España: un auténtico nido de ‘águilas’

Quédense con este número: 107. Ésta es la cifra -aunque pudo ser mayor- de personajes vinculados con la Alemania nazi que se refugiaron en nuestro país tras la Segunda Guerra Mundial. No es casual que decenas de ‘ratas’, como se les llamó, huyeran a esconderse a una España que a pesar de haber mantenido una política no beligerante en la horrible contienda, sí que tuvo muchísimos lazos políticos, económicos y sociales tanto con Hitler como con Mussolini.

Para comprender por qué se acogió de una manera más o menos encubierta a tantos individuos que habían sido responsables de la muerte de millones de seres humanos, debemos remontarnos hasta la Guerra Civil Española. Los generales golpistas Mola, Sanjurjo y Franco reciben el apoyo de una Alemania industrializada y todopoderosa que ve en la Península Ibérica no solo a un magnífico aliado político para una posible pangermanización mundial, sino que su ubicación geográfica la convierte en un apetitoso dulce por ser puerta de entrada tanto al Atlántico como al Mediterráneo y a África.

Reunión en Hendaya, Francia, entre Franco y Hitler.

La Legión Cóndor, con miles de hombres preparados tanto física como tecnológicamente, pues aparatos como los Stukas inician sus primeros vuelos en suelo patrio, llegan para luchar de lado del bando nacional. A Adolf Hitler le interesaba poner en práctica a sus soldados y probar in situ las tácticas militares que ya se estaban fraguando para una posible invasión de Europa –cosa que ocurriría el 1 de septiembre de 1939 con la ocupación de Polonia-. Y ese era el momento oportuno, siendo finalmente un rotundo éxito.

El bando republicano, que recibió el apoyo de la URSS y de Francia, perdió la Guerra Civil y los ‘nacionales’ estaban, desde luego, en deuda con sus amigos teutones. ¿Qué si la Guerra Civil se hubiera ganado sin la intervención alemana? Complicado de predecir. Pero su colaboración sí que fue crucial para poner la pica definitiva de la victoria. Ahora tocaba devolver el favor.

Un país devastado por completo y que no podía tomar parte activa dentro de una guerra mundial, sí que podía pagar en especias. Franco ordena pues el envío ‘gratuito’ de miles de trabajadores, en condiciones casi esclavistas, a las grandes fábricas germanas: Mercedes, Volkswagen, Hugo Boss, etc.

Asimismo, se organiza todo un complejo entramado empresarial en nuestro país que servirá para nutrir y abastecer de materias primas a la Alemania nazi: productos agrícolas, textiles o mineros, como el caso del wolframio gallego para la construcción de carros de combate. Fue la denominada como Red SOFINDUS (Sociedad Financiera e Industrial). También se procedió el envío de decenas de miles de soldados españoles a las filas de la Wehrmacht, conocidos como la División Azul. Y por último, se permitirá el establecimiento en España de una extensa red de espías por diversas ciudades españolas, tales como Barcelona, Madrid o Sevilla, así como el asentamiento de sendas delegaciones de la Gestapo dentro de los consulados alemanes de las urbes españolas más importantes.

Tal y como habla José Manuel García Bautista en su libro Nazis en Sevilla (Absalon, 2011), estos espías posibilitaron por ejemplo el sabotaje de navíos mercantes o de guerra que atracaban en nuestros puertos, y con posterior destino a países aliados. Igualmente, introducían explosivos hasta el Frente de África del Norte o, incluso, participaron activamente en diferentes operaciones militares dentro de la Segunda Guerra Mundial, caso de la ‘Operación Mincemeat’ u ‘Operación Carne Picada’. Fue el caso por ejemplo de Adolf Clauss. Hijo de un antiguo cónsul en la capital hispalense, era una de las cabezas pensantes del espionaje en el sur de España y destacado miembro de la Abwehr -el servicio de inteligencia militar alemán-.

Adolf Clauss, espía de origen alemán, y afincando entre Sevilla y Huelva. Él fue el desencadenante de la ‘Operación Mincemeat’.

Fue él quien fotografió los documentos que portaba el falso marinero William Martin –el hombre que nunca existió-, y que dio como válidos al enviarlos inmediatamente a Berlín. Es de todos sabido que, esta metedura de pata, costó a Hitler la pérdida del control del Mediterráneo al creer que los aliados desembarcarían en Córcega y Cerdeña en el año 1943, cuando realmente lo hicieron por Sicilia.

Igualmente, espías como Franz Liesau, que residía en el número 52 de la madrileña calle de Alcalá, se encargaba de la adquisición de animales en los territorios españoles de Marruecos y Guinea para fines experimentales en Alemania. De esta forma, los ejemplares que este señor compraba de manera clandestina, servían de manera efectiva para la propagación de terribles enfermedades como la peste en los campos de exterminio nazis.

Tras la derrota alemana, muchos de aquellos espías que se establecieron en este país, consiguieron permanecer en él o huir a tierras sudamericanas con la inestimable ayuda del régimen imperante de aquél entonces, de la Falange y de diferentes organizaciones clandestinas que ayudaban a escapar a oficiales nazis de las garras de norteamericanos y británicos y, posteriormente, de los caza nazis israelíes.

Aquellas organizaciones ‘ilegales’ eran ODESSA (del alemán: Organisation der ehemaligen SS-Angehörigen – Organización de Antiguos Miembros de la SS) asentada en Madrid y liderada por Otto Skorzeny; y la Red Ogro, cuyo cabecilla era el cónsul alemán en Málaga.

“Cara cortada” lideró la organización que daba cobijo en España a los ex SS fugados tras la guerra.

Son muchos los altos mandos que habían luchado con Hitler los que consiguen escapar por la llamada ‘Ruta de las ratas’ desde Alemania a Roma y de ahí a España o al continente americano. En la mayoría de los casos, la extradición de estos individuos se evitó otorgándoles nacionalidad y pasaporte español. Y es que a pesar de que al poco tiempo de finalizar la guerra nos convertimos en amigos de los americanos, en la llamada Guerra Fría contra los soviéticos, los alemanes que residían aquí aún seguían manejando muchísimo poder económico y financiero. Los pagos en oro y en metálico al régimen para mantener la boca cerrada se sucedieron por doquier. Es más, recordemos que los propios norteamericanos reclutaron a decenas de oficiales nazis para utilizarlos como espías contra la URSS, o como científicos destacados en diferentes campos.

Así pues, a los destacados nazis que ya tenían acomodo en la geografía española, se les sumaron los que vinieron después. Toda una legión de ex combatientes del Führer, entre los que había sádicos médicos de campos de exterminio, escoltas de la seguridad privada de la jerarquía nazi e, incluso, el hijo que nunca tuvo Hitler.

Algunos de estos individuos fueron:

-Aribert Heim. Hasta hace pocos años se le buscó en el Levante español. Su presunta muerte sigue siendo un misterio. Sus hijos mantienen que falleció de cáncer en El Cairo en 1992. Así, por ejemplo, aparece publicado en Wikipedia. Aunque judicialmente el caso quedara cerrado por unos documentos aparecidos que confirmarían su defunción, muchos cazadores de nazis no lo tienen del todo claro pues su cuerpo nunca apareció.

Este antiguo miembro de las SS dejó una huella difícil de borrar entre los prisioneros del campo de concentración de Mauthausen. Y eso que solo pasó menos de dos meses en aquel confinamiento de exterminio humano. Sin embargo, esas pocas semanas bastaron para que Heim asesinara a unos 300 presos con sus sádicas prácticas médicas. Entre otras atrocidades, abría en canal a los gemelos judíos para extraerles órganos y cronometrar el tiempo que tardaban en morir uno y otro. Luego, les cortaba las cabezas para exhibirlas como trofeos fuera de la enfermería.

Aribert Heim

Tuvo muchos apodos como el Doctor Muerte o El carnicero de Mauthausen. Los españoles de este campo de concentración también le llamaban El banderillero, por su afición a pincharles hormonas de animales, benceno, combustible para tanques, etcétera. El Centro Wiesenthal siempre sospechó que residía en la localidad alicantina de Denia. Un argumento que razonaba por las diversas transferencias bancarias que su familia hacía periódicamente a una cuenta española. La última fue de 180.000 euros. Hay quien piensa que aún podría estar vivo.

-Anton Galler. Otro vecino, nada ilustre, que vivió en Denia, Alicante. La tumba de éste cruel asesino en el cementerio de aquel municipio todavía sigue recibiendo misteriosas visitas. De su armario también colgaba el viejo uniforme de las SS. Atuendo que vistió como comandante del batallón que, durante la ocupación italiana en 1944, protagonizó la terrible masacre en el pueblo montañés de Santa Ana. Una matanza que causó la muerte de 400 civiles, en su mayoría mujeres y niños.

Anton Galler

-Otto Remer. Jefe de Seguridad de Hitler y Teniente General de las Waffen-SS, participó en la desactivación del famoso complot para asesinar a Hitler el 20 de julio de 1944 –‘Operación Valkiria’-. Tras su llegada a España, fue uno de los encargados de seguir sembrando la semilla del nazismo con artículos publicados en revistillas de corte fascista. Residió en Marbella hasta que falleció en 1997, a la edad de 84 años.

Otto Remer

Otto Skorzeny. Este antiguo coronel de las SS, al que ya hemos mendionado, era el máximo responsable de ODESSA en España. Gran experto en acciones de espionaje y sabotaje, fue apodado por los americanos como Cara Cortada debido a las grandes cicatrices que surcaban sus mejillas. Se hizo famoso por  llevar a cabo la famosa ‘Operación Greif’ en las Ardenas, lo que le valió el título de El hombre más peligroso de Europa por los aliados. Tras el conflicto bélico consiguió asentarse en la capital de España y ayudó a escapar por todo el mundo a numerosos camaradas. Murió con total inmunidad en Madrid en el año 1975.

-Wolfgang Jugler. Perteneció al séquito personal del Führer. Este ex SS eligió como muchos otros la Costa del Sol como paraíso para vivir. Sin duda, una tierra que cautivaría a los criminales nazis por su excelente clima. En cierta ocasión, un agente de una compañía de gas que tuvo que visitar el apartamento de Jugler para realizar unas inspecciones rutinarias, dijo: “Su casa es un monumento a Hitler. Lo tiene todo empapelado con sus fotos y hay cuadros de él con enormes marcos de oro macizo”.

Wolfgang Jugler

-Fredrik Jensen. Fue uno de los pocos extranjeros condecorados con honores por Hitler. Responsable de la muerte de centenares de judíos, fue agasajado precisamente por ello en sus días de gloria. Tras la guerra pasó diez años en prisión y luego se convirtió en un próspero industrial en Suecia. En los setenta se compró un majestuoso chalet en Marbella, donde pensaba pasar su jubilación. Gracias a las presiones ejercidas por la Interpol, en 1994 fue detenido y deportado a los Estados Unidos, aunque el proceso acabó siendo de una inutilidad total favoreciendo que Jensen regresara a Andalucía. Una ineptitud que provocó que nunca recibiera el castigo de la justicia. Murió en 2011.

Fredrik Jensen

-Hauke Pattist. Según un artículo publicado hace unos años por el periódico asturiano El Comercio,  a este criminal de guerra que residía en Ribadasella, le gustaban los coches, la caza y las tertulias de café. Escanciaba sidra con maneras de experto. Se reía estrepitosamente y por las tardes, si el invierno le daba una tregua, paseaba sus 73 años por la ribera del río. Fue buscado por la justicia holandesa por crímenes de guerra. En 1946 un tribunal lo había condenado a cadena perpetua como culpable de la detención de más de 2.000 judíos en Amsterdam, muchos de los cuales fueron torturados o asesinados después. Pero escapó.

Hauke Pattist

La Fundación Wiesenthal lo consideraba un objetivo prioritario. Pattis reconocía abiertamente su militancia en las SS, pero siempre negó los cargos. Según el diario El Comercio, decía: “Han sacado las cosas de quicio acusándome de tantas barbaridades. Total, por mearle encima a una judía embarazada…”. Igualmente, siempre contaba un terrible chiste que solo le hacía gracia a él: “¿Sabéis cómo entran 50 judíos en un Seiscientos?… Pues en el cenicero”. Pattist murió en Langreo en 2001 evadiendo la justicia de su país, pues España jamás admitió a trámite ninguna solicitud de extradición del gobierno holandés.

-De entre esta larga lista de ‘refugiados’, hubo uno que destacó sobremanera, pues se hizo un hombre fuerte y muy activo dentro del post fascismo que empezó a resurgir entre los años 50 y 80: Léon Degrelle.

Léon Degrelle, en el centro de la imagen.

Degrelle combatió junto a las fuerzas del Eje en la Segunda Guerra Mundial en la Legión Valonia, una unidad belga adscrita a las Waffen-SS. Encontrándose en Noruega tras la rendición incondicional de Alemania, logró escapar a España con otro oficial nazi llamado Robert du Welz, donde el régimen de Francisco Franco les protegió durante décadas. Bélgica pronunciaría in absentia la sentencia de muerte de Degrelle por crímenes de guerra, algo que nunca se llegó a ejecutar.

La oportuna concesión de la nacionalidad española lo libró de ser extraditado tras la caída del franquismo y dedicó sus últimos años a escribir propaganda fascista. Fue líder de los círculos nazis con más peso de España, además de participar enérgicamente en la reorganización del neonazismo en Europa. Se vanagloriaba de decir abiertamente que en una ocasión Hitler le dijo: “eres el hijo que nunca tuve”.

Durante su estancia en suelo español, vivió en la localidad sevillana de Constantina bajo el nombre falso de José León Ramírez Reina. Se le conocía como Don Juan de la Carlina -la Carlina era el nombre del enorme palacete que tenía en el municipio sevillano- y se hizo con el cariño de sus habitantes. Sin embargo, tras el amable Don Juan, se ocultaba alguien más siniestro.

Léon_Degrelle, junto a su hijo, en el palacete que construyó en la provincia de Sevilla. En el pueblo de Constantina. ‘La Carlina’.

Los más mayores de este bello municipio de la Sierra Norte de Sevilla aún le recuerdan, e incluso hay quien asistió de niño a algunas de las majestuosas fiestas que daba para la aristocracia y las personalidades del momento. Se erigió en un importante constructor al que se le concedieron grandes contratos en las bases americanas de Rota y Morón. Terminaría sus días de forma placentera a la edad de 87 años, en algún lugar de la provincia de Málaga plagada de camaradas.

Sus cenizas fueron esparcidas por su familia en la antigua residencia de verano de Hitler en Berchtesgaden, en el conocido como Nido de las Águilas. Un nido que nada tuvo que envidiar a nuestro país, en cuestión de arropar a muchos de los más grandes criminales de la Historia. Criminales que nunca ocultaron sus ideales raciales y su pasado nazi. Y que, por supuesto, nunca se arrepintieron.

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David Rodríguez C. | @muyhistoria

Periodista 3.0, escritor e investigador. Apasionado de la II Guerra Mundial y de la Historia en general. Todo el día de aquí para allá.

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