Edad ContemporáneaEn PortadaHistoriaHistoria Militar

La noche en que intentaron secuestrar a Isabel II: los alabarderos que salvaron el Palacio Real en 1841

Una reina de diez años, una escalera y la batalla que cambió la historia de España

El marco dorado parece excesivo para una obra tan pequeña. En su interior, veinte militares observan al visitante desde tres filas de retratos diminutos. Uniformes oscuros, charreteras, condecoraciones y bigotes cuidadosamente ordenados. En el centro domina el coronel Domingo Dulce. Debajo, encerrada en una corona de laurel, aparece la contraseña que explica el conjunto:

«Lealtad y valor. Noche del 7 de octubre de 1841».

Aquel cuadro conserva los rostros de quienes frustraron el intento de secuestro de Isabel II, una operación militar destinada a capturar a la reina niña, derribar la Regencia de Espartero y alterar por la fuerza el gobierno de España.

Isabel II, niña
Carlos Luis de Ribera y Fieve
Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado
Isabel II, niña
Carlos Luis de Ribera y Fieve
Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado

La batalla no se libró en campo abierto. Ocurrió dentro del Palacio Real de Madrid, entre patios, puertas y, especialmente, una monumental escalera de mármol. Al pie de ella quedó un reducido grupo de alabarderos. Frente a ellos avanzaban oficiales prestigiosos y soldados sublevados.

Durante unas horas, el trono dependió de quién lograra dominar aquellos peldaños.

El cuadro de los alabarderos: veinte rostros y un nombre sin retrato

La obra está atribuida al pintor y miniaturista cartagenero José Balaca y Carrión, especialista en retratos sobre marfil. Entre sus trabajos se documenta precisamente un conjunto dedicado a los alabarderos que defendieron el Palacio Real durante los sucesos de octubre de 1841.

No representa el combate. Tampoco aparecen Diego de León, Manuel de la Concha ni los soldados que irrumpieron en el edificio. Balaca escogió otra forma de narrar la noche: individualizó a sus defensores, dio un número a cada hombre y escribió sus nombres en el borde inferior.

La lectura de la inscripción permite identificar a:

Felipe Piquero, José Díaz, Santiago Barrientos, Domingo Dulce, Tomás Zapata, Benito Fernández, Francisco Touran, Juan Díaz, Francisco Amutio, José Contreras, Vicente Misis, Fernando de Mora, Manuel Fernández, Francisco Villar, Antonio Ramírez, Mariano López, Pablo San Frutos, José Alba, Eugenio Pérez, Saturnino Fernández y Jaime Armengol.

El cuadro contiene veinte retratos, pero enumera veintiún nombres. Junto al de Jaime Armengol se añadió una precisión seca: no estaba retratado. La memoria de la Guardia Real lo considera el alabardero muerto durante la defensa. Su ausencia física dentro de la composición terminó convirtiéndose en la presencia más inquietante del conjunto.

España en 1841: una reina niña bajo la sombra de los generales

Isabel II tenía once años. Era reina desde 1833, cuando la muerte de Fernando VII había abierto una disputa sucesoria que desembocó en la Primera Guerra Carlista. La victoria del bando isabelino no devolvió la estabilidad. El liberalismo español quedó fracturado entre moderados y progresistas, mientras los generales vencedores acumulaban prestigio, clientelas políticas y capacidad para inclinar el poder.

La madre de la reina, María Cristina de Borbón, había ejercido la Regencia. En 1840 abandonó España después de perder el pulso político frente al general Baldomero Espartero, duque de la Victoria y gran figura militar del momento.

Espartero fue elevado a la Regencia en 1841. La Corona seguía encarnada por Isabel, pero la dirección efectiva del Estado pertenecía al general y al sector progresista. La tutela de la reina recaía sobre el político Agustín Argüelles; la condesa de Espoz y Mina desempeñaba un papel esencial dentro de su entorno doméstico.

Retrato de Baldomero Espartero, por Esquivel (1841)
Retrato de Baldomero Espartero, por Esquivel (1841)

Los moderados exiliados y los partidarios de María Cristina presentaron aquella situación como una apropiación política de la soberana. Su respuesta fue un pronunciamiento coordinado en varios puntos del país. La acción decisiva debía producirse en Madrid: tomar el Palacio, capturar a Isabel y a su hermana Luisa Fernanda y ponerlas bajo el control de los sublevados.

El lenguaje empleado por unos y otros resultaba revelador. Los moderados afirmaban que deseaban «rescatar» a la reina de los progresistas. Para el Gobierno, el plan constituía un secuestro y una rebelión contra la Regencia legalmente establecida.

En el centro del dispositivo estaban dos generales: Manuel Gutiérrez de la Concha y Diego de León y Navarrete.

Diego de León, la espada romántica del golpe

Diego de León, nacido en Córdoba en 1807, había alcanzado el grado de teniente general y ganado fama durante la Primera Guerra Carlista. Su valor en las cargas de caballería le había proporcionado una reputación casi legendaria, era la “primera lanza del reino” y el título de conde de Belascoáin.

Diego de Leon
Diego de Leon

En el imaginario militar encarnaba al oficial romántico: arrojado, elegante y dispuesto a exponerse en primera línea. Aquella celebridad convertía su adhesión al levantamiento en un arma política. Si Diego de León aparecía al frente de la operación, muchos soldados podían interpretar que la causa gozaba de legitimidad y posibilidades de triunfo.

El golpe de octubre formaba parte de una conspiración más amplia contra Espartero. Hubo movimientos en Navarra, las provincias vascas, Zaragoza, Bilbao y otras plazas. Sin embargo, el éxito de toda la empresa dependía de Madrid. Los sublevados necesitaban controlar a Isabel II antes de que el Gobierno pudiera organizar una respuesta.

El 7 de octubre, bajo una noche lluviosa, fuerzas comprometidas con la rebelión se dirigieron hacia el Palacio Real. La Guardia Exterior permitió o facilitó el acceso. Los conspiradores habían superado la primera barrera.

Delante quedaba la Guardia de Alabarderos.

La escalera principal: el lugar donde debía morir el golpe

El Palacio Real era un territorio difícil de defender con pocos hombres. Tenía grandes patios, galerías, escaleras secundarias y centenares de dependencias. Domingo Dulce y sus compañeros no podían cubrir todo el edificio. Debían concentrarse en el espacio que conducía a las habitaciones de la reina.

Asalto del teniente general Diego de León al Palacio Real de Madrid en 1841.
Asalto del teniente general Diego de León al Palacio Real de Madrid en 1841.

La gran escalera principal ofrecía esa oportunidad.

Su anchura y monumentalidad podían favorecer al atacante mientras avanzara sin oposición, pero se convertían en una trampa cuando desde los rellanos superiores se cerraba el paso. Los sublevados tenían que ascender expuestos. Los defensores podían disparar desde posiciones elevadas, replegarse ordenadamente y bloquear los accesos interiores.

Las crónicas sitúan a Manuel de la Concha dirigiendo el avance por los interiores de Palacio y ordenando tomar la escalera, mientras los alabarderos, mandados por Domingo Dulce y Santiago Barrientos, sostenían la defensa. El número exacto varía según las relaciones y la forma de contabilizar jefes, oficiales y guardias, aunque la memoria visual del cuadro conserva veintiún nombres vinculados al episodio.

Retrato de Manuel Gutiérrez de la Concha, marqués de Duero.
Retrato de Manuel Gutiérrez de la Concha, marqués de Duero.
Esta misma imagen se conserva en el Álbum muestrario de la casa Laurent número 1, custodiado en el Museo de Historia de Madrid, con el número de inventario es 1991/018/0001-165. También aparece referido en el catálogo comercial de Laurent de 1863.

Los disparos retumbaron dentro del edificio. En un espacio de mármol, piedra y bóvedas altas, cada descarga debió multiplicarse como un cañonazo. El humo de la pólvora redujo la visibilidad. Las órdenes se mezclaron con los gritos de los heridos y el estrépito de las armas.

Arriba estaban Isabel II y Luisa Fernanda. Abajo se decidía quién las custodiaría al amanecer.

Los atacantes no consiguieron romper la resistencia. Cada minuto perdido permitía reaccionar a la Milicia Nacional y a las unidades leales a Espartero. El golpe, concebido como una acción rápida, comenzaba a pudrirse dentro del propio Palacio.

Los conspiradores podían entrar, pero no llegar hasta la reina.

Domingo Dulce: el defensor que terminaría conspirando contra Isabel II

Domingo Dulce y Garay había nacido en Sotés, La Rioja, en 1808. Era veterano de la Primera Guerra Carlista y había combatido en el bando isabelino. Su carrera estaba ligada entonces a Espartero, bajo cuyas órdenes había servido.

La defensa del Palacio lo convirtió en uno de los hombres fuertes del régimen. Su trayectoria posterior, sin embargo, muestra las contradicciones del Ejército político decimonónico. Ascendió al generalato, fue capitán general de Cataluña, senador y dos veces capitán general de Cuba. Allí se enfrentó a intereses vinculados a la trata de esclavos y trató de aplicar medidas reformistas en un ambiente cada vez más hostil.

El giro más áspero llegaría en 1868. Dulce, el oficial que había impedido que los moderados se apoderaran de Isabel II, terminó participando en el movimiento que provocó su destronamiento. La lealtad del militar de 1841 no había sido una adhesión personal e inmutable a la reina. Respondía a una determinada legalidad, a unas alianzas políticas y a la lógica cambiante de los espadones liberales.

Santiago Barrientos, el alabardero llegado desde Chiloé

Entre los retratados aparece un hombre cuya vida parece atravesar medio siglo de guerras hispánicas: Santiago Barrientos Alvarado.

Había nacido en Castro, en Chiloé (Chile), en 1789. Sirvió en las fuerzas realistas durante las guerras de emancipación hispanoamericanas, fue capturado en 1817 y permaneció preso durante años. Logró escapar, pasó por Montevideo y Río de Janeiro y terminó llegando a la Península.

Su carrera continuó en España. Combatió durante el Trienio Liberal, volvió al Ejército tras la muerte de Fernando VII y participó en la Primera Guerra Carlista. En 1839 fue destinado a la Guardia de Alabarderos del Palacio Real.

Dos años después estaba junto a Dulce frente a los hombres de Concha.

Por su actuación recibió la Cruz Laureada de San Fernando. Su peripecia no terminó en Madrid: desempeñó luego destinos en Cuba y Puerto Rico, regresó a Chile en 1858 y se instaló en Valdivia. Murió allí en 1882, después de haber servido a la Monarquía en América y Europa y de haber sobrevivido a prisiones, guerras civiles, travesías oceánicas y pronunciamientos.

En una exposición celebrada en Santiago de Chile en 1873, su espada fue uno de los obejtos más destacados
La espada de plata de Santiago Barrientos se encuentra actualmente custodiada en el Museo Histórico Nacional (MHN), ubicado en pleno centro de Santiago de Chile, en el antiguo Palacio de la Real Audiencia (Plaza de Armas 951).
La espada de plata de Santiago Barrientos se encuentra actualmente custodiada en el Museo Histórico Nacional (MHN), ubicado en pleno centro de Santiago de Chile, en el antiguo Palacio de la Real Audiencia (Plaza de Armas 951).

Su presencia en el cuadro introduce una dimensión que suele perderse en los relatos del asalto. La guardia de Isabel II reunía hombres nacidos en territorios muy distantes de la Monarquía. Barrientos llevó hasta la escalera del Palacio Real una biografía iniciada en el extremo austral de América.

Los otros nombres del marfil

De los restantes alabarderos se conoce menos. La inscripción conserva sus identidades, pero la reconstrucción de sus carreras exige cruzar hojas de servicio, expedientes de recompensas, documentación de Palacio y archivos militares.

Felipe Piquero, José Díaz, Tomás Zapata, Benito Fernández, Francisco Touran, Juan Díaz, Francisco Amutio, José Contreras, Vicente Misis, Fernando de Mora, Manuel Fernández, Francisco Villar, Antonio Ramírez, Mariano López, Pablo San Frutos, José Alba, Eugenio Pérez y Saturnino Fernández quedaron fijados en la obra como partícipes de la defensa.

En algunos casos, la repetición de apellidos comunes dificulta seguirlos sin riesgo de confundirlos con otros militares contemporáneos. El cuadro ofrece iniciales, empleos parciales y apellidos; no siempre aporta lugar de nacimiento, edad o unidad de procedencia. Atribuirles carreras posteriores sin la correspondiente hoja de servicios convertiría la investigación en conjetura.

Su principal vicisitud documentada permanece concentrada en aquella noche: mantuvieron la posición, sobrevivieron al combate y fueron incorporados a una memoria colectiva de lealtad. El caso de Armengol quedó separado por la muerte.

El fracaso del asalto y el fusilamiento de Diego de León

Cuando los sublevados comprendieron que no podían alcanzar las habitaciones reales, la operación estaba perdida. Las fuerzas leales se movilizaban por Madrid y el tiempo jugaba contra los atacantes.

Manuel de la Concha consiguió escapar. Diego de León huyó de la capital, pero fue detenido cerca de Colmenar Viejo. Tras un consejo de guerra, recibió sentencia de muerte (hablamos de él en este artículo: “Así cayó Diego de León“). Espartero rechazó las presiones para indultarlo.

El 15 de octubre de 1841 fue fusilado en Madrid. Tenía treinta y cuatro años. Su ejecución transformó al militar derrotado en una figura trágica para el moderantismo y alimentó una leyenda romántica centrada en su serenidad ante el pelotón.

La dureza de Espartero pretendía advertir a los generales de que la fama adquirida en la guerra carlista no garantizaba impunidad frente al Estado. El mensaje tuvo un efecto ambiguo. La muerte de Diego de León eliminó a un adversario, pero proporcionó a los enemigos del regente un mártir de enorme fuerza simbólica.

La política española continuó dependiendo de los pronunciamientos. Espartero cayó en 1843. Isabel II fue declarada mayor de edad con trece años. Varios de los hombres que se habían enfrentado en octubre de 1841 volverían a aparecer en revoluciones, gobiernos, capitanías generales y campañas militares.

La noche que quedó encerrada en un marco

Isabel II Palacio Real 1841

La pintura presenta a los defensores uniformados, inmóviles y limpios. Nada muestra el humo de los disparos ni la sangre en la escalera. Tampoco el miedo de dos niñas encerradas en sus habitaciones mientras hombres armados decidían su destino.

En el centro, Domingo Dulce conserva la mirada del vencedor. A su lado está Santiago Barrientos, el soldado chilote que cruzó océanos y prisiones antes de terminar defendiendo a la reina de España. En la línea inferior aparecen hombres cuyas vidas continúan ocultas tras nombres apenas legibles.

El último es Jaime Armengol.

No tiene rostro.

Su número permanece junto a una anotación funeraria, como si hubiera llegado tarde a la sesión del pintor o continuara de guardia fuera del marco. Delante de la obra, bajo el cristal y el reflejo de las luces, los veinte retratados siguen mirando hacia fuera.

La escalera queda detrás.

Grabado de Víctor Morelli. Defensa de la escalera del Palacio Real por los Alabarderos
Grabado de Víctor Morelli. Defensa de la escalera del Palacio Real por los Alabarderos

Descubre más desde El Reto Histórico

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Miguel Ángel Ferreiro

Militar de carrera, autor de "La Segunda Columna" (Ed.Edaf), director de este proyecto e Historiador del Arte (UNED). Entre África y Europa, como el Mediterráneo.
Botón volver arriba