Hatshepsut fue una de las pocas mujeres que gobernaron el Antiguo Egipto con plenos poderes. Su ascenso estuvo ligado a la minoría de edad de su hijastro y sobrino, Tutmosis III, coronado cuando todavía era un niño tras la muerte de su padre, Tutmosis II. Hacia 1473 a. C., Hatshepsut asumió el título y las funciones de faraón.

De reina regente a faraón de Egipto
Durante sus primeros años, Hatshepsut ejerció como reina regente. Entre los años 2 y 7 del reinado de Tutmosis III asumió la dignidad de faraón y adoptó el nombre de trono Maatkare. Para legitimar su posición, la nueva soberana recurrió a la tradición dinástica y a la teología de Amón: se presentó como hija del dios y heredera legítima de Tutmosis I.
Su acceso al poder no fue una anomalía surgida de la nada: en la memoria dinástica existían precedentes de mujeres con una posición excepcional, como Merytneit, la enigmática reina de las primeras dinastías. Hatshepsut llevó esa posibilidad mucho más lejos al asumir públicamente la titulatura y las funciones de faraón.
La ideología real egipcia concebía al soberano y a la gran esposa real como figuras complementarias en los rituales destinados a mantener el orden del universo. Tras asumir el faraonato, Hatshepsut no volvió a contraer matrimonio. Su autoridad se articuló mediante la titulatura, el protocolo y las imágenes propias del rey, mientras Tutmosis III permanecía como corregente.
La evolución de su imagen refleja esa transformación política: de gran esposa real a regente y, finalmente, a faraón. Los talleres de la corte tuvieron que traducir una situación excepcional al lenguaje visual de la realeza egipcia, construido durante siglos alrededor de una figura masculina.

A medida que aumentó su poder, sus representaciones adoptaron gradualmente los atributos convencionales del rey: el tocado nemes, la barba ceremonial, el faldellín y una anatomía masculina idealizada. Estas imágenes no pretendían ocultar que Hatshepsut era una mujer. Sus nombres y títulos conservaron formas femeninas en numerosas inscripciones, y Tutmosis III continuó apareciendo como corregente en los monumentos oficiales.
El templo funerario de Hatshepsut
Su condición de mujer no frenó a Hatshepsut a la hora de desplegar uno de los programas constructivos más ambiciosos de la dinastía XVIII. Sus obras alcanzaron Hieracómpolis, Armant, Elefantina, Nubia, Menfis y, de manera muy especial, Tebas.
En Tebas, su programa se expresó especialmente en los espacios dedicados a Amón. La investigación de una capilla de Karnak vinculada al gran santuario tebano ayuda a comprender la importancia política y ceremonial de aquella arquitectura.
Una de las principales fuentes para conocer su reinado es el templo funerario de Hatshepsut en Deir el-Bahari. Conocido en su tiempo como Djeser-Djeseru, «el sagrado de los sagrados», es uno de los conjuntos más célebres del Antiguo Egipto por su arquitectura, su programa iconográfico y su estado de conservación.

El templo de caliza, levantado al pie de la montaña sagrada de Hathor en Tebas, tomó como referencia el vecino complejo de Mentuhotep II, también organizado en terrazas. El recorrido comenzaba en un templo bajo con jardín y estanques rituales. Desde allí, una calzada flanqueada por esfinges conducía a la terraza inferior y a su primer pórtico, decorado con escenas relacionadas con los obeliscos de Amón y con la caza.
Ese paisaje de árboles, agua y piedra no era un mero adorno: formaba parte del lenguaje religioso del templo. Los jardines del antiguo Egipto también expresaban la renovación de la vida y el orden que el faraón debía sostener.
Una rampa permitía acceder a la terraza media, rematada por un segundo pórtico cuyos relieves narraban algunos de los episodios esenciales del reinado. En sus extremos se abrían dos espacios de culto extraordinarios: la capilla dedicada a Anubis, que aún conserva parte de su policromía, y la capilla de Hathor, precedida por una sala hipóstila de doce columnas.

Una última rampa conduce al patio superior, rodeado de columnas y presidido por veinticuatro estatuas osiríacas de Hatshepsut adosadas a los pilares. En ellas, la soberana aparece con un rostro idealizado e identificada con Osiris, una asociación que integraba su memoria en el ciclo de muerte y renacimiento del dios.
Contactos con el exterior
El reinado de Hatshepsut suele definirse como relativamente pacífico si se compara con las grandes campañas posteriores de Tutmosis III. Esa imagen necesita matices: la ausencia de relatos monumentales sobre conquistas de gran escala no implica una falta completa de actividad militar.
Las fuentes registran operaciones en Nubia destinadas a contener alzamientos locales y asegurar el dominio egipcio. El sistema del virreinato continuó funcionando con normalidad: sus responsables gobernaban la región en nombre del faraón, supervisaban las construcciones y controlaban la llegada de oro, ganado y otros recursos.

El contacto con la costa de Siria y Palestina tampoco se interrumpió. Para Egipto, aquellos puertos y rutas resultaban fundamentales por su papel en el intercambio de madera, metales, resinas y objetos de prestigio entre el Mediterráneo oriental y el Próximo Oriente.
El interés por esas rutas se entiende mejor al observar la sociedad y la vida cotidiana en el Antiguo Egipto: el comercio de metales, maderas, resinas y materias de prestigio alimentaba a los templos, a la corte y a una compleja administración.
La empresa exterior que Hatshepsut exhibió con mayor orgullo fue la expedición comercial al país de Punt, una región que suele situarse en torno al Cuerno de África y las costas del mar Rojo. El viaje se presentó como un gran acontecimiento diplomático y religioso, y quedó narrado en los relieves del pórtico sur de la segunda terraza de Deir el-Bahari.
Todavía se discuten la localización exacta de Punt y los detalles de la expedición. El viaje no creó aquellas rutas desde cero: reabrió y reforzó redes comerciales de larga tradición que comunicaban Egipto con Nubia, el mar Rojo y el nordeste de África. Por ellas llegaban oro, ébano, marfil, pieles de leopardo, resinas aromáticas y árboles de incienso, algunos de los cuales fueron trasplantados en el recinto de Deir el-Bahari.
El final de su reinado
Hatshepsut desapareció de las fuentes hacia 1458/1457 a. C. La explicación más probable es que muriera de causas naturales y que Tutmosis III quedara entonces como único faraón. Preparó su enterramiento en la tumba KV20 del Valle de los Reyes, situada al otro lado de la montaña de Deir el-Bahari, y mandó disponer sarcófagos para ella y para su padre, Tutmosis I.

La identificación de la momia KV60-A como Hatshepsut, propuesta en 2007 a partir de estudios radiológicos y de una pieza dental, ha alcanzado una amplia aceptación, aunque no está libre de debate. Los análisis describieron a una mujer de edad madura con obesidad y problemas dentales. También se ha planteado que padeciera cáncer, pero ese diagnóstico debe presentarse como una hipótesis médica, no como una certeza absoluta.
La atención otorgada a su cuerpo y a su sepultura remite a una idea esencial de la religión egipcia: la muerte requería preservar la identidad para alcanzar una continuidad más allá de la vida. Esa preocupación aparece también en la búsqueda egipcia de la vida eterna.
Uno de los episodios más intrigantes ocurrió unos veinte años después de su muerte, ya avanzada la etapa final del reinado de Tutmosis III. El nombre y la imagen de Hatshepsut fueron eliminados de numerosos monumentos, mientras muchas de sus estatuas se desmontaron, rompieron y enterraron. No parece una represalia inmediata y personal: las razones políticas y dinásticas de aquella campaña continúan siendo objeto de debate.
La recuperación de su figura formó parte del nacimiento de la egiptología moderna, una disciplina marcada por viajeros, dibujantes y estudiosos como Sir John Gardner Wilkinson, cuya obra ayudó a fijar la imagen occidental del Egipto faraónico.
Bibliografía
- LAPORTA, V. (2014): “Formas arquetípicas. La reina egipcia durante la Dinastía XVIII (Reino Nuevo): Ahmosis-Nefertari y Hatshepsut”, Revista Mundo Antiguo, año III, vol. 3, n.º 6.
- SHAW, I. (2014): Historia del Antiguo Egipto. La Esfera de los Libros. Madrid.
- WILDUNG, D. (2004): Egipto. De la prehistoria a los romanos. Taschen. Madrid.
- AA. VV. (2013): Egipto. National Geographic. RBA. Barcelona.
Descubre más desde El Reto Histórico
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

