La leyenda del tesoro nazi del Lago Toplitz

Los mitos sobre la Alemania nazi nunca dejan de sorprendernos. Es una época que sigue fascinando a los amantes de la Historia por la cantidad de misterios desvelados o no que se sucedieron en ella.

Hace unos años, cuando la industria del cine sacó a relucir la vida y obra de los valerosos Monuments Men, nos volvíamos a quedar maravillados del ingente expolio y saqueo artístico que Hitler y la Germania nazi llevaron a cabo por toda Europa.

Un buzo sacando billetes del fondo del lago Toplitz. 27 de julio de 1959.

Muchas de aquellas pinturas o esculturas fueron rescatadas para gloria de la cultura universal, pero muchas otras quizás se hayan perdido para siempre. Lo que pocos saben es que junto con el famoso Castillo de Neuschwanstein en Baviera y las interminables minas de carbón de los Alpes austríacos, hay otro sorprendente rincón en el que según cuentan los viejos aldeanos del lugar, los nazis también ocultaron grandes tesoros de todo tipo: el Lago Toplitz, más conocido como «el basurero de Hitler».

Situado a sesenta millas de Salzburgo y rodeado de frondosos bosques y montañas, este precioso paraje siempre ha sido objeto de investigación por parte de cualquier buen Indiana Jones que se precie. Mide poco más de un kilómetro de largo, por unos ciento diez metros de profundidad. Sin embargo, si nos sumergimos por debajo de los veinte metros nos encontraremos que ya no hay oxígeno, que su temperatura es tan fría que puede provocar la congelación y que su visibilidad es prácticamente nula al ser unas aguas eminentemente cenagosas. Vamos, un escondite perfecto.

Pues bien, cuentan las crónicas periodísticas germanas de los años cincuenta y sesenta que tras seguir diversas pistas al oro nazi que aún seguía desaparecido, fueron diversas familias de granjas colindantes las que señalaron el lago como un punto de encuentro entre oficiales de las SS durante la Segunda Guerra Mundial. Comentaron que durante la contienda se realizaron allí maniobras militares y también de otro tipo que no llegaban muy bien a comprender.

Un equipo de grabación rueda el supuesto hallazgo del tesoro.

Según Ida Weisenbacher, quien sería entrevistada en numerosas ocasiones a lo largo de su vida:

“Corría el año 1945 y era una fría noche de invierno. Serían aproximadamente las cinco de la mañana y como es lógico aun estábamos en la cama. Un fuerte golpe en la puerta de casa hizo que me despertara de un sobresalto. Baje rápido a ver quién llamaba a esas horas y fue entonces cuando se me heló la sangre por completo. Al otro lado había un grupo de oficiales alemanes que me instaron a que les preparara los carros y los caballos del establo pues le hacían falta de manera urgente. Los camiones que conducían se habían quedado atrapados en el fango del maltrecho camino que llevaba hasta el lago y necesitaban traspasar la mercancía que transportaban. Un comandante me ordenó que trasladáramos unas pesadas cajas de madera, señaladas y numeradas con pintura negra, desde los camiones a los carros y que las lleváramos tan rápido como fuera posible al Toplitz. Realizamos tres viajes con los carros llenos y cuando dejamos la última carga vi algo que me dejo desconcertada: los soldados arrojaban a las profundidades del lago todas y cada una de las cajas que con tanto esfuerzo habíamos llevado hasta allí. Aunque el oficial de las SS se apresuró en alejarme del lugar de inmediato, pude ver como el cargamento se hundía en el agua produciendo una oleada de espuma y burbujas”.

Lo que los esbirros del Führer arrojaron al fondo del lago continúa siendo, en cierto modo, un misterio sin resolver. Y es que gran parte de lo que se sabe que sí echaron a sus aguas fueron millones y millones de libras esterlinas falsas. Moneda falsificada procedente de la famosa Operación Bernhard, ideada por Reinhard Heydrich, aprobada por Heinrich Himmler y ejecutada por el coronel Bernhard Krüger para hundir la economía británica y financiar el espionaje alemán en el extranjero, entre otros fines. Una maquiavélica historia que se cuenta al detalle en el magnífico film Los falsificadores, ganador del Oscar en 2008 a la mejor película de habla no inglesa.

Cartel de la película “Los Falsificadores”. 2007.

Veinte años después del final de la guerra seguían apareciendo en sus aguas cadáveres que, casualmente, pertenecían a ex miembros de las SS. Se decía que el entorno estaba maldito, aunque era de suponer que aquellos antiguos agentes intentasen buscar por su cuenta El Dorado que escondía el Toplitz y, dadas sus mortales condiciones, acabaran pereciendo en él por no estar lo suficientemente preparados. Fue entonces cuando se prohibió la inmersión en el lago, se cercó el lugar e incluso se puso vigilancia.

Con posterioridad han sido varias las empresas de alta ingeniería las que, con los permisos oportunos, han rastreado palmo a palmo el lago sin hallar más que algún otro billete falso. Incluso estuvo por allí la Oneaneering International Inc., prestigiosa compañía célebre por sus famosas búsquedas subacuáticas como la de la avioneta de John F. Kennedy Junior o la de los restos del siniestrado vuelo 800 de la TWA en 1996. Pero nada, el lodo, los troncos e incluso rocas de gran tamaño, sepultan un fondo que ni con robots o potentes brazos mecánicos manejados desde el exterior consiguen extraer nada de lo que se dice hay en sus profundidades.

Por cierto, aquellas inmensas piedras son, según el investigador y biólogo germano Hans Frick, el resultado de la explosión controlada de una de las paredes de roca que circundan el Toplitz por parte de los nazis, con el objeto de hacer más inexpugnable aún el acceso a sus riquezas.

Hitler, Göring y otros jerarcas nazis se preocuparon mucho de esconder sus tesoros para que los aliados nunca lo encontrasen.

¿Solo habría lingotes de oro? Parece que no. A la posibilidad de que albergara reliquias arqueológicas de todo tipo, saqueadas por Himmler y su obsesión por el ocultismo a lo largo de varios continentes, hay que sumar la de la colosal Cámara de Ámbar de la emperatriz rusa Catalina II la Grande. Conocida en toda Europa como «la octava maravilla del mundo», fue en 1941 cuando el ejército teutón se apropió de ella al saquear los antiguos palacios zaristas y los museos de la Unión Soviética.

Reconstrucción actual de la “Cámara de Ámbar”, 2003 (Wikimedia).

Esta joya única en el mundo que desapareció misteriosamente durante los últimos días de la contienda, era un fastuoso salón del siglo XVIII construido íntegramente con ámbar semitransparente del Báltico. Las autoridades rusas, viendo el imparable avance alemán, decidieron llevarse todas las obras de los palacios de Leningrado hasta Siberia, pero con la Cámara fue imposible. Los siglos habían había resecado y agrietado el ámbar por lo que un rápido traslado por piezas podría provocar que se rompiera en mil pedazos. Por ello intentaron engañar a los alemanes forrando el salón con varias capas de papel, aunque sin mucho éxito. Los nazis se dieron rápidamente cuenta de la chapuza y, tras tomar el palacio, dividieron el salón en veintisiete partes, llegando a transportar más de seis mil kilos de ámbar hasta el Castillo de Königsberg -entonces Prusia oriental y hoy día la región rusa de Kaliningrado-. Aquí será donde se le perderá la pista para siempre. Su recuperación sigue obsesionando hoy día a las autoridades y al pueblo ruso.

Dinero y documentos recuperados del lago en 1959.

En la actualidad el Lago Toplitz es una zona muy turística que recibe cada año a miles de visitantes. Es, sin duda, uno de esos muchos enclaves enigmáticos del planeta que todo buen amante del misterio no debe perderse.

David Rodríguez C. | @muyhistoria

Periodista 3.0, escritor e investigador. Apasionado de la II Guerra Mundial y de la Historia en general. Todo el día de aquí para allá.

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