
Hay nombres que sobreviven en las ciudades convertidos en rótulo, en parada de autobús, en dirección postal. Se pronuncian a diario, se escriben en recibos, aparecen en navegadores y terminan perdiendo el rostro que tuvieron.
En Málaga ocurre con Tomás de Sostoa. Muchos conocen la calle Héroe de Sostoa; pocos recuerdan que detrás de ese nombre hubo un brigadier de la Armada Española, nacido en Montevideo, herido en la batalla de Tamames, superviviente de naufragios, cautiverios y de una acción suicida naval que habría bastado para cerrar cualquier biografía.

La calle malagueña y el equívoco de “Héroes de Sostoa”
La actual calle Héroe Sostoa tampoco ha escapado a la confusión. No nació con ese nombre: hasta 1930, aquel tramo de la antigua carretera de Cádiz era la calle María Guerrero. El 16 de mayo de ese año, a propuesta del cónsul de Uruguay en Málaga, la Comisión Municipal Permanente acordó dedicarla al marino nacido en Montevideo. En diciembre se descubrió la lápida conmemorativa.

El problema vino después, con el uso popular. Muchos malagueños empezaron a llamarla “Héroes de Sostoa”, en plural, como si Sostoa fuera el nombre de una batalla, de un lugar o de una acción militar donde hubieran combatido varios héroes. Otros la han citado como “Héroe de Sostoa”, con una preposición que también puede despistar si se entiende “de Sostoa” como un topónimo. En realidad, Sostoa —o De Sostoa, cuando se escribe el apellido completo con la partícula— era el apellido del homenajeado: Tomás de Sostoa y Achúcarro.
Por eso el matiz importa. La calle no recuerda a unos “héroes” anónimos de una supuesta Sostoa, sino a un solo hombre: el brigadier de la Armada, marino de larga carrera, oficial de guerra por tierra y por mar, y vecino de Málaga en los últimos años de su vida.

De Montevideo a la Armada
Tomás de Sostoa Achúcarro nació en San Felipe y Santiago de Montevideo el 8 de marzo de 1786. Pertenecía a una familia española asentada en el Río de la Plata. Su padre, José Francisco de Sostoa Zuloaga, era natural de Eibar, Primer Ministro de la Real Hacienda; su madre, María Isidora de Achúcarro Camejo, procedía de Montevideo. La familia tuvo varios hijos y Tomás, antes de vestir uniforme, estudió ciencias exactas.
En la España de fines del siglo XVIII, las ciencias exactas eran una puerta hacia la artillería, la ingeniería, la navegación y las nuevas necesidades técnicas de una monarquía que dependía de sus rutas oceánicas. El joven Sostoa parecía orientado hacia una formación seria, matemática, aplicada. Pero la muerte de su padre, el 7 de julio de 1800, cambió el rumbo familiar.
Ese mismo año ingresó como cadete en el Regimiento de Buenos Aires. Tenía catorce años. En 1805 superó el examen para guardiamarina. El adolescente de Montevideo entraba en una carrera que iba a llevarlo primero a la Península y después de nuevo a América, ya no como estudiante, más bien como oficial curtido por una época feroz.
Ferrol, 1806: el primer servicio de guerra
En 1806 lo encontramos en Ferrol. Allí servía a bordo de la fragata Prueba durante el bloqueo británico. Su misión consistía en proteger embarcaciones que transportaban efectos para el Arsenal. No era aún el Sostoa de los grandes relatos heroicos, pero ya estaba en contacto con una realidad decisiva: la guerra naval en un tiempo en que el Atlántico era frontera, camino comercial, campo de batalla y sistema nervioso de la Monarquía.
El 19 de junio de 1808 fue ascendido a alférez de fragata. Ese mismo año la crisis peninsular lo empujó a combatir en tierra, como a muchos de sus compañeros de la Armada. Sostoa pasó al Batallón de Voluntarios de la Victoria, reorganizado en Galicia, en el Arsenal de Ferrol concretamente. De las cubiertas pasó a las columnas de infantería, de los temporales al polvo de los caminos, de la artillería naval al fuego de fusil.

Dos prisiones y dos fugas
La Guerra de la Independencia convirtió la Península en un espacio de campañas rápidas, retiradas, contraataques y mandos que improvisaban con lo que tenían a mano. Según la tradición recogida por Narciso Díaz de Escovar y citada por Ruiz Gisbert, Sostoa fue apresado dos veces por los franceses. En ambas logró escapar “con grandes habilidades”.
La frase, breve y casi novelesca, nos deja con más preguntas que respuestas. ¿Dónde fue capturado exactamente? ¿Con quién escapó? ¿Tuvo ayuda local? ¿Se fugó de una columna en marcha, de un depósito de prisioneros, de una custodia improvisada? Las fuentes consultadas no dan ese nivel de detalle. Lo prudente es dejarlo así: dos cautiverios atribuidos por la tradición biográfica malagueña y dos evasiones que contribuyeron a forjar la imagen de un oficial imposible de retener.
Tamames: la bala en el pecho
El episodio más sólido de su leyenda militar llegó el 18 de octubre de 1809, en la batalla de Tamames, cerca de Salamanca. Aquí hay que hacer una precisión: alguna fuente secundaria reproduce por error la fecha de 1808, pero la batalla está documentada en 1809.

En Tamames, el ejército español mandado por el duque del Parque se enfrentó a las tropas francesas de Jean Gabriel Marchand. El combate tuvo momentos de enorme tensión. La caballería francesa llegó a comprometer la artillería española y el resultado estuvo lejos de parecer seguro desde el comienzo.
Sostoa se distinguió en aquel momento crítico. Las fuentes afirman que animó a sus compañeros y guio a los suyos en el contraataque. Entonces recibió una bala de mosquete que le atravesó el pecho. Un impacto directo en una zona donde la supervivencia dependía de milímetros, limpieza, fortuna y resistencia física. Sobrevivió.
A los participantes en la acción se les concedió un escudo de distinción con el lema “Venció en Tamames”. En Sostoa, además de ese lema, se llevó una herida que le dio una segunda vida pública. El oficial joven había estado a punto de morir en tierra, lejos del mar para el que se había formado.

El Atlántico empieza a reclamarlo
Tras recuperarse, Sostoa volvió al servicio naval. En 1810 embarcó en la goleta Tránsito, que debía dirigirse a Canarias, La Habana y otros puntos de América. Cerca de Puerto Rico, la embarcación fue sorprendida por un temporal y se hundió. Sostoa se salvó milagrosamente, un naufragio en el Caribe, en 1810, era una prueba sin margen. El mar no concedía explicaciones. Sostoa sobrevivió, una vez más, y continuó su carrera.

En 1812 llegó a Montevideo a bordo de la corbeta Paloma. La situación en el Río de la Plata era cada vez más grave para las autoridades españolas. La ciudad de Montevideo se convirtió en una plaza esencial, rodeada de tensiones políticas, operaciones navales y movimientos militares.
La corbeta Paloma participó en operaciones de abastecimiento para sostener los buques españoles que actuaban en torno a Montevideo. También naufragó. Sostoa sobrevivió de nuevo. Poco después, en septiembre de 1812, recibió la misión de trasladar familias y escoltar un navío procedente de Lima con caudales. La navegación terminó en otro desastre frente al cabo de Santa María. Otro naufragio. Otra supervivencia.
Tres naufragios en pocos años. Una bala en el pecho. Dos fugas de cautiverio. Y todavía no había llegado el episodio más extremo de su vida.
Montevideo, 1814: la guerra naval se cierra sobre el Cisne
En mayo de 1814, Sostoa mandaba el bergantín Cisne. La escuadra española de Montevideo se enfrentaba a las fuerzas navales del irlandés Guillermo Brown, comandante de las Provincias Unidas. El combate naval de Montevideo fue decisivo para el destino de la plaza.

Las listas de buques conservadas en obras navales sitúan al Cisne dentro de la escuadra española, con Tomás de Sostoa como comandante. La fuerza enemiga incluía, entre otros buques, la corbeta Hércules y el bergantín Nancy. El Cisne quedó comprometido. Brown maniobró con ventaja y las fuerzas contrarias se acercaron para capturar los buques varados o rendidos. Según la narración recogida por Ruiz Gisbert, Sostoa no quiso que su barco cayese intacto. Tomó un hachón encendido y corrió hacia la santabárbara, el lugar donde se guardaba la pólvora.
Sostoa prendió el polvorín para hacer saltar el Cisne antes de entregarlo. La explosión lo lanzó al agua entre restos de madera y hierro. Los hombres que intentaban apoderarse del buque sufrieron el estallido. El propio Sostoa, en contra de cualquier cálculo razonable, salió vivo. Fue capturado y llevado al Nancy. Y allí, como había hecho años atrás frente a sus captores franceses, consiguió escapar.

Años después, entre 1816 y 1818, nos encontramos documentación manuscrita por la que solicita, para él y otros muchos de los marinos participantes en aquel combate, la absolución al consejo de guerra creado por causa de la derrota de la escuadra.

El Diligente y el parte de 1823
Después de regresar a España, Sostoa continuó en la Armada. En 1815 fue ascendido a teniente de fragata. En 1823 aparece al mando del bergantín-goleta Diligente, fondeado en San Sebastián, en plena entrada de las tropas francesas del duque de Angulema.
El parte aparece publicado en la Gaceta Española del 1 de mayo de 1823, página 97, dentro del apartado “Guerra”. Allí se informa de que el teniente de fragata Tomás de Sostoa, comandante del Diligente, había dado cuenta desde La Coruña, el día 19 de abril, de su llegada procedente de San Sebastián, donde se encontraba cuando se aproximó el ejército francés de los Cien Mil Hijos de San Luis.
Según el texto oficial, el día 9, mientras un parlamentario francés se hallaba dentro de la plaza, una columna de entre 150 y 200 hombres apareció en las alturas de la playa, por la popa del buque. Aquella fuerza se parapetó en el convento de la Antigua y en un edificio arruinado próximo, desde donde abrió contra el barco “un vivísimo fuego de fusilería”. Sostoa respondió con la batería de babor y sostuvo el combate hasta que los atacantes cedieron y se retiraron.
El parte menciona además el comportamiento de los oficiales y de la dotación del Diligente, así como el auxilio prestado por tres trincaduras armadas de la plaza. Al caer la noche, consciente de que su posición era comprometida, Sostoa salió remolcado por esas mismas embarcaciones, llevando a bordo a varios oficiales franceses que habían abrazado la causa española. El documento termina subrayando que una fuerza marítima había sido la primera en sostener “los derechos de la Nación” contra los invasores… aunque ya sabemos cómo terminó la cosa.
Sostoa cartógrafo
Los siguientes años de Sostoa siguen siendo de historia naval, y ya va ligando su trabajo al del puerto de Málaga, tal y como observamos en los planos que publica en 1835.

Tánger, 1844: Sostoa como brigadier y comandante naval
En 1844 aparece como brigadier y comandante de una división naval en la bahía de Tánger. La Gaceta de Madrid publicó un parte recibido por el Ministerio de Marina relativo a una comisión delicada: la protección y evacuación del cónsul español, de súbditos españoles y de otras personas que se acogieron a la bandera española, poco antes del bombardeo que la escuadra francesa realizaría sobre la ciudad.

El documento está firmado por Rafael Delgado a bordo de la fragata María Cristina y dirigido al “Sr. brigadier D. Tomas de Sostoa, comandante de esta división naval”. La reina Isabel II, según la publicación oficial, vio “con satisfacción” aquel servicio y ordenó que se publicase en la Gaceta.
El Sostoa de Tánger ya no es el joven atravesado por una bala en Tamames, ya es un oficial de experiencia, situado al frente de una comisión diplomática y naval en una bahía sensible.
La familia y la casa de la calle Ollerías
En 1821 se había casado con María Dolores Ordóñez Viana. La familia fue amplia. Las fuentes municipales malagueñas documentan a los Sostoa en la calle Ollerías, número 31 (hoy sede de la Comision Espanola de Ayuda al Refugiado (CEAR), durante la década de 1840.
Los padrones citados por Ruiz Gisbert permiten reconstruir parte de aquel hogar: hijos, hijas, criados y el ambiente doméstico de un oficial ya veterano. Varios de sus hijos siguieron la carrera naval.




La muerte llegó allí, el 26 de enero de 1849. El registro municipal dice: “Queda sentada la partida de Dn. Tomás Sostoa”. En el margen aparece la edad registrada, 64 años, y la referencia a Ollerías. Conviene advertir una discrepancia: si se acepta la fecha de nacimiento de marzo de 1786 y la muerte en enero de 1849, Sostoa tenía 62 años. La cifra de 64 procede del asiento municipal, quizás algún error administrativo.


Un entierro de ciudad
El funeral y entierro de Sostoa, celebrado al día siguiente, no pasó desapercibido. La prensa malagueña recogió que pocas veces se había visto un acompañamiento tan “numeroso y lucido”. Asistieron autoridades civiles, militares y eclesiásticas. El féretro fue llevado por marinos. La comitiva avanzó por calles de Málaga desde la iglesia de los Mártires, con honores militares, hasta el Cementerio de San Miguel.
Aquel funeral dice mucho del personaje. Sostoa murió como parte de la la élite local, respetado por la ciudad y reconocido como marino de mérito. La memoria popular, con el paso del tiempo, se fue simplificando su biografía: fue un héroe.
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