La avenida de Huelva vuelve a abrir una ventana bajo el asfalto de Badajoz.
Durante los trabajos arqueológicos desarrollados esta semana han aparecido nuevos enterramientos islámicos que amplían el área ya conocida de la maqbara localizada en intervenciones anteriores. La noticia es importante para la arqueología de Badajoz, porque permite medir mejor la extensión y la historia de un espacio funerario que la ciudad moderna había ocultado.
La datación comunicada por la Consejería de Cultura, Turismo y Deportes sitúa de forma preliminar los nuevos enterramientos entre los siglos X y XII. Ese arco cronológico atraviesa algunos de los momentos decisivos de la Badajoz andalusí: el desarrollo de Batalyaws, su consolidación como enclave del occidente de al-Ándalus y la transformación política que siguió a la desaparición del califato cordobés.
La excavación ha sacado además a la luz una estructura en ángulo. Por el momento se interpreta como una posible dependencia de la posterior ermita de Santa Marina, fechada entre los siglos XV y XVI. Es una hipótesis de trabajo, pendiente de que la excavación y el estudio de los materiales definan con precisión su función y cronología. Bajo una misma avenida se superponen, por tanto, varios tiempos de la ciudad.

Nuevas tumbas islámicas en Badajoz, dentro de una maqbara ya conocida
En las fases anteriores de la intervención ya se habían documentado numerosos enterramientos de rito islámico.
El avance actual no altera esa identificación: la refuerza y prolonga. Cada tumba nueva ayuda a dibujar el perímetro real de la maqbara y a entender cómo se ordenó este sector en relación con la ciudad medieval.
La palabra árabe maqbara designa un lugar de enterramiento. En al-Ándalus, estos cementerios se situaban habitualmente fuera de los espacios de habitación, junto a caminos, puertas o áreas periféricas. Lo que hoy percibimos como centro urbano de Badajoz ocupaba entonces una posición distinta dentro del paisaje de la ciudad. Las tumbas son una prueba material de aquella geografía desaparecida.
Esta localización encaja con las primeras conclusiones difundidas durante la excavación: el cementerio se extendía en la periferia de la ciudad andalusí, en el entorno exterior de la Alcazaba. No es un detalle menor. La posición de una maqbara puede ayudar a reconstruir por dónde crecía una medina, qué caminos salían de ella y qué espacios quedaron reservados para los vivos y para los muertos.

La Badajoz andalusí que explica el cementerio
Hacia 875, el muladí emeritense Ibn Marwān al-Yillīqī, enfrentado al poder de Córdoba, obtuvo un acuerdo que le permitió establecerse en el cerro de la Muela, junto al Guadiana. Allí transformó un asentamiento rural —que las fuentes describen como abandonado o de escasa entidad— en la nueva madina de Baṭalyaws.
La fundación estuvo ligada a un desplazamiento de población desde Mérida. La ciudad nueva recibió a gentes emeritenses y a los partidarios de Ibn Marwān, mientras la antigua capital regional iniciaba una pérdida de peso que acabaría alterando el equilibrio político del occidente de al-Ándalus. No fue una fundación desde la nada, sino la creación deliberada de un nuevo centro de poder sobre un lugar con ocupaciones previas.
Aquella elección reunía defensa, acceso a recursos y control de las comunicaciones del occidente peninsular. La fortificación inicial y el núcleo urbano crecieron hasta formar Batalyaws, una ciudad que ocupó una posición estratégica en la frontera occidental de al-Ándalus.

En el siglo XI, tras la fragmentación del califato, Badajoz se convirtió en capital de una taifa gobernada por la dinastía aftasí. Su territorio alcanzó una enorme extensión y la ciudad adquirió un peso político y cultural que todavía se reconoce en sus murallas, su topografía y las noticias de las fuentes medievales. Las nuevas tumbas pertenecen al mismo paisaje urbano de aquella capital, aunque no permitan asignar por sí mismas a cada individuo una identidad concreta.
La continuidad de la ocupación durante los periodos almorávide y almohade también importa. La cronología preliminar de los enterramientos —entre los siglos X y XII— abarca varias etapas políticas y sociales. Solo el estudio estratigráfico, antropológico y, cuando sea posible, las dataciones absolutas podrán afinar cómo evolucionó la maqbara a lo largo de esos siglos.

Qué puede contar una maqbara a la arqueología
Una tumba no ofrece solo una fecha. La orientación de la fosa, la postura del cuerpo, la existencia o ausencia de ajuar, la reutilización del espacio y las relaciones entre sepulturas permiten reconocer prácticas funerarias y cambios en el uso del cementerio. En las maqābir andalusíes son frecuentes las inhumaciones en fosas sencillas, con el difunto dispuesto de acuerdo con el rito islámico y sin ostentación funeraria.
Después llegan las preguntas que requieren laboratorio. El análisis bioantropológico puede identificar edades, sexos biológicos, señales de enfermedad, actividad física o alimentación. Los estudios isotópicos y genéticos, cuando la conservación lo permite y se plantean dentro de un proyecto adecuado, pueden abrir nuevas vías sobre movilidad y parentesco. Nada de ello puede adelantarse para los individuos hallados esta semana.
Las lesiones de fases anteriores no definen a las nuevas tumbas
En los trabajos previos se observaron lesiones en algunos individuos que permitieron formular hipótesis sobre posibles muertes violentas. Es un asunto que deberá estudiarse con cautela y caso por caso. Las nuevas tumbas no pueden ser presentadas como enterramientos de guerreros, soldados ni víctimas de un episodio bélico: por ahora, la novedad confirmada es su aparición dentro de la extensión conocida de la maqbara.
Esa distinción es esencial. La arqueología obtiene respuestas a partir de una secuencia: documentación de campo, análisis de los restos, comparación con otros contextos y publicación de resultados. Adelantar conclusiones convierte una excavación en relato; respetar ese proceso permite que la historia sea más sólida.

La estructura de Santa Marina: otra capa bajo la avenida
La aparición de una estructura en ángulo añade una segunda línea de investigación. Según la información trasladada por la Consejería y recogida por la prensa local, podría relacionarse con dependencias vinculadas a la ermita de Santa Marina, de los siglos XV y XVI. La propuesta encaja con la transformación de este sector tras el final de la etapa andalusí, pero necesita confirmación arqueológica.
Este tipo de superposición es una de las claves del yacimiento. El cementerio islámico no quedó aislado en el tiempo: el terreno siguió siendo reutilizado, modificado y finalmente absorbido por la ciudad contemporánea. La avenida de Huelva permite observar una secuencia compleja en pocos metros: un espacio funerario medieval, posibles estructuras de época moderna y las infraestructuras que hoy recorren el subsuelo.
El estudio de la maqbara de la avenida de Huelva permitirá afinar la relación entre esa zona funeraria y el crecimiento de Batalyaws. Mientras continúen los análisis, la conclusión más firme es también la más sugerente: el subsuelo de Badajoz conserva el plano de una ciudad andalusí que todavía estamos aprendiendo a leer.
Fuentes y bibliografía
- Extremadura 7 Días, «Las incógnitas que dejan los nuevos hallazgos de la excavación de la avenida de Huelva», 1 de septiembre de 2026.
- El País, «Seis tumbas del pasado islámico de Badajoz aparecen bajo el asfalto en pleno centro de la ciudad», 5 de mayo de 2026.
- Onda Cero Badajoz, «Hallan trece esqueletos y muros históricos en las obras de la avenida de Huelva de Badajoz», 1 de septiembre de 2026.
- Ayuntamiento de Badajoz, «Alcazaba».
- Arroyo Iglesias, Raúl, Génesis y evolución de una fortificación andalusí: la alcazaba de Badajoz (875-1230). Nuevas aportaciones arqueológicas, UNED, 2022.
- López Cruz, Olimpia, «Áreas cementeriales y registros funerarios altomedievales y de época hispano-musulmana», Arqueología y Territorio Medieval, 2019.
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