
La cabeza quedaba fuera; el cuerpo, encerrado en un cilindro. Para algunos enfermos de polio, aquel aparato hacía posible algo que habían dejado de realizar por sí solos: respirar. El pulmón de acero se convirtió en una de las imágenes más reconocibles de las epidemias del siglo XX.
Su historia permite seguir una transformación hospitalaria que fue más allá de una máquina. La necesidad de mantener vivos a muchos pacientes con insuficiencia respiratoria ayudó a desarrollar nuevas formas de ventilación y de atención intensiva, antes de que las vacunas modificaran la escala del problema.
Una máquina que movía el aire desde fuera
El aparato desarrollado por Philip Drinker y sus colaboradores en la década de 1920 funcionaba mediante cambios de presión alrededor del cuerpo. Al reducir la presión dentro de la cámara, el tórax se expandía y entraba aire en los pulmones; el ciclo siguiente permitía su salida.
La máquina sostenía una función vital, pero no eliminaba el virus ni resolvía todas las complicaciones. En los casos graves, el cuidado exigía observación continua y muchas tareas alrededor de una persona casi inmovilizada. La tecnología dependía también del trabajo de quienes la atendían.


Copenhague, 1952: demasiados enfermos para los recursos disponibles
Durante la epidemia de Copenhague de 1952, el hospital Blegdam se enfrentó a un gran número de pacientes con dificultades respiratorias. El anestesista Bjørn Ibsen propuso ventilación con presión positiva, introduciendo aire a través de una vía respiratoria preparada para ello.
Fue necesario organizar relevos de estudiantes de medicina para accionar manualmente las bolsas de ventilación. La solución requería continuidad: el relevo humano formaba parte del sistema de supervivencia. La emergencia convirtió una propuesta clínica en una operación colectiva.
La interpretación de las alteraciones de gases en sangre también cambió. El episodio mostró la importancia de comprender qué estaba ocurriendo con la ventilación, en lugar de tratar únicamente los signos externos. La vigilancia y la fisiología debían acompañar a la asistencia mecánica.
De la epidemia a una nueva organización hospitalaria
El análisis histórico de John B. West relaciona aquella experiencia con el desarrollo de los cuidados intensivos modernos. Concentrar pacientes, recursos y personal especializado permitía responder a problemas que requerían atención constante. Una sala podía organizarse alrededor de la gravedad y las necesidades del enfermo, además de la enfermedad que lo había llevado allí.
No todo nació de un único episodio. La anestesia, la cirugía y las experiencias previas de ventilación aportaban conocimientos y herramientas. Copenhague convirtió su coordinación en una necesidad inmediata. La crisis aceleró una transformación que exigía máquinas y organización.
La vacuna cambió el escenario
La vacuna de Jonas Salk fue autorizada en Estados Unidos en 1955; las vacunas orales asociadas a Albert Sabin llegaron después. La prevención modificó profundamente la lucha contra la poliomielitis, mientras algunos supervivientes continuaron necesitando asistencia respiratoria.
Por eso el pulmón de acero tiene dos historias inseparables. Es un objeto de ingeniería médica y también un espacio de vida. La experiencia de sus usuarios no terminó cuando el aparato pasó a los museos: su fotografía conserva la distancia entre una solución técnica y lo que significaba depender de ella.
Fuentes y bibliografía
John B. West, «The physiological challenges of the 1952 Copenhagen poliomyelitis epidemic and a renaissance in clinical respiratory physiology», 2005.
Caroline Richmond, Bjørn Ibsen, obituario y contexto de la epidemia, BMJ, 2007.
Science Museum, historia del pulmón de acero.
CDC, cincuentenario de la autorización de la vacuna de Salk, 2005.
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