El puente romano de Alcántara parece pertenecer a una sola edad: la de Trajano, la de los grandes sillares de granito y la de una obra levantada para desafiar la corriente del Tajo. Sin embargo, basta mirar con atención una de las inscripciones de su arco para descubrir otra historia, mucho más discreta y durante largo tiempo olvidada. Entre las letras latinas sobrevivieron grafitos árabes medievales, trazos mínimos que devuelven al monumento su vida durante los siglos de al-Ándalus.
El episodio comenzó a salir a la luz en 1858, cuando el mal estado de uno de los arcos obligó a desmontarlo. En medio de la documentación de las obras aparecieron inscripciones árabes grabadas sobre la lápida romana dedicada a Trajano. Se hicieron dibujos y moldes, se enviaron noticias a Madrid y, con el tiempo, casi todo aquel conjunto se desvaneció de la memoria historiográfica. No desapareció la piedra; desapareció la posibilidad de leerla con claridad.

El hallazgo que las obras de 1858 dejaron al descubierto
La intervención decimonónica afectó al arco situado en la cabecera meridional del puente. La Comisión Central de Monumentos investigó entonces si debía reconstruirse y qué hacer con las inscripciones que lo adornaban. Un dibujo de Alejandro Millán, fechado el 28 de enero de 1859, registró la lápida latina y señaló la presencia de una docena de pequeños textos árabes, aunque no llegó a copiarlos uno por uno.
Aquel documento resulta decisivo. La inscripción romana, visible y solemne, ocupaba todo el espacio; los grafitos se escondían entre sus grandes letras, incisos con una escala de apenas centímetros. No eran añadidos modernos ni una pieza aislada trasladada desde otro lugar: formaban parte de la historia material del propio arco. La reconstrucción posterior, la distancia y la dificultad de acceder a la zona hicieron que volvieran a quedar fuera de la mirada de los investigadores.

El problema se agravó con los moldes. Dos vaciados que se atribuían al Museo Arqueológico Nacional hoy figuran como desaparecidos, mientras que el molde del texto más largo, conservado en la Real Academia de la Historia, llegó demasiado deteriorado para permitir un análisis fiable. Por eso la investigación depende de fotografías antiguas, estampaciones y dibujos que no siempre fueron realizados pensando en una escritura tan fina.
Un mensaje grabado dentro de la memoria de Roma
El grafito más llamativo ocupa un hueco entre la I de CAESARI y la D de DIVI, en el primer renglón de la dedicatoria romana. Se desarrolla en nueve líneas y su escritura, un cúfico inciso de trazo cuidado, sugiere una fecha posterior a mediados del siglo XI. Incluso se aprecia, por encima del texto, el dibujo de la cabeza y la parte anterior de un caballo.

Su lectura ha dado más de un giro. Las traducciones del siglo XIX creyeron reconocer a al-Mutamid, el célebre soberano sevillano; el estudio de Sophie Gilotte propuso en cambio leer al-Mu’tadd bi-llah, una corrección pequeña en apariencia que cambia el problema histórico. Las fuentes numismáticas y textuales permiten vincular ese título a la familia abadí, probablemente a Abu Bakr Abd Allah, hijo de al-Mutamid y personaje mal conocido, presentado por la poesía cortesana como guerrero.
La sombra de un combate en el Levante andalusí
La inscripción menciona a un Abd Allah ibn Walid, quizá relacionado con Tortosa, y sitúa una acción en el territorio de Lorca, frente a un personaje que podría ser Alvar Fáñez. También aparece un nombre de lugar, Salvatierra, que no ha podido identificarse con seguridad. La propuesta más sólida entiende que el verbo alude a un combate, no a un simple encuentro. Aun así, el texto no autoriza a convertir cada nombre en una certeza.

Su horizonte encaja con los años tensos que siguieron a la toma castellana de la fortaleza de Aledo. Hacia 1088, aquella posición próxima a Lorca se convirtió en un foco de presión militar y política sobre las taifas del Levante. El asedio fracasó entre rivalidades, intereses cruzados y problemas de abastecimiento. Esa fragilidad del poder andalusí ayuda a comprender por qué un episodio local, quizá contado por un protagonista o por un testigo, mereció ser fijado sobre piedra. Para situar aquel clima bélico resulta útil el mapa de expediciones andalusíes que conserva la amplitud de aquellos movimientos.
La prudencia es aquí esencial. Salvatierra continúa sin una localización convincente y el primer nombre del texto presenta lagunas. Tampoco sabemos si la inscripción relata literalmente un hecho ocurrido o si recoge una memoria con elementos épicos. El préstamo de un caballo, por ejemplo, era un motivo heroico común a tradiciones medievales cristianas e islámicas. Pero una dosis de tradición no anula necesariamente un fondo histórico: puede ser precisamente la forma que adoptó el recuerdo de una derrota, una retirada o una jornada de armas.

Por qué se escribía en un arco romano
La ubicación también deja una pregunta reveladora. Hoy cuesta imaginar a alguien grabando allí nueve líneas de texto, pero el arco no tuvo siempre la misma fisonomía. La investigación epigráfica ha planteado que la estructura romana fue incorporada a una fortificación islámica, de modo que la lápida pudo quedar al alcance desde un camino de ronda o desde una estancia. Autores árabes del siglo XII describieron Alcántara como fortaleza; la escritura, por tanto, no se hizo en un vacío monumental, sino en un lugar vivido y defendido.
El puente ofrece así una lección de historia mucho más rica que la imagen de una ruina inmóvil. La obra romana siguió siendo paso, referencia y soporte de memoria para quienes habitaron la frontera medieval.
En sus bloques convivieron la dedicatoria imperial, las reparaciones de siglos posteriores y los nombres de hombres que quisieron dejar rastro de su tiempo. También la defensa de al-Ándalus frente a la incursión vikinga recuerda hasta qué punto sus espacios estratégicos tuvieron historias sucesivas y no una sola identidad.
Descubre más desde El Reto Histórico
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


