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Antiguos astronautas: por qué la arqueología no respalda la hipótesis extraterrestre

La posibilidad de que exista vida fuera de la Tierra es una cuestión científica perfectamente legítima. Otra muy distinta es afirmar que seres extraterrestres visitaron nuestro planeta en la Antigüedad, transmitieron conocimientos a determinadas culturas o participaron en la construcción de algunos de sus grandes monumentos.

Esta última idea es conocida popularmente como la hipótesis de los antiguos astronautas. Durante décadas ha utilizado las pirámides de Egipto, las líneas de Nasca, Puma Punku y otras obras monumentales como supuestas evidencias de una intervención tecnológica procedente de otros mundos.

Su atractivo es evidente: plantea una explicación extraordinaria para algunas de las realizaciones más impresionantes del pasado. El problema aparece cuando esa explicación se compara con el registro arqueológico.

¿Qué afirma la hipótesis de los antiguos astronautas?

La versión moderna de esta hipótesis adquirió una enorme popularidad durante la segunda mitad del siglo XX. Su argumento suele repetirse con una estructura similar: una construcción parece demasiado grande, demasiado precisa o demasiado compleja para la tecnología que atribuimos a determinada sociedad; por tanto, se plantea que debió intervenir una tecnología desconocida o exterior.

El salto metodológico está precisamente ahí. Que todavía discutamos cómo se realizó exactamente una parte de una obra antigua no constituye una prueba de intervención extraterrestre. Entre no conocer todos los detalles de un proceso tecnológico y atribuirlo a seres procedentes de otro planeta existe un enorme espacio que debe llenarse con evidencias.

La arqueología trabaja con restos materiales, estratigrafía, cronologías, herramientas, canteras, asentamientos, residuos de producción, textos, restos humanos y animales, experimentación y comparación tecnológica. Para aceptar una intervención extraterrestre sería necesario encontrar evidencias arqueológicas que realmente la exigieran.

Hasta ahora, no las tenemos.

Las líneas de Nasca: un paisaje construido por sociedades humanas

Las líneas y geoglifos de Nasca, en el sur del actual Perú, constituyen uno de los escenarios favoritos de la literatura sobre antiguos astronautas.

La espectacularidad de algunas figuras y su enorme tamaño ha alimentado durante años una pregunta aparentemente lógica: si muchas se aprecian especialmente bien desde cierta altura, ¿fueron creadas para alguien que podía contemplarlas desde el cielo?

El registro arqueológico no obliga a llegar a esa conclusión. Los geoglifos fueron realizados retirando las piedras oscuras de la superficie del desierto para dejar expuesto el terreno más claro situado debajo. Es una técnica sencilla en sus principios, aunque su aplicación a gran escala requiriese organización, planificación y conocimiento del terreno.

Antiguos astronautas: geoglifo de las líneas de Nazca visto desde el aire
Geoglifo de Nazca visto desde el aire, Perú. Fuente: Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

Lo extraordinario de Nasca reside en la capacidad de aquellas sociedades para transformar enormes extensiones del territorio en un paisaje simbólico y ritual, no en una tecnología incomprensible.

La interpretación exacta de muchas figuras y líneas continúa siendo objeto de investigación, como muestran los nuevos estudios sobre las Líneas de Nazca. Se han propuesto funciones rituales, sociales, procesionales y astronómicas, entre otras. La existencia de preguntas abiertas, sin embargo, no convierte automáticamente a los extraterrestres en una explicación arqueológica.

Antiguos astronautas: trazado arqueológico de las líneas de Nazca
Trazado arqueológico de las líneas de Nazca, Perú. Fuente: Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

Guiza: trabajadores, administración y transporte de materiales

Las pirámides egipcias constituyen probablemente el ejemplo más famoso asociado a los antiguos astronautas.

La Gran Pirámide de Keops impresiona todavía hoy por sus dimensiones, la organización necesaria para construirla y la precisión alcanzada por sus constructores. Esa espectacularidad ha servido para alimentar afirmaciones según las cuales los egipcios no habrían podido realizar una obra semejante con sus propios conocimientos.

Sin embargo, el conjunto de Guiza es precisamente uno de los lugares donde disponemos de abundantes evidencias sobre el componente humano de aquellas construcciones. Las excavaciones han documentado asentamientos relacionados con los trabajadores, edificios administrativos, cerámica, restos de alimentación, áreas de producción y otros elementos que permiten reconstruir parte de la enorme infraestructura necesaria para mantener una fuerza laboral de gran tamaño.

Antiguos astronautas: la Gran Esfinge ante las pirámides de Guiza
La Gran Esfinge con las pirámides de Guiza al fondo, Egipto. Fuente: Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

Tenemos además un documento excepcional procedente del reinado de Keops: el llamado diario de Merer. Los papiros encontrados en Wadi el-Jarf describen las actividades de un equipo dirigido por un funcionario llamado Merer y el transporte de piedra caliza desde las canteras de Tura hacia la zona de la Gran Pirámide.

La importancia de estos documentos es enorme. Nos permiten observar una pequeña parte de aquella maquinaria administrativa desde dentro: trabajadores organizados en equipos, navegación fluvial, transporte de materiales y responsables identificables.

Antiguos astronautas: representación histórica de las pirámides de Guiza
La Esfinge y las pirámides de Guiza en una litografía de David Roberts, 1839. Fuente: Wikimedia Commons, dominio público.

No conocemos cada una de las decisiones técnicas empleadas durante la construcción de la Gran Pirámide. Pero poseemos suficientes evidencias para reconstruir un contexto humano coherente en el que aquella obra fue concebida, abastecida y ejecutada.

Puma Punku: precisión no significa tecnología extraterrestre

Otro lugar recurrente es Puma Punku, integrado en el gran complejo de Tiwanaku, en la actual Bolivia.

Sus bloques monumentales, algunas piezas de andesita y determinadas formas geométricas han generado imágenes especialmente eficaces para televisión y redes sociales. Con frecuencia se presentan primeros planos de la piedra acompañados de afirmaciones según las cuales semejante precisión habría sido imposible con las tecnologías disponibles en el mundo andino.

Antiguos astronautas: bloques de cimentación de Puma Punku
Bloques de cimentación de Puma Punku, Bolivia. Fuente: Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0.

El problema es que Puma Punku no aparece arqueológicamente como una construcción aislada, llegada de ningún lugar o carente de evolución histórica.

Las investigaciones arqueológicas han documentado fases de construcción, utilización, modificación y reconstrucción. El monumento formó parte del desarrollo político y ritual de Tiwanaku y estuvo integrado en un paisaje urbano y ceremonial mucho mayor.

Antiguos astronautas: bloques en H de Puma Punku
Bloques con perfil en H de Puma Punku, Bolivia. Fuente: Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0.

La cantería es extraordinaria. Eso no está en discusión. Lo que debe discutirse es la afirmación de que extraordinario significa automáticamente imposible.

La arqueología andina ha estudiado técnicas de extracción, talla, abrasión, percusión, pulido y ensamblaje utilizadas en la arquitectura pétrea. Persisten cuestiones sobre determinadas técnicas concretas, como ocurre en muchos otros yacimientos. Pero una pregunta tecnológica todavía abierta no constituye una prueba de maquinaria extraterrestre.

Antiguos astronautas: ensamblaje pétreo en Puma Punku
Detalle del ensamblaje pétreo en Puma Punku, Bolivia. Fuente: Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0.

Convertir nuestra ignorancia en una prueba

Las historias sobre antiguos astronautas se benefician de un mecanismo argumental especialmente poderoso. Primero se presenta una obra impresionante. Después se selecciona algún aspecto difícil de explicar de forma inmediata. Finalmente, ese espacio de incertidumbre se utiliza como evidencia de una explicación extraordinaria.

El razonamiento podría resumirse así: no sabemos exactamente cómo hicieron esto; por tanto, tuvo que hacerlo alguien con una tecnología superior.

La investigación histórica funciona en dirección contraria. Cuando desconocemos cómo se fabricó, transportó o ensambló una pieza, la respuesta consiste en buscar canteras, herramientas, piezas inacabadas, huellas de fabricación, documentación, analogías y nuevos contextos arqueológicos.

En ocasiones esas investigaciones resuelven el problema. En otras obligan a modificar hipótesis anteriores. Y algunas preguntas permanecen abiertas durante décadas.

Ese desconocimiento no es un fracaso de la arqueología. Es precisamente el lugar donde comienza la investigación.

Un problema también historiográfico

Existe además otro aspecto relevante. Muchas de las culturas convertidas en protagonistas de estas narrativas pertenecen a África, América, Asia u Oceanía. Egipto, Nasca, Tiwanaku, los mayas o Rapa Nui aparecen constantemente como sociedades que supuestamente necesitaron ayuda exterior para alcanzar determinados niveles arquitectónicos o científicos.

Esto obliga a preguntarnos por qué resulta a veces tan difícil aceptar que aquellas sociedades fueron capaces de desarrollar conocimientos técnicos complejos por sí mismas.

No significa que toda persona interesada en los antiguos astronautas sostenga conscientemente prejuicios sobre esas culturas. Pero sí existe una larga tradición de interpretaciones que han minusvalorado la capacidad tecnológica de determinadas sociedades y han buscado agentes externos para explicar sus monumentos.

La respuesta arqueológica no consiste en idealizarlas. Consiste en atribuirles aquello que las evidencias muestran que hicieron.

¿Existe alguna evidencia arqueológica de visitantes extraterrestres?

La arqueología no puede demostrar de manera absoluta que ningún ser extraterrestre haya visitado jamás nuestro planeta en ningún momento de su historia. Pero esa tampoco es la pregunta adecuada.

La cuestión relevante es otra: ¿existe actualmente evidencia arqueológica convincente que obligue a explicar alguna civilización antigua mediante una intervención extraterrestre?

Con las evidencias disponibles, la respuesta es no.

No conocemos artefactos inequívocamente extraterrestres procedentes de contextos arqueológicos antiguos. No tenemos materiales cuya existencia exija una tecnología ajena a las sociedades humanas. Tampoco conocemos documentación verificable que demuestre contactos con seres procedentes de otros mundos.

En cambio, encontramos asentamientos, trabajadores, canteras, herramientas, técnicas de producción, documentos, secuencias constructivas y tradiciones culturales.

El pasado contiene todavía innumerables enigmas. Pero quizá su verdadera grandeza no esté en imaginar que alguien vino desde las estrellas para construirlo. Está en descubrir hasta dónde fueron capaces de llegar las sociedades humanas con los conocimientos, recursos y organizaciones de su propio tiempo.


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Redacción

Equipo de Redacción / Notas de Prensa / Agencias
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