En la antigua ciudad de Hadrianópolis, en Karabük, los arqueólogos han documentado por primera vez en esta región interior del mar Negro una tumba de tipo pithos, con restos humanos, ajuar funerario y una moneda del emperador Probo.
Hay hallazgos que no impresionan por el oro ni por el mármol, pero obligan a mirar de nuevo un territorio entero. En las excavaciones de Hadrianópolis, en el distrito de Eskipazar, provincia turca de Karabük, ha aparecido una de esas piezas discretas y reveladoras: una sepultura realizada dentro de un gran recipiente de cerámica, un pithos funerario, fechada hace unos 1.750 años. El hallazgo fue anunciado por el equipo dirigido por el profesor Ersin Çelikbaş, de la Universidad de Karabük, dentro de los trabajos arqueológicos y de restauración que se desarrollan en la antigua ciudad.

La tumba contenía un esqueleto, siete recipientes cerámicos, una lámpara, una moneda, un cuchillo y dos broches de hueso. La moneda pertenece al emperador romano Probo, que gobernó entre los años 276 y 282 d. C.; por eso, el enterramiento se sitúa con bastante seguridad hacia finales del siglo III, en plena etapa tardorromana.
Una tumba dentro de una vasija
Un pithos era un gran recipiente de barro utilizado en la Antigüedad para almacenar alimentos, líquidos o productos agrícolas. En algunos contextos, estas grandes vasijas fueron reutilizadas como contenedores funerarios. El cuerpo podía colocarse en su interior en posición encogida, con el recipiente dispuesto horizontal o verticalmente bajo tierra.
La práctica se conoce en varias zonas de Anatolia desde épocas muy antiguas, pero el caso de Hadrianópolis de Paflagonia resulta especialmente importante porque, según Çelikbaş, no se había documentado hasta ahora una sepultura de este tipo en el interior occidental del mar Negro. Es decir, no hablamos solo de un enterramiento romano más: hablamos de una forma funeraria que abre una ventana inesperada a los ritos de una región todavía poco conocida.

La moneda de Probo: una fecha escondida entre los muertos
La moneda encontrada en la tumba es una de las claves del descubrimiento. Al pertenecer al emperador Probo, permite fechar el enterramiento en el último cuarto del siglo III d. C. Este detalle es fundamental, porque convierte la sepultura en un pequeño documento histórico: alguien fue enterrado en Hadrianópolis durante una etapa compleja del Imperio romano, cuando las provincias anatolias seguían conectadas a redes comerciales, militares y administrativas que atravesaban montañas, valles y rutas interiores.

No estamos ante una tumba aislada en medio de la nada. Hadrianópolis se encontraba en un punto de contacto entre Paflagonia, Bitinia y Galacia, a unos tres kilómetros al oeste de la actual Eskipazar, en el área conocida como Viranşehir. Las investigaciones oficiales la identifican como una ciudad relevante en las rutas comerciales de la región, con ocupación prolongada desde fases muy antiguas hasta época romana y bizantina.
Siete vasijas, una lámpara y dos broches de hueso
El ajuar también habla. Entre los objetos recuperados destacan siete recipientes cerámicos, una lámpara, un cuchillo y dos broches de hueso. Estos últimos han llevado al equipo a plantear que la persona enterrada pudo ser una mujer, aunque esa interpretación tendrá que confirmarse con el estudio antropológico de los restos.
Especial interés tienen las cerámicas identificadas como Pontic Sigillata, una producción de vajilla fina de tono rojizo vinculada al ámbito del mar Negro. Según el equipo de excavación, este tipo de cerámica aparece en varios sectores de Hadrianópolis, lo que refuerza la idea de una ciudad conectada con circuitos económicos más amplios de lo que podría sugerir su posición interior.

Hadrianópolis, la ciudad de los mosaicos
La antigua Hadrianópolis no es una recién llegada al mapa arqueológico. El lugar, llamado a menudo la “Zeugma del mar Negro” por la riqueza de sus mosaicos, conserva restos de iglesias paleobizantinas, baños, estructuras urbanas, áreas funerarias y pavimentos decorados. Los datos oficiales sitúan la ciudad en un amplio territorio que abarca varias aldeas actuales, con restos concentrados en torno a Budaklar y Hacı Ahmetler.
En los últimos años, las campañas han sacado a la luz nuevos mosaicos y espacios monumentales. En 2025, por ejemplo, se anunció el hallazgo de una sala pavimentada con mosaicos, interpretada como posible espacio de recepción vinculado a un complejo palacial tardorromano. Aquellos pavimentos, con pavos reales, motivos geométricos y otros diseños, mostraban hasta qué punto la ciudad había alcanzado una notable prosperidad en época bajoimperial.
El nuevo pithos funerario añade ahora otra dimensión: la de los muertos. Frente a los mosaicos, que hablan de prestigio, liturgia o poder urbano, esta tumba introduce una pregunta más íntima: cómo se despedía a una persona en la Hadrianópolis romana del siglo III.

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