
Roma llenó el Mediterráneo de ánforas hispanas y convirtió el vino en uno de los grandes productos de sus provincias. Pero cuando las legiones llegaron a la península ibérica, la historia del vino llevaba siglos en marcha.
La arqueología sitúa un impulso decisivo en las comunidades fenicias instaladas en las costas meridionales desde comienzos del primer milenio a. C. Aquellos navegantes no «inventaron» la uva ni permiten descartar consumos fermentados anteriores, pero introdujeron nuevas técnicas, cultivos y redes comerciales que transformaron la producción.

Antes de Roma ya había vino
La vid silvestre existía en distintas zonas de la península y las poblaciones prehistóricas conocían sus frutos. Otras bebidas fermentadas formaban parte de aquella historia, como la cerveza elaborada a partir de cereales. Sin embargo, demostrar una viticultura organizada exige algo más que encontrar semillas: hacen falta instalaciones de prensado, recipientes, residuos químicos, herramientas y contextos que permitan reconstruir la cadena de producción.
En los asentamientos fenicios y en los territorios conectados con ellos aparecen lagares, ánforas de transporte y evidencias de cultivo desde los siglos VIII-VI a. C. Yacimientos del litoral andaluz y enclaves interiores muestran que el vino formaba parte de un sistema económico cada vez más amplio.

Los fenicios no trajeron solo una bebida
Las comunidades procedentes del Mediterráneo oriental fundaron asentamientos como Gadir y Malaka y establecieron relaciones intensas con las poblaciones locales. A través de esos contactos circularon cerámicas, metales, técnicas agrícolas y formas de consumo.
El vino tenía valor alimentario, comercial y ritual. Podía aparecer en banquetes, ofrendas y relaciones de prestigio. Las ánforas permitían transportarlo por mar y por ríos; su forma y fabricación constituyen hoy una de las principales huellas arqueológicas del comercio.
De las colonias a los productores locales
Hablar de «vino fenicio» no significa que toda la producción quedara en manos de colonos orientales.
Las técnicas fueron adoptadas y adaptadas por comunidades indígenas. En distintos territorios surgieron centros de producción que combinaban tradiciones locales con conocimientos llegados a través de las redes mediterráneas.
Las Pilillas, en Requena, es uno de los conjuntos más citados para estudiar la producción de vino a gran escala en el interior levantino durante la Edad del Hierro. Sus lagares rupestres muestran que, antes de la conquista romana, existían ya instalaciones especializadas.
Qué hizo Roma después
Roma no introdujo el vino desde cero. Lo que hizo fue ampliar, integrar y estandarizar la producción dentro de un mercado imperial. Las villas rurales, las prensas, los talleres de ánforas y los puertos multiplicaron la escala del negocio.
Regiones como la Bética y la Tarraconense exportaron vino a otros puntos del Imperio. Las inscripciones y los restos de recipientes permiten seguir productores, comerciantes y rutas. La visibilidad arqueológica de esa etapa explica por qué el origen del vino español se atribuyó durante mucho tiempo de forma casi automática a los romanos.
Roma heredó y amplificó un paisaje que ya estaba transformado. Bajo las grandes exportaciones imperiales se encontraba una historia más antigua de navegantes, agricultores y comunidades ibéricas que habían aprendido a cultivar, prensar, almacenar y compartir el vino siglos antes.

Fuentes y bibliografía
Instituto de Historia del CSIC, investigación sobre 3.000 años de viticultura y ADN de semillas arqueológicas; Pérez-Jordà y colaboradores, «Eastern origin and three-millennia persistence of a founding grapevine lineage in Iberian viticulture», Current Biology, 2026, DOI: 10.1016/j.cub.2026.08.039.
- Making Wine in Western Mediterranean, Archaeology and Economy in the Ancient World, 2020.
- CELESTINO PÉREZ, Sebastián y BLÁNQUEZ PÉREZ, Juan, estudios sobre lagares y producción de vino en la península ibérica prerromana.
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