
Hay libros que nacen de una biblioteca, de una nota al margen o de una vieja obsesión. Otros, en cambio, comienzan en un lugar concreto, con la piedra delante y el silencio alrededor. Bajo el campo de los mártires, la novela de Luis Chacón de la Torre, pertenece a esa segunda estirpe: la de las historias que parecen esperar durante siglos a que alguien las escuche.
El punto de partida fue Calatrava la Nueva, esa fortaleza levantada sobre roca y memoria, donde la Orden de Calatrava dejó algo más que muros, reglas y sepulturas. Allí, entre la historia de los caballeros caídos, las heridas abiertas de Alarcos y Las Navas de Tolosa, y el peso espiritual de una Edad Media tan áspera como fascinante, Chacón encontró la semilla de una novela que cruza dos tiempos: la investigación arqueológica contemporánea y el mundo mental de los combatientes de los siglos XII y XIII.
En esta entrevista hablamos con el autor sobre la construcción histórica de la obra, el papel de las órdenes militares, la idea medieval del martirio, el atractivo —y la sombra— de las cruzadas, y el difícil equilibrio entre rigor documental y narración literaria. Una conversación sobre fe, guerra, memoria y literatura histórica; sobre ese territorio donde la ficción, cuando está bien armada, puede abrir una puerta honrada al pasado.

¿Qué le llevó a escribir Bajo el campo de los mártires y cuál fue el punto de partida intelectual o emocional del libro?
Visité el castillo de Calatrava La Nueva en 2008, y recorriendo la fortaleza se me ocurrió la idea de esta novela. Me pareció interesante, y anoté desde entonces todo lo que se ocurrió, para trazarla convenientemente cuando pudiera. Ese fue el punto de partida, por eso los protagonistas del libro son los caballeros calatravos. Que tardara varios años en llevarla al papel (empecé en 2020, con el confinamiento) se debió a que conllevaba un trabajo de investigación brutal (historia, arqueología, mitología, criminología, medicina, etc). Pero la semilla fue esa, esa visita, me impactó mucho la fortaleza, me encantó.
El título es muy evocador. ¿Qué significado tiene exactamente la expresión “bajo el campo de los mártires” dentro del contexto histórico que aborda la obra?
El “Campo de los Mártires” es un camposanto, un cementerio, que la orden de Calatrava creó en la citada fortaleza para enterrar a los caballeros caídos en batalla (principalmente de Alarcos y de Las Navas de Tolosa), para honrarlos. En la novela, un equipo arqueológico está excavando en ese terreno precisamente, y halla un cadáver que genera cierta controversia. Esto da inicio a la novela, en la trama actual, pues la lectura se alterna con las vivencias de Alonso, un calatravo que vivió entre los siglos XII y XIII, de ahí en contexto histórico de la obra. Pero esa trama medieval irá explicando al lector porqué ha aparecido ese cuerpo ahí y la causa.

En el libro aparece con fuerza la idea del martirio en la mentalidad medieval. ¿Cómo entiende usted ese concepto en el contexto de las cruzadas y qué diferencias cree que existen con la percepción moderna del sacrificio religioso?
Antes la fe era ciega casi, el ordo religioso estaba muy presente en todos los estamentos, desde la nobleza hasta el vulgo. Cuando los Papas llamaban a los cristianos a “tomar la Cruz” e ir a Oriente para luchar contra los musulmanes y recuperar Tierra Santa, no solo era una obligación, como creyentes, sino casi un honor. De hecho no les importaba morir en batalla, al contrario, porque eso les enviaba directamente al Cielo (así los habían adoctrinado). Tal era la pasión que sentían por su Dios cristiano que se marchaban a la guerra durante años. Luis IX de Francia gestó tres hijos en la 7ª cruzada, con eso le digo todo.
Pero en el bando rival la mentalidad era la misma, para los musulmanes (tanto turcos como sarracenos), morir luchando contra el hereje invasor (los cristianos) también era una cuestión de fe, algo que tenían que hacer por Alá. Y si morían en batalla iban también al paraíso.

En cuanto a la actualidad, el sacrificio religioso no es el mismo, naturalmente, nadie muere por su credo, aunque ciertos radicales islámicos siguen muriendo por su fe, mediante ataques suicidas. Salvando esos extremos, las diferencias son abismales con respecto a la Edad Media.
Para escribir esta obra, ¿qué tipo de fuentes históricas han sido más importantes: crónicas medievales, textos religiosos, testimonios de peregrinos o estudios historiográficos modernos?
He tenido que comprar libros especializados: de Mitología, de la Edad Media, de la orden de Calatrava, de las órdenes militares… pero también me he nutrido de internet. Por fortuna a día de hoy hay ensayos de historiadores escaneados en pdf, eso me ha ayudado muchísimo. En cuanto a la pregunta, casi todas mis fuentes han sido modernas, o de los últimos 50 años. También he consultado a expertos en ciertas materias, para que refrendaran mis datos. Quería rigurosidad en mi novela, no quería que ningún lector pudiera encontrar errores, así que me esmeré todo lo que pude. Me enerva leer novelas o ver películas con anacronismos, y no quería cometer esos errores en mi libro. Hay una parte de fantasía, de ficción, pero todos los hechos que cito, y su devenir, ocurrieron como los describo.
Uno de los aspectos más interesantes del libro es el intento de reconstruir la mentalidad de los combatientes medievales. ¿Cuáles fueron los mayores retos a la hora de aproximarse a ese universo mental tan distinto al nuestro?

Le voy a ser sincero, aparte de estudiar cómo se estructuraban las batallas, cómo se “colocaban esas piezas de ajedrez”, intenté meterme dentro de los personajes. Lo hago con cada uno de mis protagonistas, la verdad, pero cuando las situaciones nunca han sido vividas (nunca me he visto en un campo de batalla), es más complejo. Con los combatientes lo hice así: me enfundé mentalmente en una cota de malla, o en unas ligeras protecciones (gambesón acolchado) -pues en los siglos XII y XIII no se estilaban las armaduras (solo estaban al alcance de los reyes y los nobles)-, y me zambullí en las contiendas. Por eso mi personaje principal, durante los envites, transmite miedo al lector, porque no pudo experimentar otra sensación salvo esa.
Con el tiempo, supongo que los militares (tanto de infantería como de caballería, y cada uno con su rango), con cada batalla se iría haciendo a la guerra, contra cimitarras unos, contra espadas y mazos otros, pero no tuvo que ser fácil para ningún combatiente. Además, antes una herida, por simple que fuera, podía matar a un hombre (infecciones, enfermedades…). Era muy importante no ser herido, había muchas bajas por esta razón.
Tuve en cuenta todos esos factores a la hora de redactar esos pasajes, pero obviamente le eché mucha imaginación.
Las cruzadas siguen siendo un tema muy debatido en la historiografía y en la opinión pública. ¿Qué cree que todavía se entiende mal sobre este fenómeno histórico?
Se han ensalzado como episodios épicos, dignos de alabanza, caballerescos incluso, pero no han dejado de ser guerras, y ninguna guerra es buena, pues hay asesinatos, violaciones y quema de ciudades enteras. Y esto ha ocurrido en ambos bandos, ojo. Que las Cruzadas hayan sido llamadas “Guerras Santas” no es baladí, pues no fueron sino una lucha de credos, de cristianos contra musulmanes.
En occidente se ha visto como una labor heróica, con orgullo, pues eran militares que luchaban por “defender la cristiandad”. Así es como se ha trasladado hasta nuestros días en todas las novelas, en películas y ensayos. No en vano los Templarios, los Teutones y los Hospitalarios (por citar algunos ejemplos) fueron, y siguen siéndolo, caballeros laureados y admirados por su labor en Tierra Santa contra los infieles. Sin embargo, y fíjese bien en esto, no dejaron de ser invasores de unas tierras que no les pertenecían. De hecho en 1099, cuando los cristianos conquistaron Jerusalén por primera vez, arrasaron con todo, matando a hombres, mujeres, ancianos y niños, así ha quedado refrendado en las crónicas de la época. ¿Dónde está el honor ahí? ¿Seguro que su Dios quería eso?
Pero en el mundo musulmán ha ocurrido igual, tanto turcos como sarracenos fueron considerados (y lo son a día de hoy), héroes por su enconada lucha contra la cristiandad, pero mataron también a inocentes: atacaban a los peregrinos cristianos que iban a Jerusalén, gente que no iba a guerrear, sino a venerar la tierra de Cristo. No deja de ser anecdótico que dos religiones, dos creencias, fueran tan sumamente sangrientas, que predicaran matar al rival a toda costa. Las cruzadas no han dejado de ser enfrentamientos religiosos, con muchas pérdidas humanas (hubo hasta 9).
Aparte de ese aspecto negativo de las Cruzadas, lo cierto es que lo caballeresco siempre nos ha llamado la atención, a mí el primero, pero hay que mirar también la otra cara de la moneda.
En su opinión, ¿hasta qué punto la espiritualidad y la religión influyeron realmente en las decisiones de quienes partían hacia Tierra Santa?
Hubo muchas personas que sí fueron a las Cruzadas por fe, por defender su credo, pero otras no, y mucha culpa de ello la tuvieron los Papas con sus famosas indulgencias. Para obtener un grueso ejército, para engrosar las filas, condonaron penas a violadores, ladrones y asesinos, a los que liberaron con la condición de que formaran parte de los ejércitos. Entre estas huestes no hubo espiritualidad, sino interés. Además, esta calaña solo buscaba enriquecerse a base de los botines de la guerra, aparte de la libertad, claro.
Por eso Luis IX, en la 8ª cruzada, negó a los presos que fueran a Tierra Santa, para no empañar el espíritu religioso de la campaña. Como curiosidad, a este rey se le apodó “El Santo” (por su fervor y su pureza).

Biblioteca de Cataluña
A lo largo de la investigación, ¿hubo algún documento, crónica o testimonio que le sorprendiera especialmente o que cambiara su perspectiva sobre el tema?
De las órdenes de caballería me llamó la atención el rigor, las reglas que debían cumplir; obediencia, castidad y pobreza (no solo eran caballeros, sino penitentes), y que daban su vida por la defensa de la fe, pero me impactó más cómo se fundaron los calatravos…
Para el que no lo sepa, Alfonso VII de Castilla conquistó Qal´at-Rabah en 1147, y la cedió al Temple para su defensa en 1150, pero tras siete años los templarios desistieron por ser una empresa ardua y peligrosa, por los constantes ataques de los sarracenos (los almohades concretamente).
En 1157, el nuevo rey de Castilla, Sancho III, la ofreció a sus nobles, a sus señores, para que la defiendieran, pero nadie recogió el guante porque era un regalo envenenado. Fue sin embargo un abad el que accedió: Raimundo de Fitero. Todos en la corte se burlaron por su osadía (o su locura), pues no era un hombre de armas, sino de rezos, pero el monarca cedió porque no tenía a nadie más.
Este monje, sin embargo, logró reunir tanta gente (las crónicas hablan de 20.000 personas) que triunfó ante los almohades sin necesidad de luchar. Se amedrentaron al ver semejante contingente. Como consecuencia de ese logro, decidió Raimundo fundar la orden de caballería dándole el nombre de la plaza, aunque castellanizado: Calatrava.
¿Cómo ha intentado equilibrar en el libro el rigor histórico con la necesidad de mantener una narración atractiva para el lector actual?
Haciendo interesante la historia, contándola de forma fluida y ligera, pues una exposición puede resultar muy densa, muy pesada. Novelando los acontecimientos, mezclando mis personajes y sus tramas con los hechos que acontecieron, he logrado que sea ágil para el lector.
Por otro lado he intercalado las dos tramas (la actual y la medieval), de manera que la novela se hace dinámica, no agota. Cuando la trama arqueológica, con ese descubrimiento de interés mundial, tiene captada al lector, lo cambio de tercio y me lo llevo al siglo XII, donde continúo con las vivencias del calatravo. Ese “trasiego” mantiene el entusiasmo y el interés. Naturalmente he intentado que ambas historias tengan “chicha”, que enganchen, y por ahora es lo que me han trasladado los lectores, ya que no han podido dejar de leer.
¿Cree que la literatura histórica puede ayudar a comprender mejor episodios complejos del pasado que a veces quedan simplificados en el debate contemporáneo?
Pues sí, porque al novelar la historia la haces amena y entretenida, no es un goteo de datos que al final marean al lector. En mi caso ha sido así, pues muchos lectores no solo me han trasladado que han aprendido muchísima historia con mi novela, sino que les he suscitado o motivado un nuevo interés por ella. Algunos incluso han visitado adrede enclaves que cito en mi libro, como Calatrava La Vieja y Calatrava La Nueva.
Después de investigar y escribir sobre este periodo, ¿qué aspecto de la Edad Media cree que sigue siendo más desconocido para el público general?
La Baja Edad Media, no solo por los siglos que nos separan de ella, sino porque hay menos información. Con el transcurrir del tiempo ha habido más registros al fin y al cabo, y eso ayuda a recabar datos, pero conforme echamos la vista atrás, hay menos fuentes.
Esto, sin embargo, hace que ese periodo de la historia capte más nuestra atención, porque nos es muy desconocido. ¿Cómo vivían, sin luz, sin gas, sin agua corriente, sin las comodidades de hoy día, en un mundo cruel, basado en el sistema feudal, bajo la protección de un señor para no ser asesinado por invasores o ladrones, donde no había cultura ni conocimientos apenas? Tuvo que ser muy difícil sobrevivir en aquella época. Fíjese que la esperanza de vida rondaba los 30 años. Suerte tenía el que llegaba a los cincuenta o más.

Por último, ¿en qué proyectos está trabajando actualmente y podemos esperar nuevas obras suyas relacionadas con la historia medieval?
Pues estoy recibiendo tan buenas críticas con “Bajo el campo de los mártires” que estoy escribiendo ya una segunda parte. Están pidiéndomelo, la verdad, así que me he visto un poco “forzado” a ello (risas). No, eso es lo último, escribir obligado. Ya tenía en mente una secuela, pero que te animen a ello, que te alienten, ayuda.
Y sí, mantendrá el mismo tono histórico que la primera, aunque en otra época, con otros personajes y en otro contexto, pero la dinámica será similar, ya que tan bien me ha funcionado y tanto ha gustado.




