MEDITACIÓN PRIMERA

Hastiados de los aviones, las esperas y la colas; de la abstracción con respecto a los paisajes naturales y las puestas de sol, decidimos abandonar la velocidad del mundo contemporáneo para adentrarnos en la profundidad de la tierra. A la vieja usanza: coche, carretera y manta. Deseando olvidarnos del mundo… y que el mundo, también, nos olvidase a nosotros.

Fotografías tomadas por el autor en Sigüenza (Guadalajara).

Y ya en la profundidad de la tierra, “quedéme y olvidéme” –como los versos del poeta místico Juan de la Cruz en Noche oscura– “cesó todo y dejéme,/ dejando mi cuidado/ entre las azucenas olvidado”.

Aquella fría mañana de invierno decidimos salirnos de la recta infinita de una cómoda autovía cualquiera sobre la Meseta Central. La planicie descubrió laderas, las laderas barrancos, y los barrancos nuevos paisajes sinuosos bajo un cielo digno de El Greco. O irrumpía de pronto toda la corte celestial derribando el oscuro muro de los nubarrones, o se desataba el diluvio universal; una de dos. Por esos caminos se desciende hasta divisar, de pronto, una mole uniforme de torres sólidas que hunden los cimientos en dirección al centro de la Tierra y elevan sus almenas hacia las nubes negras, desafiando la tormenta que amenazaba con desatarse de un momento a otro.

En las faldas de aquel túmulo medieval llegamos al umbral de un mamotreto que es a la par templo y fortaleza. Un lugar en que se implora el perdón, pero también donde se encuentra refugio cuando al dar batalla las cosas no marchan bien. Nosotros en particular, presagiando el Guernica que estaba por librarse en las alturas, nos acogimos a sagrado (meteorológico) en ese lugar.

No he dicho que las bóvedas majestuosas que nos albergaban eran las de la concatedral de Sigüenza, una villa parada en el tiempo en medio de la Meseta norte castellana, en donde un silencio solemne encierra el eco las gestas épicas del Campeador durante su viaje desde Vivar hasta Burriana. En lo alto de los tejados y tras el campanario, también las piedras guardan el secreto de la resistencia de los milicianos de la CNT y los sindicalistas del ferrocarril, que a las órdenes del anarquista Feliciano Benito, se atrincheraron en la seo arrebatándole la cátedra a los obispos de Sigüenza, señores de la villa desde tiempos inmemoriales… y, paradójicamente, restituyendo a la mole de piedra arenisca su antigua función de baluarte militar cuando en 1936 el fuego de los cañones sublevados caía del cielo.

Olvidada del tiempo, apagada de vida y a pesar de todo majestuosa, la fortis seguntina es severa y caprichosa al mismo tiempo. No se me ocurre otra forma mejor para expresar el sentimiento que bajo las naves catedralicias experimentamos que pedirle prestadas estas palabras al historiador Johan Huizinga: allí nos encontramos con “un estado de ánimo sombrío, una pomposidad bárbara, formas extravagantes y recargadas, una fantasía agotada”… todos los caracteres del espíritu medieval en el delirio de su plena decadencia.

Uno de los más ilustres veraneantes que pasó por esta ciudad fue don José Ortega y Gasset. Decidimos utilizar uno de sus artículos de El espectador como atípica guía de la ciudad. Y aunque ya sabíamos de la existencia del Doncel, diría que las palabras del filósofo nos condujeron ante su presencia redoblando el deseo de encontrarnos con él en la capilla de San Juan y Santa Catalina:

“Es un guerrero joven, lampiño, tendido a la larga sobre uno de sus costados. El busto se incorpora un poco apoyando un codo en un haz de leña; en las manos tiene un libro abierto; a los pies un paje; en los labios una sonrisa volátil”.

La tumba de Martín Vázquez de Arce es distinta a todas las demás de aquel santuario. Los sepulcros de sus padres, Catalina de Sosa y Fernando Vázquez de Arce (secretario de los duques del Infantado, los Mendoza de Guadalajara), son de un completo rigor medieval. Ojos cerrados, acaso esperando despertar en el día último para ser llamados al Juicio Final; unos perrillos a sus pies, símbolo inequívoco de la fidelidad y del calor del hogar; actitud piadosa y orante…

El muchacho, en cambio, no. La precisión de los rasgos lo hacen único, resaltan su carácter individual frente a la indistinguible amalgama de los rostros fúnebres presentes en ese mismo panteón. ¿Es acaso un rebelde ante la muerte, la misma muerte terrible que acosaba a los Manrique, a Rodrigo de Cota o a Juan de la Encina en aquellos años? El jovencillo no duerme. Permanece despierto, leyendo, recostado… y diría que se está divirtiendo con sus lecturas. A juzgar por el tamaño del volumen que tiene entre sus manos debe de tratarse de un libro devocional, un libro de horas, una hagiografía, quizás; algún cancionero incluso –como el del marqués de Santillana– o una entrega del Amadís. A mí me gustaría pensar que es una novelilla sentimental, aunque a juzgar por su sonrisa misteriosa, ¿quién sabe si no estaría conteniendo la carcajada ante algún relato picantón bajomedieval?

Fuente de esta fotografía: Fundación Aurora – Ciudad Museo Medieval

Yo, que soy un “curioso impertinente” como el personaje cervantino, me puse de puntillas con tal de alcanzar a ver qué era lo que tanto agrada al doncel desde el siglo XV. Pero el escultor, un tal Sebastián de Almonacid, decidió dejar baldías las páginas pétreas. Lástima… o fortuna, porque así puedo imaginarme lo que yo quiera.

El alabastro con que está hecha la escultura hace resplandecer el rostro del Doncel. Según nuestro guía, don José, la caída de los ojos del muchacho y su débil talle ponen de manifiesto que, aunque el cartel que hay tras sus espaldas informe de que murió batallando en la región de Acequiagorda de la vega granadina en 1486, a pesar de vestir con cota de malla y lucir en su pecho el anagrama de la orden militar de Santiago, Martín fue más diestro “con la pluma que con la espada”.

Quién lo sabe… y qué importa ya. Lo cierto es que aquí, en este rincón de Castilla, empezó el Renacimiento: la luz que sacó a la Historia de sus siglos oscuros. Y por eso, concluye nuestro guía, la del Doncel es “una de las estatuas más bellas de España”.

Con la complicidad del joven Martín nos despedimos de aquel lugar. En los pórticos de la plaza aledaña sonreímos con la misma audacia ante otros libros y otras historias, también cuando el camarero de un acogedor mesoncillo nos puso por delante una sustanciosa sopa castellana.

Fuentes:

  • DE LA CRUZ, Juan (2010): Cántico espiritual y otras canciones. Música de Amancio Prada, pinturas de Víctor Ramírez, prólogo de Gemma Gorga y textos de María Zambrano y Gerald Brenan. Madrid: Vaso Roto.
  • HAUSER, Arnold (1969): Historia social de la Literatura y el Arte. Tomo I. Madrid: Guadarrama.
  • HUIZINGA, Johann (1979): El otoño de la Edad Media. Madrid: Alianza.
  • MARTÍNEZ GÓMEZ-GORDO, Juan Antonio (1997): El doncel de Sigüenza. Guadalajara: AACHE Ediciones.
  • ORTEGA Y GASSET, José (1969): El espectador. Madrid: Salvat.
Etiquetas

Manuel Broullón

“Flâneur” a lo largo y ancho del mundo, investigador y docente en la Universidad de Sevilla, actualmente.

Deja un comentario

Facebook Auto Publish Powered By : XYZScripts.com
Close
A %d blogueros les gusta esto: