Los “Kamikazes” alemanes: la última esperanza de Hitler

Sí, han leído bien: kamikazes alemanes. Los nazis planearon, al igual que sus socios los japoneses, formar a pilotos suicidas que derribasen los bombarderos aliados. Sin embargo, esta jugada no les salió ‘tan bien’ como al ejército nipón, a pesar de que algunos tenían puestas grandes esperanzas en esta nueva estrategia bélica. Y es que hablamos de una maniobra que no se ejecutaría de pleno hasta casi finalizada la Segunda Guerra Mundial.

Por cierto, si no lo sabían, una de las artífices de esta idea fue la laureada piloto alemana Hanna Reitsch. Sí, sí, aquella as del aire sobre la que siempre recayó la sospecha de haber sido quien hipotéticamente sacó a Hitler del búnker, in extremis, para trasladarlo en secreto hasta algún lugar de Sudamérica.

Hanna Reitsch realizando el saludo fascista tras ser condecorada con la Cruz de Hierro.

Antes de nada analicemos los orígenes de estos intentos de kamikazes germanos. De ese quiero y no puedo. Reitsch, todo un ejemplo para el país, era una aguerrida aviadora de la Luftwaffe. Capitaneaba el escuadrón KG 200, que era algo así como la rama dedicada a las operaciones especiales y clandestinas. Una unidad que desarrollaba y contaba con aparatos experimentales, de transporte y de reconocimiento, y que llevaban a cabo, entre otras, misiones secretas de bandera falsa, tales como la famosa Operación Greif, al frente de la cual estuvo Otto ‘caracortada’ Skorzeny.

El coronel de las Waffen-SS Otto Skorzeny.

Pues bien, en plena fase de desarrollo del primer misil guiado utilizado en la guerra, los famosos V-1, a la piloto favorita del Führer se le ocurrió la idea fabricar versiones tripuladas de estas impresionantes bombas, para que así se arrojasen con un mayor grado de efectividad sobre los objetivos militares del enemigo. Hay que tener en cuenta que con las imponentes V-1 se pretendía exterminar poblaciones y no objetivos concretos de menor calado, tales como un crucero pesado, pues su precisión estaba poco definida. Para que el nivel de acierto aumentara, según Reitsch, debía fabricarse un modelo que estuviera pilotado por un valiente soldado. Algo que, de llevarse a la práctica, sería una maniobra letal contra británicos y estadounidenses.

Pero, ¿cuál es la diferencia psicológica entre japoneses y alemanes? Claramente los tokkōtai asiáticos estaban educados en esa filosofía desde la escuela. Desde pequeños, hacían un juramento donde se ofrecían a proteger con sus vidas al Estado y a la familia Imperial. El morir por el país o por el emperador era considerado como todo un honor ya desde niños. Era parte de su cultura y de su religión. Por el contrario, los alemanes, a pesar de estar dispuestos a morir en el campo de batalla, una cosa era el cuerpo a cuerpo, y otra muy distinta era el arrojarse por voluntad propia hacia un blanco aunque ello le costase la vida.

Los altos mandos de la Luftwaffe hicieron firmar a los hombres elegidos para probar los misiles tripulados un documento que decía tal que así: “Es mi voluntad ofrecerme como piloto de bombas dirigibles. Tengo plena conciencia de que esto podría significar mi muerte”. Sin embargo, aquellos siempre les aseguraban a sus combatientes que había una posibilidad de salir con vida. Justo segundos antes del impacto, podrían eyectarse y escapar en paracaídas de esa muerte segura. Algo, seamos honestos, muy complicado, por no decir imposible. Algo que solo podían hacer unos pocos aviadores lo suficientemente experimentados. De hecho, durante las pruebas experimentales así ocurrió.

Cuando se construyeron los primeros prototipos de lo que se denominó la Fieseler Fi 103 Reichenberg, es decir, la versión de la V-1 tripulada, los primeros intentos de hacer impactar la bomba sobre puntos exactos acabaron con los ‘voluntarios’ en el hospital o en el cementerio. ¿Qué ocurrió pues? Que la conocida como “misionera alemana”, Hanna Reitsch, decidió ella misma ponerse al mando de uno de estos letales misiles y el vuelo fue todo un éxito.

Fieseler Fi 103 Reinchenberg capturado por los aliados.

El siguiente paso fue construir en masa esta arma secreta. Se fabricaron aproximadamente unas doscientas. Las posibilidades eran infinitas. Si salía bien, el nazismo se apuntaría un tanto que podría ayudarle a ganar la guerra. Por el contrario, desde la jerarquía militar germana no se veía con buenos ojos esta táctica de utilizar hombres y arrojarlos a las fauces del león. Pensaban que no era buena idea desaprovechar hombres, máxime en momentos tan cruciales como tras la pérdida del teatro de operaciones del Mediterráneo, el desembarco de Normandía o la derrota en la denominada Operación Bagratión.

De esta manera, la 5ª escuadrilla del KG 200, también conocida como Escuadrón Leónidas -en referencia al famoso rey espartano que se sacrificó con sus hombres en la batalla de las Termópilas-, era desmantelada por completo. Había que olvidarse de ese proyecto. Es más, al parecer, cuando Hitler se entera en el otoño de 1944 de la existencia de esta unidad por mediación de Albert Speer, también desaprueba su ejecución. Quedaban esperanzas de ganar la contienda y no estaba dispuesto a sumar más bajas por una causa de la que no estaba muy convencido.

El segundo intento de realizar maniobras suicidas contra el adversario llegaría parejo al anterior, también en 1944, pero alejándose ya de explosivos tripulados por hombres y centrándose en el más puro estilo del país del sol naciente: cazas cargados de bombas cuya única causa era la embestida con el contrario.

Los Focke-Wulf 190 modelo A-8, eran aeronaves fuertemente armadas y blindadas, que debían disparar a los bombarderos aliados desde distancias muy cortas para asegurar su derribo. Las instrucciones directas que recibían los pilotos decían que embistieran a los aviones enemigos si fuera necesario. Se les llamó Grupos de Asalto, o Sturmgruppen. Esta opción sí que tuvo éxito por la dilatada experiencia de sus aviadores. Muy pocos fueron los hombres que perecieron en la embestidas, pues ahora sí que tenían la suficiente agilidad como para darles tiempo de saltar antes del choque.

Un Fw 190A capturado y repintado por la USAAF, como resultado las insignias alemanas no coinciden con las originales en dimensiones y posición.

Marzo de 1945. Prácticamente todo está perdido. Stalin avanza por el este y Roosevelt por el oeste. La desesperación puede más que la razón. Los Sturmgruppen han sido aniquilados por la Fuerza Aérea de Estados Unidos. Hitler, que no era partidario del ‘suicidio’ inducido en la batalla, decide dar luz verde a la creación del Sonderkommando Elbe, o lo que es lo mismo, el Comando Especial Elba. Un escuadrón pilotado por jóvenes imberbes e inexpertos. El 7 de abril de 1945 tendría lugar su única misión. Una carnicería. Los alemanes, con poco más de doscientos aviones; los norteamericanos, con 1.300 bombarderos y 850 cazas. Imagínense el desenlace.

Diez días más tarde se ‘desempolva’ al Escuadrón Leónidas y ahora sí que se pone en marcha. Durante la Batalla de Berlín, la Luftwaffe ordena las denominadas Selbstopfereinsätze u operaciones militares de ‘auto-sacrificio’, contra los puentes de barcas construidos por el Ejército Rojo sobre el río Óder. De esta forma, y al mando del Teniente Coronel Heiner Lange, del 17 al 20 de abril de 1945 la citada escuadrilla usó cualquier tipo de aeronave que tuviera en su poder para estrellarse contra los pontones e intentar frenar el paso de los rusos.

El reconocido historiador militar Antony Beevor ha escrito sobre dicho incidente y mantiene que los soldados de Leónidas sólo abatieron un único puente. Beevor, en su obra Berlin: The Downfall 1945, comenta la ineficacia de dicha misión a la desesperada. El final ya lo saben: pocos días después, el 30 de abril, el único kamikaze era Hitler. Se suicidaba tras haber llevado a su nación a la devastación más absoluta.

El historiador británico Antony Beevor.

Posdata: ¿Qué fue de la heroína Hanna Reitsch? La historia oficial cuenta que, tras reunirse en el Führerbunker con Hitler, horas antes de su muerte, la piloto escapó de Berlín sin más compañía que la de su avión Fieseler Fi 156 Storch. Sin embargo, algunos estudiosos del caso mantienen que la inteligencia soviética barajó otra hipótesis: que huyera con Hitler y lo pusiera a salvo. Para avivar más aún las teorías conspirativas, la mismísima Reitsch hizo estas declaraciones en un libro, en 1979 –año de su fallecimiento-: “¿Acaso no sería posible que llevara a Hitler a un lejano escondite? Aún hoy, muchos siguen haciéndome esa misma pregunta, pero yo prefiero mantener la boca cerrada”.

David Rodríguez C. | @muyhistoria

Periodista 3.0, escritor e investigador. Apasionado de la II Guerra Mundial y de la Historia en general. Todo el día de aquí para allá.

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