
Hay descubrimientos que no los hace la épica, sino la casualidad: un árbol arrancado de cuajo, raíces al aire, y bajo la tierra —como un mal secreto— la ciudad de los muertos. Eso es lo que ha ocurrido en la zona de villas de Svishtov, en el norte de Bulgaria, cuando un propietario, al retirar un árbol caído, dejó al descubierto sepulturas antiguas y dio aviso a las autoridades. La excavación de urgencia sacó a la luz cinco estructuras funerarias: dos tumbas de cista (cajas de lajas de caliza), una tumba de cámara con ladrillo y piedra, una fosa simple y una cremación en fosa con evidencias de fuego. Cuatro eran inhumaciones.

Pero lo que vuelve el hallazgo verdaderamente jugoso —de esos que hacen salivar a epigrafistas y a cualquiera que ame la historia con uñas y dientes— es que varias de esas tumbas se construyeron reutilizando estelas funerarias romanas: piedra con nombre, rango y patria, convertida siglos después en pared, cubierta o simple relleno. Spolia funerario, memoria degradada a material de obra.
La necrópolis occidental de Novae: una frontera con botas claveteadas
El lugar no es cualquiera. La excavación confirmó que el cementerio pertenece a la necrópolis occidental de Novae, el gran campamento legionarios situado en la orilla derecha del Danubio, una de las llaves del limes del bajo Danubio (la frontera norte de Moesia Inferior). Novae está a pocos kilómetros de Svishtov y fue uno de esos enclaves donde Roma no “pasaba”: se quedaba.
Sobre la fundación del campamento hay una versión clásica —mediados del siglo I d. C., con la Legio VIII Augusta y el cambio posterior a la Legio I Italica en época flavia— y también discusión académica sobre qué unidad levantó qué y cuándo, especialmente en la transición de fases en madera/tierra a obra más permanente. Dicho de forma honesta: el cuadro general es sólido, pero los detalles finos se siguen afinando.

Lo que sí sabemos es que Legio I Italica quedó ligada a Novae durante siglos, formando ese mundo mixto de disciplina castrense y vida civil que crece alrededor: artesanos, comerciantes, familias, tabernas, talleres, y al final, inevitablemente, cementerios. (Wikipedia)
Tumbas del siglo II–III… construidas con estelas de soldados
Las dos cistas (tumbas de lajas) son el corazón del caso, porque en ellas aparecen las estelas recicladas.

1) La cista con un centurión: Gaius Valerius Verecundus (Legio I Italica)
En una de las cistas se reutilizó una lápida parcialmente conservada del centurión Gaius Valerius Verecundus, de la Legio I Italica. La noticia subraya que el epitafio —en verso— lo describe como alguien “duramente oprimido por el destino”, una fórmula que, sin ser rara en el mundo romano, siempre deja un regusto humano: no es el bronce de la victoria; es la intemperie de la vida militar.

En esa misma estructura se reaprovecharon otros monumentos latinos:
- La estela del veterano Marcus Marius Patroclus, natural de Iconium (la actual Konya, en Turquía), decorada con signa, los estandartes militares.
- Y otra losa vinculada a una mujer, Aelia Basilia, erigida por su hermano Publius Aelius Bassus, también veterano de la Legio I: el texto la llama soror pientissima, “hermana virtuosísima”.
2) La cista con una estela casi intacta: Gaius Alpinius Secundus (Legio XI Claudia)
La segunda cista ofrece, según los arqueólogos, la reutilización mejor conservada: su pared oriental se formó con la lápida de Gaius Alpinius Secundus, hijo de Gaius, originario de Colonia Agrippina (la actual Colonia, Alemania) y soldado de la Legio XI Claudia.
Además, una de las cubiertas conservaba un fragmento de epitafio que recuerda a un veterano con 25 años de servicio y fallecido a los 60.
Saqueadas desde antiguo: cuatro inhumaciones y una cremación con apenas ajuar
Todas las sepulturas se datan en los siglos II–III d. C. y estaban expoliadas, ya en la Antigüedad o en tiempos modernos. Lo que quedó es poca cosa, pero muy elocuente para el registro: una aguja de hueso, dos fíbulas de bronce y un fragmento de huso (o pieza asociada al hilado). Los restos óseos aparecieron removidos y serán revisados por antropología; las inscripciones, por su parte, siguen en estudio para su registro y análisis completos.

Qué nos dice, de verdad, la piedra reutilizada
El reaprovechamiento de estelas en tumbas posteriores no es solo “reciclaje” práctico. En un cementerio militar como el de Novae puede apuntar a varias cosas (que no se excluyen):
- Desmantelamiento antiguo de tumbas previas: la propia noticia sugiere que sepulturas anteriores ya habían sido desmontadas en época romana o tardoantigua, dejando las losas disponibles.
- Economía de materiales: una estela es caliza trabajada; cuesta dinero. En contextos de obra humilde, la tentación de reutilizar es grande.
- Cambio social y de memoria: cuando la comunidad que recuerda a “ese” centurión desaparece, la lápida pierde su carácter sagrado y se vuelve… piedra. Dura, útil, indiferente.
Y, aun así, ironías de la historia: el nombre que se pretendía preservar acaba sobreviviendo, precisamente, porque alguien lo convirtió en pared.



