
¿Puede una roca salvar un monasterio del fuego? Durante unas horas, en San Juan de la Peña, la pregunta dejó de ser una metáfora.
El incendio de Riglos avanzó por el bosque hasta alcanzar la gran peña bajo la que se encaja, desde hace siglos, el Monasterio Viejo. Las llamas llegaron a la piedra, ennegrecieron el entorno y obligaron a proteger bienes que forman parte de la memoria de Aragón. El monasterio, sin embargo, resistió.

Las primeras inspecciones confirman que el Monasterio Viejo y el Monasterio Nuevo han evitado los daños estructurales que se temían el 13 de agosto, cuando el fuego rodeó el conjunto. La visera rocosa que cubre el edificio medieval quedó marcada en su parte superior, pero actuó también como resguardo. Es una noticia de alivio, aunque no de normalidad: el recinto permanece cerrado mientras continúan la vigilancia y los trabajos de seguridad en su entorno.

La evacuación del Panteón Real
La amenaza fue suficientemente seria como para ordenar una evacuación excepcional. Miembros de la Unidad Militar de Emergencias, agentes de protección de la naturaleza y técnicos de Patrimonio entraron en el Monasterio Viejo para retirar los bienes más vulnerables.
Entre ellos estaban las urnas con los restos óseos conservados en el Panteón Real, vinculados a los primeros monarcas y al linaje real aragonés. Fueron trasladados al Museo de Huesca, donde permanecerán hasta que el regreso sea seguro.
También se retiraron piezas arqueológicas y otros objetos de especial valor, entre ellos la indumentaria militar de gala con la que fue enterrado el conde de Aranda. La operación tuvo que detenerse temporalmente por la cercanía de las llamas. Esa interrupción explica mejor que cualquier parte de incidencias hasta qué punto el incendio de Riglos convirtió el recinto en una prioridad del operativo: se defendía mucho más que un edificio: un archivo material de los orígenes de Aragón.

El lugar donde Aragón guardó a sus reyes
San Juan de la Peña ocupa un lugar singular en la historia peninsular. El núcleo monástico está documentado desde el siglo X y alcanzó su mayor relevancia en el XI, cuando Sancho el Mayor de Navarra impulsó su refundación benedictina. Con la formación de la monarquía aragonesa se convirtió en panteón de reyes y nobles. No es casual que varios de sus protagonistas aparezcan en historias posteriores de la corona, como ocurre con Ramiro II, el rey monje.
En el interior de la peña se suceden la iglesia prerrománica, la iglesia alta consagrada en 1094, los panteones y el célebre claustro románico del siglo XII. Sus capiteles historiados, atribuidos al llamado Maestro de San Juan de la Peña, no son una decoración secundaria: forman uno de los conjuntos escultóricos esenciales del románico aragonés. La roca que ahora conserva la marca del fuego es, por tanto, parte de la arquitectura y de la identidad del lugar.

Un incendio que devuelve un recuerdo de 1675
La reciente emergencia tiene un precedente difícil de ignorar. En 1675, un gran incendio devastó el Monasterio Viejo y empujó a la comunidad benedictina a abandonar aquel emplazamiento. La decisión de levantar una nueva sede en la pradera de San Indalecio dio origen al Monasterio Nuevo. La primera piedra de su iglesia se colocó en 1693 y las obras concluyeron en 1714. Tres siglos y medio después, los dos edificios volvieron a quedar expuestos a las llamas.
Esta vez el desenlace ha sido otro. El fuego de Las Peñas de Riglos, iniciado el 10 de agosto, fue declarado estabilizado el día 20 tras diez jornadas de trabajo. Las mediciones por satélite sitúan la superficie quemada en unas 14.500 hectáreas dentro de un perímetro afectado de aproximadamente 18.400. En los días de mayor actividad intervinieron cerca de un millar de profesionales y casi cuarenta medios aéreos, en el mayor despliegue interadministrativo ante un incendio forestal que ha comunicado el Gobierno de Aragón.
Estabilizado no significa concluido. Persisten puntos calientes y labores de enfriamiento, y se mantienen las restricciones de acceso mientras se consolida el perímetro. Por eso San Juan de la Peña continúa cerrado al público hasta nuevo aviso. La imagen que deja el incendio de Riglos es amarga: bosque calcinado, piedra tiznada y un paisaje herido. Bajo la gran peña, no obstante, el claustro y los panteones siguen en pie. La montaña que parecía ser el techo del monasterio ha demostrado que también podía ser su defensa.
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