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El almirante que dimitió tras la legalización del PCE: Pita da Veiga y la crisis militar de 1977

¿Qué hace un militar cuando considera que el Gobierno al que pertenece ha incumplido su palabra?

Gabriel Pita da Veiga no trató de convertir su dimisión en una rebelión.

El 11 de abril de 1977, dos días después de la legalización del Partido Comunista de España, el ministro de Marina abandonó el Gobierno de Adolfo Suárez. Puede parecer un episodio menor dentro de aquella Transición cargada de acontecimientos, pero no lo fue. En realidad, aquella renuncia permite observar algo bastante más profundo: el momento en que una parte de las Fuerzas Armadas descubrió que el proceso político podía continuar incluso cuando sus mandos estaban en desacuerdo.

Gabriel Pita da Veiga pasa revista a las tropas en Lugo en 1974
El almirante Gabriel Pita da Veiga pasa revista a las tropas durante una visita a Lugo en 1974. Fuente: La Voz de Galicia.

La renuncia parecía, en apariencia, un episodio administrativo. Un cese, un sustituto, unas líneas en el Boletín Oficial del Estado. Sin embargo, fue una de las señales más nítidas de que la democracia española avanzaba ya por un terreno que el poder militar no podía delimitar por sí solo. El PCE entró en la legalidad y el Gobierno continuó.

La reunión de Suárez con los mandos militares

El origen de la crisis estaba en una reunión celebrada el 8 de septiembre de 1976. Suárez apenas llevaba dos meses en la Presidencia y presentó su proyecto reformista a una amplia representación de la jerarquía militar. La Ley para la Reforma Política aún no había sido aprobada y las primeras elecciones democráticas ni siquiera tenían fecha. El principal temor de muchos mandos era la posible legalización del comunismo.

La investigación de Roberto Muñoz Bolaños sostiene que los asistentes salieron convencidos de que el PCE no concurriría a las futuras elecciones porque no sería legalizado. La historiografía posterior ha obligado, no obstante, a afinar esa escena. Jorge Urdánoz Ganuza advierte que no conocemos con absoluta certeza el alcance literal de las palabras de Suárez ni cabe convertir una interpretación posterior en una transcripción exacta.

Retrato de Adolfo Suárez durante la Transición española en 1977
Adolfo Suárez en 1977, el año en que su Gobierno legalizó el Partido Comunista de España. Fuente: Nationaal Archief, fotografía de Bert Verhoeff.

Ese matiz importa. Suárez pudo haber transmitido una posición inicial —unas elecciones sin el PCE legalizado— y haberla modificado después por razones políticas, jurídicas e internacionales. Para los altos mandos que entendieron aquella reunión como una garantía, la diferencia entre una intención cambiante y una promesa incumplida resultaba mucho menos clara. La crisis de abril nació también de esa brecha entre lo dicho, lo entendido y lo que finalmente ocurrió.

El PCE: de la clandestinidad al Registro de Asociaciones

Durante los meses siguientes, la situación política cambió con una velocidad difícil de exagerar. Santiago Carrillo reapareció públicamente en Madrid, fue detenido en diciembre de 1976 y liberado pocos días después. En enero de 1977, el asesinato de los abogados laboralistas de Atocha y la multitudinaria despedida de las víctimas demostraron, entre otras cosas, la capacidad de contención de la organización comunista.

Cortejo fúnebre por los abogados laboralistas asesinados en Atocha en 1977
Cortejo fúnebre por los abogados laboralistas asesinados en Atocha, en enero de 1977. Fuente: archivo histórico difundido por Cuarto Poder.

El 11 de febrero el PCE presentó la documentación necesaria para su inscripción. El Ministerio de la Gobernación suspendió el trámite al apreciar una posible ilicitud penal y remitió la cuestión al Tribunal Supremo. El 1 de abril, la Sala Cuarta se declaró incompetente para resolver el fondo del asunto y devolvió el expediente a la Administración.

La última pieza llegó el 9 de abril. La Junta de Fiscales Generales concluyó que la documentación presentada no ofrecía elementos suficientes para considerar al partido una asociación ilícita perseguible penalmente. El Gobierno disponía de una cobertura jurídica; faltaba decidir si asumía el coste político. Lo asumió en pleno Sábado Santo, cuando muchos responsables estaban fuera de Madrid y la dispersión de la Semana Santa reducía el margen para una respuesta inmediata y concertada.

El Sábado Santo de 1977 y la dimisión de Pita da Veiga

La legalización del PCE no fue una medida de trámite. Para una buena parte de la oficialidad, el partido seguía asociado a la Guerra Civil, a la derrota del bando al que se vinculaba el régimen y a décadas de propaganda anticomunista. Las llamadas y reuniones que siguieron al anuncio reflejaron un malestar profundo en los ministerios militares, las capitanías generales y los estados mayores.

Pita da Veiga ocupaba una posición singular.

almirante pita da veiga
ALmirante Pita da Veiga

Había sido segundo jefe del Estado Mayor de la Armada, comandante general de la Flota y, poco después, ascendido al cargo de almirante jefe del Estado Mayor de la Armada antes de asumir la cartera de Marina en junio de 1973, con Luis Carrero Blanco. Siguió en el cargo durante los Gobiernos de Carlos Arias Navarro y de Suárez. Era, posiblemente, el ministro con mayor continuidad dentro del gabinete. El 11 de abril presentó su dimisión irrevocable.

¿Dimisión por honor o resistencia a la democratización?

Aquí aparece inevitablemente la tentación de juzgar a Pita da Veiga. Y creo que es precisamente donde menos interesante se vuelve la historia.

Podemos considerar su decisión un acto de coherencia personal: un ministro que creía que se había incumplido un compromiso fundamental y decidió abandonar el Gobierno. Podemos interpretarla también dentro de la resistencia de una parte del poder militar a perder la capacidad de tutela política que había ejercido durante décadas.

Las dos dimensiones pueden convivir. Pita da Veiga era un oficial formado en un determinado Estado, pertenecía a una generación marcada por la Guerra Civil, representaba institucionalmente a una Armada que tenía una concepción concreta de su papel político y, al mismo tiempo, era ministro de un Gobierno que estaba modificando aceleradamente ese mismo Estado.

La prensa vinculó de forma directa su decisión con la legalización comunista y con la convicción de que el Gobierno no había respetado lo transmitido a los militares en septiembre de 1976. La paradoja es reveladora: el mismo almirante que dimitía había participado en el Consejo de Ministros que trató la legalización. Su ruptura no fue el producto de una ignorancia del procedimiento, sino de la pérdida de confianza que le atribuyó.

Santiago Carrillo presenta la candidatura del PCE para las elecciones de 1977
Santiago Carrillo presenta la candidatura del PCE para las elecciones de junio de 1977. Fuente: Anefo, Nationaal Archief.

Repulsa y disciplina: la respuesta de las Fuerzas Armadas

El descontento no se limitó a la Armada. Hubo reuniones, comunicados internos, presiones y rumores de otras dimisiones. Uno de los textos militares expresó una «repulsa general» por la decisión y, al mismo tiempo, la aceptación disciplinada del «hecho consumado». Las dos fórmulas resumen con precisión la tensión de aquel momento: rechazo político, pero ausencia de una acción corporativa capaz de revertirlo.

La búsqueda de sustituto hizo visible el aislamiento de Suárez entre los almirantes en activo. Según la reconstrucción de Muñoz Bolaños, ninguno quiso asumir la cartera. El elegido fue el vicealmirante Pascual Pery Junquera, que ya estaba fuera del servicio activo y había mantenido diferencias con Pita da Veiga. El 14 de abril Juan Carlos I firmó, a propuesta del presidente del Gobierno, el Real Decreto 654/1977 disponiendo el cese de Gabriel Pita da Veiga como ministro de Marina. El texto apareció en el Boletín Oficial del Estado del 15 de abril. En la misma edición se publicaba el nombramiento de Pascual Pery Junquera.

Es fácil convertir aquel episodio en un retrato simple: el almirante que dimitió por honor frente al presidente que rompió una promesa. Pero la documentación y la historiografía obligan a una lectura más sobria. Pita da Veiga representaba una institución que aún se concebía con capacidad de tutela política; Suárez asumía que unas elecciones democráticas difícilmente podían celebrarse excluyendo a una fuerza central de la oposición antifranquista.

La dimisión que no detuvo la Transición

La relevancia del episodio está menos en la salida de Pita da Veiga que en lo ocurrido después. El Gobierno no cayó, la legalización no se revocó, los restantes ministros militares siguieron en sus puestos y las elecciones se celebraron el 15 de junio. En ellas participó el PCE, con Santiago Carrillo como uno de sus rostros más reconocibles.

Cartel electoral de Unión de Centro Democrático para las elecciones generales de 1977
Cartel electoral de Unión de Centro Democrático para las elecciones generales de 1977. Fuente: Wikimedia Commons, fotografía de Amfeli.

La crisis de abril no eliminó el malestar militar; de hecho, contribuyó a deteriorar la relación entre parte de los mandos y el Ejecutivo. Pero marcó un límite nuevo entre Fuerzas Armadas y la política.

Un ministro de Marina podía dimitir por una decisión política trascendental y esa decisión no quedaba anulada por su desacuerdo. La dirección del proceso ya no dependía de que todos sus actores tradicionales aprobaran cada paso.

Por eso el Sábado Santo de 1977 no cuenta únicamente la entrada del Partido Comunista en la legalidad. Cuenta también cómo un Estado en transformación comprobó que podía soportar una crisis militar sin detener su calendario político.

La renuncia de Gabriel Pita da Veiga fue seria, ruidosa y significativa. Pero la continuidad de las elecciones demostró que el centro de gravedad del poder había empezado a desplazarse. Los políticos tenían ahora el poder, el honor militar quedaba relegado.

Documentación para profundizar


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