En el suelo de una cueva del noroeste de Turquía, entre piedras, polvo y herramientas de excavación, apareció una forma inesperada: el lomo de una tortuga.
Después llegaron otras. Los trabajos de esta campaña en Gedikkaya, cerca de la localidad de İnhisar, han sacado a la luz unas veinticinco figuras de tortuga de piedra que remiten a un tiempo remoto, entre el 14.500 y el 11.200 a. C. La noticia es llamativa por el número, aunque lo decisivo es el lugar en el que han aparecido.
Gedikkaya no es una cavidad cualquiera. Se abre en la ladera de una colina que domina el valle del Sakarya y conserva señales de ocupación desde el Epipaleolítico hasta el Calcolítico. Sus galerías fueron abrigo, espacio de tránsito y, al menos en algunos momentos, escenario de prácticas que no parecen responder a las necesidades cotidianas. Las tortugas recién documentadas deben leerse dentro de esa larga biografía de la cueva, no como piezas aisladas arrancadas de su contexto.

Una forma reconocible en un contexto extraordinario
Las piezas son de caliza y algunas presentan restos de arcilla. La mayor alcanza aproximadamente treinta centímetros de longitud, una escala suficiente para que la silueta animal no dependa de la imaginación de quien la observa. Varias parecen haber sido modeladas con rapidez, sin buscar un acabado minucioso. Esa sencillez, lejos de restarles interés, apoya la idea de que fueron fabricadas para una acción concreta y depositadas en el interior de la gruta.
La arqueóloga Deniz Sarı, directora de los trabajos, ha advertido que sería prematuro definir el lugar como un santuario de montaña. La cautela importa: la forma de Gedikkaya y la de algunas esculturas puede sugerir una relación simbólica, pero una sugerencia no equivale a una demostración. Lo que sí está bien documentado es la disposición intencional de objetos y elementos naturales en los niveles más antiguos de la cueva.

La cueva antes de las tortugas
La investigación arqueológica moderna de Gedikkaya comenzó a identificar materiales relevantes en 2017 y dio paso a campañas de salvamento desde 2019. Las dataciones radiocarbónicas sitúan la capa epipaleolítica más antigua en una secuencia prolongada: no se trata de una visita fugaz, sino de un paisaje al que distintos grupos regresaron durante milenios. En ese estrato se han encontrado microlitos, restos de fauna, conchas y estructuras de piedra que permiten reconstruir gestos repetidos, aunque no siempre su significado.
Un estudio académico de 2024 describió nichos con huesos seleccionados de cabra montés, ciervo, tortuga, moluscos y herramientas de calcedonia. Más adentro se documentó un semicírculo de piedras alrededor de una gran estalagmita natural. En sus proximidades ya se conocía una escultura de piedra que recordaba a una tortuga.
Las nuevas figuras amplían ese repertorio y obligan a reconsiderar el valor que podían tener los animales, la cueva y la propia montaña para aquellas comunidades de cazadores y recolectores.

Lo que una tortuga puede —y no puede— explicar
La tortuga ha tenido valores simbólicos muy distintos según las culturas: duración, protección, relación con la tierra o con el agua. En el Próximo Oriente hay precedentes de su presencia en contextos prehistóricos, pero ninguna equivalencia permite traducir de forma automática una creencia de hace más de dieciséis mil años.

El mérito de Gedikkaya reside precisamente en ofrecer un conjunto arqueológico: figuras, estructuras, depósitos y dataciones que pueden estudiarse en relación unos con otros. Esta mirada de conjunto es también la que permite entender por qué las construcciones más antiguas conocidas siguen cambiando nuestra idea sobre la capacidad simbólica de las primeras comunidades.
Por ahora, las piezas han sido trasladadas al Museo de Bilecik y a la Universidad Şeyh Edebali para su análisis y restauración. Quedan por determinar su cadena de fabricación, la procedencia exacta de la materia prima y su relación estratigráfica con cada una de las estructuras de la cueva. Gedikkaya ya había mostrado que el Epipaleolítico anatolio poseía una complejidad mayor de la que sugieren los mapas tradicionales; las tortugas de piedra añaden una pregunta fascinante a esa historia: qué imágenes eligieron conservar aquellos grupos y por qué decidieron dejarlas bajo tierra.
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