergonzada, que faltó poco de se amotinar, y desamparar la ciudad. Y como el conde sintió eso, pensó un muy lindo entretenimiento y forma de paga de todo lo que se le debía a la gente de guerra, y dioles moneda sin dineros de justo valor y peso. Y de la forma que para ello tuvo fue que hizo muchos albalaes, firmados de su nombre, de diversos precios y en cantidad así de un ducado como de más y menos cuantía, y repartiéronse en aquel valor que el conde les puso, y mandó que todos los bastimentos, sin se los subir ni encarecer más de como estaban, se les diese por aquella moneda o albalaes: y prometió y dio su fe como caballero, de no salir de Alhama sin pagar todas aquellas monedas y firma, cuando después se le tornasen, y así lo cumplió y pagó todo después en su tiempo, sin quedar a deber cosa alguna de cuanto había firmado.

El conde de Tendilla ejerció durante un breve tiempo como banco, emitiendo unos albalaes al portador con unas cantidades determinadas. Estos documentos tenían el mismo valor que la cantidad que ahí estaba escrita en tanto que era un hecho conocido que el conde de Tendilla tenía medios de sobra para pagar esas deudas. Durante el asedio de Alhama se usaron los albalaes de Tendilla como moneda, y al acabar, cada uno con su papel en el que figuraría un texto como:

Don Íñigo López de Mendoza, conde de Tendilla, alcaide de la fortaleza de Alhama, pagará al portador de este su albalá la cantidad de un ducado. Dado en Alhama. 

Firmado, el Conde.

Cobró sus deudas. Es de suponer que luego Don Íñigo le explicó lo ocurrido al rey Fernando y vio sus deudas saldadas con relativa puntualidad en efectivo o mediante juros sobre alcabalas.

Bibliografía:

  • Fernández de Oviedo, Gonzalo, Batallas y Quinquagenas, Madrid: Real Academia de la Historia, 1983, pp. 250-51.
  • Geist, Charles R., Encyclopedia of American Business History, Nueva York: 2005.
  • Labal, Paul, Histoire 4, Paris: Hachette, 1959, pág. 203.

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