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Escuela de Frankfurt: ¿advirtió lo que le ocurre hoy a Europa?

En julio de 1933, la Gestapo cerró el Instituto de Investigación Social de Frankfurt. Había nacido diez años antes para estudiar la sociedad; ahora, el régimen nazi lo consideraba una amenaza. Sus investigadores habían comenzado a salir de Alemania y el instituto acabaría encontrando refugio en Nueva York. La institución que intentaba comprender la dominación tuvo que aprender también a sobrevivir a ella.

De aquel entorno surgió la Escuela de Frankfurt, una corriente que abrió una grieta en la confianza europea en el progreso. Max Horkheimer, Theodor W. Adorno y sus compañeros se enfrentaron a un enigma incómodo: cómo una civilización capaz de acumular ciencia, cultura y riqueza podía producir, al mismo tiempo, obediencia, persecución y barbarie. La pregunta atravesó sus libros y todavía encuentra lectores que reconocen en ellos parte de su propio mundo.

Su origen pertenece a los años veinte, aunque muchas de sus obras decisivas llegaron después, entre los treinta y los sesenta. Leerlas hoy permite encontrar semejanzas con la sociedad del consumo, las plataformas digitales y el deterioro del debate público. Más que anticipar acontecimientos concretos, identificaron mecanismos de poder y conformismo que pueden reaparecer bajo tecnologías distintas.

Max Horkheimer y Theodor Adorno conversan en Heidelberg en 1964, con Jürgen Habermas al fondo
Horkheimer y Adorno en Heidelberg, 1964; Habermas al fondo. Jeremy J. Shapiro.

1923: el nacimiento de la Escuela de Frankfurt

El instituto se fundó en 1923, financiado por Felix Weil, y abrió su primer edificio en junio de 1924. Su primer director, Carl Grünberg, lo orientó hacia la historia del socialismo, del movimiento obrero y de la economía. La Alemania de aquellos meses conocía la hiperinflación: los billetes se llenaban de ceros mientras el valor del dinero se evaporaba. La incertidumbre tenía una expresión mucho más inmediata que cualquier tratado filosófico.

El marxismo proporcionaba el punto de partida, pero la historia reciente había planteado un problema. La revolución rusa de 1917 no había inaugurado una cadena imparable de revoluciones triunfantes en Occidente. Había que comprender por qué sociedades atravesadas por desigualdades profundas podían mantenerse y conseguir adhesiones. La fotografía de la Semana de Trabajo Marxista de Geraberg, de 1923, reúne a varios participantes del entorno fundador, entre ellos Weil y Friedrich Pollock.

En su discurso de 1931, Horkheimer propuso reunir filosofía, economía, sociología y psicología en un mismo programa de investigación. La Zeitschrift für Sozialforschung, aparecida en 1932, se convirtió en su instrumento de difusión. El exilio trasladó ese trabajo a Columbia en 1934; la reconstrucción de posguerra permitió inaugurar una nueva sede en Frankfurt en 1951. Aquella trayectoria explica por qué resulta imposible encerrar toda la escuela en una sola década.

Fotografía de grupo de la Semana de Trabajo Marxista celebrada en Geraberg en 1923
Semana de Trabajo Marxista de Geraberg, 1923. Autor no identificado.

El cambio de paradigma: estudiar también los deseos y la obediencia

El giro consistió en ampliar la investigación sobre la dominación. Las relaciones económicas seguían siendo esenciales, pero también lo eran la educación, la familia, el miedo, la autoridad y la cultura cotidiana. Para explicar la estabilidad de un orden social había que estudiar tanto sus instituciones como las disposiciones de quienes vivían dentro de él. El poder podía encontrar apoyo entre personas que sufrían sus consecuencias.

Ese diálogo reunió referencias diferentes: Karl Marx para la crítica del capitalismo; Sigmund Freud para explorar impulsos y conflictos psíquicos; Max Weber para entender la racionalización de la vida moderna, y Friedrich Nietzsche para interrogar la cultura y sus valores. Integrar esas influencias no produjo una doctrina sin fisuras. La denominación «Escuela de Frankfurt» agrupa una tradición de discusión, con desacuerdos entre autores y generaciones.

Horkheimer dio una formulación decisiva a ese programa en Teoría tradicional y teoría crítica (1937). Investigar la sociedad exigía examinar también los fines de la investigación y las condiciones que la hacían posible. En términos cotidianos, medir cuánto produce una fábrica deja abierta otra cuestión: cómo se organiza ese trabajo, quién decide y quién recibe sus beneficios. La teoría crítica pretendía convertir esas preguntas en conocimiento capaz de favorecer la emancipación.

Sigmund Freud sentado con un cigarro, en un retrato de Max Halberstadt hacia 1921
Sigmund Freud hacia 1921. Max Halberstadt.

La razón podía perfeccionar los medios y olvidar los fines

La conmoción del fascismo obligó a revisar una promesa central de la modernidad: que el avance del conocimiento traería necesariamente una humanidad más libre. Horkheimer y Adorno elaboraron Dialéctica de la Ilustración, cuyo primer texto circuló en 1944 y cuya edición de 1947 consolidó su difusión. Su problema era explicar cómo la razón podía volverse contra aquello que prometía liberar.

La expresión razón instrumental ayuda a entenderlo: calcular los medios más eficaces para alcanzar un objetivo sin someter ese objetivo a examen. Una administración puede clasificar con precisión y actuar con rapidez, pero esas capacidades no dicen por sí mismas si lo que hace es justo. La radio ofrecía otra imagen de aquella ambivalencia: una herramienta capaz de llevar conocimiento a los hogares podía convertirse en vehículo de propaganda.

La crítica exigía que la razón reflexionara sobre sus propios usos. Su utilidad actual aparece cuando la eficiencia ocupa todo el vocabulario de una decisión y quedan fuera sus consecuencias humanas. Mejorar una herramienta, aumentar su rendimiento o automatizar un procedimiento resuelve ciertos problemas; determinar qué merece hacerse sigue siendo una cuestión distinta. Ahí permanece una de las fracturas que Frankfurt puso sobre la mesa.

Receptor de radio alemán Volksempfänger VE301W, modelo de 1933, con caja oscura y altavoz frontal
Receptor Volksempfänger VE301W, modelo de 1933. Hihiman.

La industria cultural: cuando el entretenimiento también organiza la vida

Horkheimer y Adorno observaron el cine, la radio y las revistas estadounidenses desde el exilio. Con industria cultural describieron una producción de entretenimiento organizada mediante empresas, fórmulas repetibles y criterios de rentabilidad. Les interesaba cómo aquel sistema configuraba expectativas y hábitos. Incluso el tiempo dedicado a descansar podía quedar integrado en el mismo circuito de producción y consumo.

Su diagnóstico fue severo. Sostenían que la aparente diversidad de productos podía ocultar una uniformidad de fondo: relatos reconocibles, emociones previstas y diferencias destinadas a clasificar al público. Esa crítica no convierte cada película popular en propaganda. Lo que permite examinar es la relación entre creación, negocio y autonomía del espectador, una relación que adopta formas distintas en cada medio.

Walter Benjamin, vinculado al instituto, abrió otra perspectiva. Autor de Einbahnstraße (1928), estudió después las transformaciones del arte mediante la reproducción técnica. La fotografía y el cine alteraban la experiencia de la obra y su relación con el ritual, pero también ofrecían posibilidades políticas nuevas. El debate dentro de aquel entorno era más fértil que una condena uniforme de toda cultura de masas.

Los músicos de The Stardusters con May McKim posan junto a un micrófono de NBC hacia 1940
Los Stardusters con May McKim junto a un micrófono de NBC, hacia 1940.

Marcuse y la libertad de elegir entre deseos ya fabricados

En El hombre unidimensional (1964), Herbert Marcuse examinó cómo una sociedad industrial avanzada podía integrar la oposición mediante bienestar, consumo y necesidades socialmente moldeadas. Llamó «falsas necesidades» a las impuestas por intereses que perpetuaban la subordinación. La dificultad era especialmente perturbadora: una satisfacción podía sentirse como propia y, al mismo tiempo, contribuir a conservar una dependencia.

La abundancia de opciones no bastaba, a su juicio, para demostrar autonomía. Elegir entre marcas, aparatos o servicios dejaba sin resolver quién había organizado el repertorio y qué formas de vida favorecía. Esa idea invita hoy a pensar en la renovación constante de productos o en el tiempo entregado a una plataforma. La semejanza es interpretativa: Marcuse escribió sobre su sociedad industrial, mucho antes de las redes sociales actuales.

El propio argumento contiene una dificultad que Marcuse reconoció: quién podría decidir qué deseos son auténticos. En el libro rechazó que un tribunal se arrogara el derecho de determinar las necesidades de los demás. Esa tensión impide leerlo como una receta sencilla. Una crítica del consumo debe examinar los mecanismos que condicionan la elección y explicar también cómo preserva la libertad de quien elige.

Herbert Marcuse sentado en Newton, Massachusetts, en una fotografía de 1955
Herbert Marcuse en 1955. Archivo de la familia Marcuse.

Autoridad y opinión pública: dos problemas distintos

Los estudios sobre autoridad y familia, en los que participó Erich Fromm, investigaron cómo se formaba la disposición a someterse al poder. La personalidad autoritaria (1950), de Adorno, Else Frenkel-Brunswik, Daniel Levinson y Nevitt Sanford, examinó prejuicios y actitudes susceptibles de favorecer el autoritarismo. Sus materiales procedían de Estados Unidos. Utilizarlos para comprender otro país o época exige contrastarlos con datos nuevos.

Jürgen Habermas, representante de una generación posterior, desplazó el interés hacia las condiciones de una comunicación democrática. En Historia y crítica de la opinión pública (1962) estudió la formación de una esfera pública: el espacio donde ciudadanos discuten asuntos comunes y pueden cuestionar al poder. Prensa, asociaciones, cafés y salones desempeñaron papeles históricos concretos, con exclusiones sociales que también deben tenerse presentes.

Su preocupación era cómo ese espacio podía transformarse en una audiencia a la que se persuadía mediante publicidad y relaciones públicas. Desde esa perspectiva, hablar mucho no equivale a deliberar bien. Hace falta poder examinar argumentos, contrastar información y responder. Habermas ofreció así una vía para reconstruir la autonomía y la legitimidad democrática dentro de una tradición marcada por diagnósticos bastante sombríos.

Jürgen Habermas sentado durante una conversación en la Escuela de Filosofía de Múnich
Jürgen Habermas en la Escuela de Filosofía de Múnich. Wolfram Huke.

La Europa actual: del receptor de radio al desplazamiento infinito

El 6 de febrero de 2026, la Comisión Europea comunicó sus conclusiones preliminares sobre el diseño adictivo de TikTok. Señaló el desplazamiento infinito, la reproducción automática, las notificaciones y las recomendaciones altamente personalizadas. El carácter preliminar importa: esas conclusiones no prejuzgaban el resultado de la investigación. Aun así, muestran que la captación de la atención constituye un problema concreto para las instituciones europeas.

La comparación con la industria cultural resulta sugerente. En el modelo estudiado por Adorno y Horkheimer, unos centros producían y grandes públicos recibían; en las plataformas, los usuarios también crean, responden y difunden. Esa diferencia amplía las posibilidades de participación. Al mismo tiempo, quienes gestionan la distribución conservan capacidad para ordenar lo visible y orientar la permanencia. Examinar esa combinación prolonga una pregunta de Frankfurt bajo condiciones nuevas.

El Eurobarómetro publicado por el Parlamento Europeo el 4 de febrero de 2026, realizado en noviembre de 2025 en los 27 Estados miembros, registró preocupación por la desinformación en el 69 % de los encuestados y por las amenazas a la libertad de expresión en el 67 %. Son percepciones ciudadanas, no una medición directa del autoritarismo. Juntas dibujan un dilema actual: proteger la conversación pública y preservar la posibilidad de disentir.

Vista del hemiciclo del Parlamento Europeo en Estrasburgo durante una sesión plenaria en 2014
Parlamento Europeo en Estrasburgo, 2014. David Iliff.

1968, la influencia real y el problema de la tolerancia

Las ideas de Frankfurt circularon por universidades, debates sobre medios y movimientos de protesta. Marcuse se convirtió en una referencia de la Nueva Izquierda durante los años sesenta. Adorno mantuvo una relación conflictiva con parte del activismo estudiantil y desconfiaba de la acción revolucionaria inmediata. La influencia fue real, pero tomó caminos distintos; no puede convertirse en una explicación única de las transformaciones europeas.

Hay un texto que obliga a discutir sus límites: Tolerancia represiva (1965). Marcuse propuso retirar tolerancia a movimientos de derecha y concederla a movimientos de izquierda, en el marco de su argumento sobre dominación y emancipación. La asimetría alcanzaba también la discusión y la propaganda. Esa propuesta plantea un problema que sigue vivo: quién distingue una expresión liberadora de otra que merece excluirse.

Trasladar esas disputas al presente requiere mantener las diferencias históricas. Tampoco conviene confundir los nacionalismos europeos, el conservadurismo, el populismo y el fascismo como si fueran intercambiables. Una teoría pierde capacidad explicativa cuando utiliza la misma etiqueta para situaciones distintas. Leer críticamente a Frankfurt incluye someter sus conceptos a ese examen, incluso cuando sus advertencias resultan convincentes.

Estudiantes en la Sorbona durante la ocupación universitaria del 28 de mayo de 1968
La Sorbona ocupada, 28 de mayo de 1968. Eric Koch / Nationaal Archief.

¿Predijo la Escuela de Frankfurt lo que sucede hoy?

La respuesta más defendible es que anticipó riesgos y formuló diagnósticos que conservan utilidad. La fabricación social de deseos, la comercialización del ocio, la obediencia al poder y la transformación del ciudadano en público consumidor encuentran paralelos actuales. La fuerza de esas conexiones depende de explicar el mecanismo y comprobar su funcionamiento. Una semejanza entre dos épocas ofrece una pista; demostrarla exige más trabajo.

La escuela no proporciona una predicción precisa de la Unión Europea, de sus crisis migratorias, de la inteligencia artificial o del comportamiento de cada sociedad europea. Tampoco sus autores formularon una posición idéntica sobre la razón, la política y la emancipación. Sus diferencias son parte del valor de leerlos: permiten discutir tanto las estructuras de poder como las soluciones que propusieron para combatirlas.

El receptor de radio que ocupaba un lugar fijo en la casa cabe hoy, junto con muchas otras funciones, en un bolsillo. Entre ambos objetos han cambiado los emisores, los negocios y la capacidad de responder del oyente. La pregunta que ganó profundidad con Frankfurt sigue acompañando ese cambio: cuánto control conservamos sobre nuestra atención, nuestros deseos y las razones con las que decidimos vivir.

Miguel Ángel Ferreiro

Fuentes y bibliografía

Galería fotográfica

Postal histórica de la Kaiserstraße de Frankfurt con el reloj Manskopf en 1920
La Kaiserstraße de Frankfurt en una postal de 1920, tres años antes de la fundación del Instituto de Investigación Social. Dominio público.
Retrato de Karl Marx con barba blanca, fotografiado por John Jabez Edwin Mayall
Karl Marx, fotografiado por John Jabez Edwin Mayall antes de agosto de 1875. El marxismo fue el punto de partida del instituto. Dominio público.
Retrato de Max Weber en 1918, fotografiado por Ernst Gottmann
Max Weber en 1918. Fotografía de Ernst Gottmann. Su estudio de la racionalización fue una referencia de los teóricos de Frankfurt. Dominio público.
Friedrich Nietzsche en un retrato de 1882, con su característico bigote
Friedrich Nietzsche en septiembre de 1882. Fotografía de Gustav-Adolf Schultze. Su crítica de la cultura influyó en varios autores del entorno de Frankfurt. Dominio público.
Fotografía de identidad de Walter Benjamin en 1928, con gafas redondas
Walter Benjamin en una fotografía de identidad de 1928. Walter Benjamin Archiv, Akademie der Künste, Berlín. Autor no identificado; dominio público.
Erich Fromm en una fotografía de Müller-May tomada en 1974
Erich Fromm en 1974. Fotografía de Müller-May, archivo de Rainer Funk, CC BY-SA 3.0 DE. Participó en los estudios iniciales sobre autoridad y familia.
Vista histórica del campus de Columbia University en Nueva York en 1910
El campus de Columbia en 1910. La universidad acogió al instituto exiliado en 1934; esta imagen es anterior a aquella llegada. Autor no identificado; dominio público.
Fachada de la sede de posguerra del Instituto de Investigación Social de Frankfurt
La sede de posguerra del Instituto de Investigación Social en Frankfurt. Fotografía de Dontworry, CC BY-SA 3.0. El edificio actual no es la sede inaugurada en 1924.
Cubierta original del libro Einbahnstraße de Walter Benjamin, de 1928, diseñada por Sasha Stone
Cubierta de Einbahnstraße, de Walter Benjamin, publicada por Rowohlt en 1928. Diseño de Sasha Stone; Deutsches Historisches Museum. Dominio público.
Billete alemán de 50 millones de marcos emitido por el Reichsbank en 1923
Un billete de 50 millones de marcos emitido en 1923: la hiperinflación formó parte del mundo en el que nació el instituto. Reichsbank, dominio público.

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Miguel Ángel Ferreiro

Militar de carrera, autor de "La Segunda Columna" (Ed.Edaf), director de este proyecto e Historiador del Arte (UNED). Entre África y Europa, como el Mediterráneo.
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