
Los restos llevaban un siglo en una colección. La pregunta era mucho más antigua: ¿murieron algunas personas para acompañar a los primeros reyes de Egipto? Un estudio publicado el 5 de octubre de 2026 aporta nuevas evidencias de violencia en sepulturas vinculadas a los complejos funerarios reales de Abidos.
La antropóloga Roselyn A. Campbell, de la Universidad Purdue, ha revisado 46 cráneos conservados en Cambridge. En 18 identificó lesiones producidas alrededor del momento de la muerte y potencialmente mortales. Los resultados refuerzan la interpretación de parte de aquellos enterramientos como sacrificios de miembros del entorno real, en los comienzos del Estado faraónico.
Antes de las grandes pirámides
Estamos en el Egipto de la Primera Dinastía, hace unos cinco mil años, mucho antes de las pirámides de Guiza. Abidos, en el Alto Egipto, fue uno de los lugares donde los primeros soberanos levantaron sus sepulturas. El paisaje funerario incluía tumbas reales y recintos destinados al culto: no eran una única construcción.

El arqueólogo David O’Connor explicó cómo Abidos conservó su importancia religiosa incluso después de que los enterramientos reales se desplazaran a otros lugares. Con el tiempo se convirtió en un gran centro del culto a Osiris. Esa historia posterior, mucho más larga, ayuda a entender por qué el lugar recibió nuevas visitas, construcciones y sepulturas durante siglos.
Una corte alrededor de los muertos
Las sepulturas menores que rodeaban los monumentos de la Primera Dinastía se conocen como enterramientos subsidiarios. Su disposición planteó una cuestión incómoda a los primeros excavadores: ¿habían muerto sus ocupantes en distintos momentos o fueron enterrados juntos como parte de las ceremonias de un soberano?
Los restos revisados por Campbell proceden de sepulturas asociadas a los recintos funerarios de Djer, Djet y Merneith, no de una nueva campaña de excavación. Entre aquellas figuras estaba Merneith, vinculada a la regencia de su hijo Den, cuyo monumento muestra que el paisaje del poder no pertenecía exclusivamente a hombres.

Conviene imaginar ese entorno con cierta amplitud. La palabra «sirvientes» resulta limitada para un grupo que podía incluir oficiales, artesanos y otras personas relacionadas con la casa real. Su cercanía a un rey no permite asignarles a todos el mismo oficio ni la misma condición social.
Las fracturas que cambiaron la lectura
El estudio apareció en Frontiers in Environmental Archaeology y combina bioarqueología y métodos forenses para revisar los resultados de excavaciones antiguas. El dato más destacado —18 cráneos con traumatismos entre 46 conservados— se refiere a esa muestra concreta, no a la totalidad del cementerio.
En la presentación de los resultados, Campbell explica que predominan fracturas lineales compatibles con impactos capaces de provocar graves lesiones internas. También se observaron daños producidos por objetos cortantes. Algunas roturas habían sido interpretadas anteriormente como deterioros posteriores al entierro.
La diferencia es importante: una lesión ocurrida en torno a la muerte aporta información sobre la vida y el fallecimiento de una persona; una grieta causada siglos después por presión, transporte o manipulación cuenta otra historia. Distinguirlas requiere estudiar cómo responde el hueso y comparar las evidencias.
La arquitectura ya había aportado indicios
La hipótesis del sacrificio no nació en 2026. Las investigaciones del proyecto de Abidos, explicadas por el Penn Museum en 2004, habían aportado otra clase de evidencia: la construcción y el cierre de ciertas sepulturas parecían corresponder a una operación conjunta.
En el recinto de Djer, el estudio de las cubiertas señaló que varias tumbas contiguas se habían techado como una misma obra. En el de Aha, un revestimiento continuo cubría sepulturas separadas. Para los investigadores, aquellos cierres colectivos favorecían la interpretación de enterramientos realizados simultáneamente.
La lectura funeraria propone que algunas personas fueron muertas para seguir vinculadas al soberano en el más allá. La arquitectura ayuda a estudiar cuándo se cerraron los enterramientos; los huesos permiten investigar cómo murieron determinados individuos. Son evidencias diferentes que pueden ponerse en relación.
Los nombres que todavía permanecen
La estela de Niseret, conservada en el Metropolitan Museum, permite acercarse a una persona del cementerio real de Abidos. Procede de una tumba subsidiaria junto al enterramiento de Djer y conserva signos jeroglíficos y la figura de una mujer.

El museo advierte que la lectura de su nombre ha variado porque aquellos signos pertenecen a las primeras etapas de la escritura egipcia. La pieza no prueba por sí sola cómo murió Niseret, ni se presenta como uno de los cráneos de Cambridge. Sí recuerda que detrás de una categoría arqueológica había personas con nombre.
El entorno real necesitaba también recursos para sus ceremonias. La gran instalación de producción de cerveza localizada en Abidos ofrece otra perspectiva sobre la organización de los rituales y del poder en el Egipto temprano.
Lo que aún no pueden contar los cráneos
La colección conserva solo una parte de los restos excavados. La ausencia de los demás huesos limita el diagnóstico, y tampoco permite establecer la causa de muerte de todos los individuos. El estudio identifica violencia y fortalece una interpretación funeraria; no reconstruye una ceremonia completa ni determina un arma concreta.
La práctica que investigan los especialistas pertenece a un momento acotado de la historia egipcia y parece desaparecer al final de la Primera Dinastía. Lo más revelador de esta revisión es que un archivo excavado hace cien años todavía puede cambiar nuestra comprensión de los comienzos del poder faraónico.
Fuentes y bibliografía
- CAMPBELL, Roselyn A., «New data from old bones: using bioarchaeology and forensics to reassess legacy data from ancient Abydos, Egypt», Frontiers in Environmental Archaeology, 5, 1858940, 2026.
- Frontiers, «Modern forensic methods reveal human sacrifice in ancient Egypt», 5 de octubre de 2026. Presentación del estudio y declaraciones de su autora.
- Penn Museum, «Archaeologists Discover Evidence that Courtiers Were Sacrificed to Accompany Early Egyptian Kings into the Afterlife». Comunicado de 25 de marzo de 2004, publicado en el archivo digital del museo.
- O’CONNOR, David, «Abydos», Expedition, 21, 2, 1979.
- The Metropolitan Museum of Art, estela de Niseret, inventario 01.4.93.
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